Un chico y una chica miran, esperanzados, hacia un horizonte sereno y remoto. Con una mano él la abraza desde atrás, por la cintura; con la otra sostiene una flauta travesera. Tienen el gesto de empezar a caminar, de tener los ojos y el corazón puestos el uno en el otro y en un mundo mejor. Sus figuras de color de arcilla, rodeadas por una fuente a la que se acercan los niños, guardan la paz de este rincón del cuarto distrito vienés. No hay ninguna placa que les identifique, pero yo sé que la flauta que llevan es mágica y que su amor ha tenido que vencer al fuego y al agua, y que su unión simboliza el triunfo de la luz sobre la oscuridad y el advenimiento de un futuro feliz. Junto a la chica y el chico de arcilla, la estatua que rinde homenaje a Mozart a través de los protagonistas de su ópera La flauta mágica, una niña morena juega y ríe, cuidada por la mirada de una mujer que le tiende las manos para enseñarle el mundo. Los sonidos del agua y las risas encajan con la limpidez de un motivo musical del clasicismo, melodías encantadoras que tararean los niños, fábulas en las que se aprende la difícil simpleza del amor. La luz del sol se derrama, plácida y generosa, sobre las fachadas color pastel de la capital europea.

Soy un hombre y uso WhatsApp. A veces dudo sobre la primera afirmación. Nunca sobre la segunda. Porque usar Whatsapp es consustancial a la subespecie humana-occidental-partícipe-de-la-economía-de-consumo. Lo de ser hombre no, menos mal. Hombre y WhatsApp son dos conceptos que, relacionados, nos conducen hacia la “memeficación” sexual, esto es, la viralización de chistes ilustrados con montajes fotográficos de carácter sexual, alimento de cuñados en las conversaciones grupales. Participo en grupos de WhatsApp masculinos que son una auténtica bacanal de imágenes y vídeos pornográficos. Seguro que hay estudios científicos que explican el motivo fundamental que nos impulsa a compartir y descargar vídeos sexuales, aunque sinceramente no he leído ni buscado ninguno porque ofrezco mi visión personal del asunto, es decir, la perspectiva de un hombre que ha recibido muchos megas de material erótico. Además, la mayoría de los científicos que conozco trabajan en el Burger King y no tienen tiempo para entrevistas. Espero que os conforméis con mi visión, que es una visión sesgada por particular, endogámica y miope.

Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

El 29 de enero se clausuraba en el centro Galego de Arte Contemporáneo la exposición Cut Through the Fog de la artista Eva Lootz. Lootz nació en Viena en 1940 pero desde 1968 reside en España, donde compartiría territorio con el sector cultural en una época de dictadura contestada.

Recuerdo a la perfección mi primer encuentro con ella dentro del Máster en Arte Contemporáneo de la Universidad de Vigo. La presentaron como una artista matérica. Asistí a la charla, reacia a lidiar con una visión del arte de la que me considero distante. Salí muy cerca de Eva. Tanto es así que hoy en día nuestro contacto es frecuente. Y no hablamos de materia, hablamos de sociedad. Algo tendrá que ver en todo esto lo que entiende Lootz por arena: “Lo que se quisiera retener y no cesa de escaparse entre los dedos”.

A lo largo de la Historia se ha “manejado” y utilizado la imagen de los gitanos relacionándola mayoritariamente con el folklore, lo andaluz, cuando no con fábulas y mitos. Un ejemplo claro lo encontramos en De Vaux. Cuando afirma que “ya no faltaba sino presentar a los cíngaros como seres extraterrestres, caídos de algún planeta a la tierra para llegar a ser los Hijos del Viento”. Está clara la utilización y la distorsión de la “imagen” de un pueblo en aras de invisibilizar y no reconocer una identidad étnica, con el objetivo de poder seguir legitimando la necesidad de tutela, caridad y paternalismo.

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

Si os paseáis por cualquier navegador y en el apartado imágenes tecleáis MIMOSA, flipareis. Dejaros llevar; dejad la mente en blanco y las emociones en modo atención. MIMOSA. De tanto en tanto cerrar los ojos y repetid, como si fuera el nombre de una mujer nabokoviana pero sonoramente labiopalatal: MI MO SA. Y, de nuevo, abridlos. Dadle al enter. Imagen a imagen. Ampliad la pantalla, acercaros a ella y dejad que os penetre la luz. Buscad otra y otra más, a cual más bella, más inmensa, más dulce, más abierta.

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

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