Cantos de sirena


Ahora que la cultura se consume abrimos una sección en la que preferimos degustarla. Todo va a su ritmo en Istmos, y esta sección no va a ser menos. Una exposición, una película, un concierto, un libro o un grafiti no merecen morir después de ser vistos o escuchados.


Nos gusta leer, nos gusta la música de todos los tipos, nos gusta actuar, nos gusta bailar, nos gusta pintar en todas las paredes, y nos gusta escribir con todas las letras. Nos gusta descubrir e inventar, así que pondremos palabras tanto al arte como a las ciencias. Escribiremos sobre cosas que nos gusten para darles su espacio y su tiempo. Y esperamos que disfrutéis de esas cosas aún más que nosotras.


Un chico y una chica miran, esperanzados, hacia un horizonte sereno y remoto. Con una mano él la abraza desde atrás, por la cintura; con la otra sostiene una flauta travesera. Tienen el gesto de empezar a caminar, de tener los ojos y el corazón puestos el uno en el otro y en un mundo mejor. Sus figuras de color de arcilla, rodeadas por una fuente a la que se acercan los niños, guardan la paz de este rincón del cuarto distrito vienés. No hay ninguna placa que les identifique, pero yo sé que la flauta que llevan es mágica y que su amor ha tenido que vencer al fuego y al agua, y que su unión simboliza el triunfo de la luz sobre la oscuridad y el advenimiento de un futuro feliz. Junto a la chica y el chico de arcilla, la estatua que rinde homenaje a Mozart a través de los protagonistas de su ópera La flauta mágica, una niña morena juega y ríe, cuidada por la mirada de una mujer que le tiende las manos para enseñarle el mundo. Los sonidos del agua y las risas encajan con la limpidez de un motivo musical del clasicismo, melodías encantadoras que tararean los niños, fábulas en las que se aprende la difícil simpleza del amor. La luz del sol se derrama, plácida y generosa, sobre las fachadas color pastel de la capital europea.

Al borde de la tranquila majestad del Ring vienés se extiende, en piedra y hierro, el victorioso corazón del Imperio. El Hofburg es un complejo gigantesco para albergar la circulación de corte y ejércitos, un palacio que, como la fe y la enfermedad, se prolonga durante kilómetros tomando diferentes formas. Desde el Ala Suiza (en cuyos frisos doradas calaveras de toro evocan la filiación bohemia del poder austriaco, y cuya puerta está amorosamente vigilada por la estatua de un césar anónimo) las estancias se han reproducido prósperamente, engullendo a su paso bibliotecas y monasterios hasta 1918. Ahora descansa. El Hofburg se ha convertido en un organismo satisfecho, un animal plácido que, tendido en la Plaza de los Héroes bajo los cielos de Viena y Europa, se deja acariciar por turistas llegados desde el otro extremo del mundo.
La palabra misma evoca sensaciones poco agradables, agobiantes, confusas. “Estruendo” es el exceso ininteligible de sonido, y, hasta hace poco más de cien años, la peor calificación que una pieza musical podía recibir. Pero ocurre que el oído se acostumbra: tras unas décadas aprendemos a distinguir los sonidos del estruendo y recomponemos en nuestra cabeza la armonía. No es la música la que cambia, sino nuestro concepto de armonía el que se expande.
Sobre gustos no hay nada escrito”, dice el refranero, y difícilmente se encontrará un proverbio más desatinado. Sobre gustos se ha escrito muchísimo. Desde la Antigüedad clásica a nuestros días no han dejado de ver la luz textos que indagan sobre por qué gusta lo que gusta, qué cosas nos deberían gustar más que otras o por qué lo que a mí me gusta debería gustarnos a todos. Críticos pejigueros, guardianes morales y artistas empoderados han dejado un rastro histórico de escritos sobre el gusto que algunos curiosos husmeamos de cuando en cuando.