Nosotrxs callamos, ellos nos callan, todxs la callamos

Leo el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Mancuso, S., Viola, A. Colección Rústica, 2015), cuyo hilo argumental se basa en el menosprecio histórico por parte del ser humano hacia el mundo vegetal. Leo una definición del concepto de evolución que me hace pensar: “proceso lento y continuado de adaptación al entorno durante el cual los organismos vivos seleccionan las características más aptas para su supervivencia. Durante este proceso, cada especie adquiere o pierde caracteres y capacidades en función del hábitat en el que vive”. Y pienso: ¿qué capacidades estaremos perdiendo los humanos occidentales para ir adaptándonos al mundo actual? ¿Es posible que estemos perdiendo la capacidad de auto contemplación, la capacidad de estar en silencio y la capacidad de parar y estar solos? ¿O son hechos voluntarios?

A lo mejor resulta que los ritmos y prácticas de vida que se nos imponen (ya sea a través del abstracto sistema o a través de nosotras mismas), así como la velocidad de las cosas y los modos de socialización imperantes, están provocando cambios en nuestros genes. A lo mejor resulta que estamos protagonizando una mutación antropológica del ser humano. En la que el silencio y la pausa no existirán. Imaginemos que el silencio deje un día de existir. Más allá de los efectos positivos o negativos que este hecho pueda tener, simplemente limitémonos a pensar durante 10 segundos que el silencio dejase de existir.

 

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¿Qué has sentido?

En medio de esta deriva hacia no sé sabe dónde, algunos proyectos tratan de rescatar el silencio y preservar sonidos naturales antes de que sea tarde. Fragments of extinctionFragmentos de la extinción– es un proyecto extremadamente bello que integra arte y sonidos naturales de los bosques ecuatoriales con el objetivo de conservarlos, antes de que sean irreversiblemente irrecuperables.  

Atravesamos la ya denominada sexta extinción masiva de la humanidad, que a final de siglo nos dejará sin la mitad de las especies originales del planeta. Visitando la web del proyecto, se pueden escuchar fragmentos sonoros de los bosques del Amazonas, Borneo y África Central, las zonas con los ecosistemas más complejos y también más frágiles del mundo, en donde el ratio de extinción es mayor.

 

Ir y venir
andando
en coche
pensando
en autobús
todo el rato, ir y venir
de manera frenética
sin siquiera parar
para ver el ir y venir
del silencio y la pausa.

Periplo a ninguna parte.

¿va la vida a algún lado?

 

Gordon Hempton, ecologista acústico y fundador de la ONG One Aquare Inch lleva años buscando lugares libres de sonidos humanos, sin demasiado éxito. Rendido ante sus propias evidencias, trata ahora de identificar lo que llama “los últimos lugares silenciosos del planeta”, definidos por él mismo como espacios con intervalos libres de sonidos humanos durante al menos quince minutos cada hora.

Pero volvamos a imaginar; imaginemos que nuestro oído se está volviendo intolerable al silencio. Es decir, que la sensación de silencio, o de poco ruido, nos afecte negativamente. Que nuestro oído esté evolucionando para adaptarse a la sociedad del ruido de tal manera que necesite ya no solo soportar el ruido, sino alimentarse de él, olvidando el silencio, puesto que no es algo que se dé ya en nuestro hábitat.

O quizás sea que el ser humano ha nacido para hacer ruido y no está hecho para tolerar el silencio. Algo parecido sugieren los estudios realizados en las cámaras anecoicas, salas diseñadas para absorber la totalidad de las ondas acústicas y electromagnéticas; los lugares más silenciosos del mundo ahora mismo. Pues bien, dichos estudios concluyen que ninguna persona puede aguantar dentro más de 45 minutos, pues dicho silencio provoca tal tensión en el cerebro que la locura se apoderaría de nuestros cuerpos.

En Latinoamérica, allí donde activistas y luchas colectivas intentan resistir en la defensa de un modo de vida en armonía con la naturaleza, el silencio está intentando imponerse a base de asesinatos desde hace décadas.

El periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial estuvo marcado por una serie de reformas agrarias que se llevaron a cabo a nivel mundial con el objetivo de facilitar el acceso a la tierra de los más desfavorecidos. Sin embargo, los años 80 marcaron el inicio de una época –que prácticamente ha continuado hasta hoy en día– en la que se revirtieron todos esos cambios y se estableció un modelo económico neoliberal, globalizado y con tendencia a los monopolios, en el que la propiedad de la tierra se concentra cada vez en menos manos. Estas manos, principalmente la alta oligarquía terrateniente de cada país y las grandes multinacionales, están ejecutando un proceso de desposesión de la tierra, de expulsión de las poblaciones locales de sus territorios, de expolio de los recursos naturales y de enriquecimiento propio, que para más rabia y tristeza está siendo permitido por los gobiernos. No hay mejor ejemplo que Latinoamérica, en donde los intentos por frenar estos procesos se han visto frustrados a través de golpes de estado (más o menos institucionales), como los operados contra Manuel Zelaya en Honduras (2009), Fernando Lugo en Paraguay (2012) o Dilma Rousseff en Brasil (2016).

En términos un tanto generales, se puede afirmar que los procesos políticos de cambio de los últimos años en Latinoamérica están en gran medida relacionados con el acceso a la tierra –y concretamente con la distribución de la misma–, con la pobreza y con la extracción y expolio de recursos naturales por parte de las multinacionales. Se está operando una destitución paulatina de todos aquellos gobiernos que puedan representar la más mínima amenaza para la riqueza del 1%.

760 activistas y defensores de la tierra han sido asesinados en Latinoamérica entre 2002 y 2013[1], además de los muchos desaparecidos que no se contabilizan como tales. Concretamente, 448 en Brasil; 109 en Honduras; 58 en Perú; 52 en Colombia y 40 en México. Y solo en 2014[2], 29 más en Brasil; 25 en Colombia; 12 en Honduras; 9 en Perú; 5 en Guatemala; 3 en Paraguay y México y 1 en Ecuador y Costa Rica. La tendencia creciente parece más que evidente.  

“El Silencio, por supuesto, también puede matar”, reza el último Editorial de Istmos. El silencio impuesto a base de sangre está contando con la connivencia de los medios de comunicación y está, además, aniquilando a las voces que velan por la defensa de la tierra. “Durante los últimos veinte años ha habido una guerra de clases y mi clase ha vencido”, decía Warren Buffett hace pocos años. Está claro que van mucho más rápido. ¿Cómo luchar contra el poder de las armas, la complicidad de los medios de comunicación, el dinero, las grandes multinacionales y la estigmatización y falta de reconocimiento por parte de los Estados de la labor que llevan a cabo los activistas?

Prestar atención a los sonidos que nos rodean en cada momento es una propuesta interesante no solo para aprender a disfrutar de ese otro lenguaje al que tenemos bastante relegado y descubrir una nueva esfera de estímulos, sino también como forma de adquirir consciencia sobre los sonidos que se encuentran en peligro de extinción y como forma de identificar aquellos otros que amenazan con colonizar nuestra intimidad. Todo esto para no permitir que nos roben aquello que nos da la paz y la belleza: la naturaleza.

 

 


 

[1] Deadly Environment. The Dramatic Rise in Killings of Environmental and Land Defenders. 1.01.2002-31.12.2012. Global Witness (2014).

[2] How Many More? 2014’s deadly environment: the killing and intimidation of environmental and land activists, with a spotlight on Honduras. Global Witness (2015).

 

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