A cada cerdo le llega su San Martín

Mi padre recuerda que, de niño, le dejaban sujetar la cola del cerdo durante la matanza. El marrano se retorcía –y chillaba como solo ellos saben hacerlo- mientras se desangraba con un gancho clavado en la garganta. Los niños también participaban de este holocausto familiar en torno al día de San Martín, once de noviembre. Una fiesta de trabajo duro que daba paso al frío y al letargo. Las largas y oscuras tardes se hacían más interesantes con morcillas, chorizos y demás orografía de este animal. Una máquina de convertir mondas de patata en grasa. Del cerdo, hasta los andares.

Aparte del epicentro de la gastronomía nacional, el cerdo es realmente un animal polémico, motivo de división y disputa desde tiempo inmemorial. Enigmáticas declaraciones del dios de los judíos cuando –Levítico, 11- enumera los animales impuros que su pueblo debe aborrecer. Con espíritu burocrático, el Señor les da una regla general -comed rumiantes  de pezuña partida- y cuatro excepciones a la misma: el camello, el tejón, la liebre y el puerco. De ellos, los tres primeros son rumiantes, pero no cumplen el requisito sobre pezuñas. Una de las grandes frustraciones del pueblo elegido debe ser haberse quedado con las ganas de hartarse de tejón. El cerdo, único incluso en la prohibición, es despreciable por lo contrario. Tiene pezuña, pero no rumia. Se perdieron la patatera y, sin embargo, Yahvé no tiene problema con que los israelitas coman saltamontes. El concepto del chon como animal impuro, heredado por el Islam mucho después, se pierde en la noche de los tiempos. Al menos desde el siglo XVI a. C. los levitas renunciaron a su consumo. Muchos quisieron ver en la triquinosis, descubierta en el diecinueve, una confirmación de la infinita sabiduría de Dios. Bastaría que les hubiera prohibido comer su carne poco cocinada, puestos a ponerle un pero al Altísimo.

La antropología no ha conseguido explicar claramente el porqué de esta porcofobia que, gracias a nuestro dios, los cristianos no hemos heredado del Antiguo Testamento. El norteamericano Marvin Harris apunta a razones puramente prácticas, ya que los tocinos necesitan sombra y lodo –escasos ambos en la tierra prometida- y son competidores directos del hombre en su dieta. Sin embargo, para los habitantes de Nueva Guinea el gocho ha sido casi la única carne disponible y, por lo tanto, allí la porcofilia es obligada. Cuánto se ha perdido el diálogo interreligioso por no poder compartir un poco de jamón serrano.

El cochino, como polemista que es, ha prestado sus sonrosadas carnes también a la crítica política. Quizás no tanto en Babe, el cerdito valiente, como en Rebelión en la granja. Los cerditos revolucionarios, comandados por Napoleón, acaban vistiendo la ropa del granjero derrocado. Conclusión: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros. En twitter se diría que los puercos de Orwell se convierten en casta. Fue una forma inteligente de llamar cerdo imperialista a Stalin. También Spiegelman recurre en Maus al cerdo como animal cobarde y egoísta, satirizando a los polacos. Guarros millonarios y avariciosos compinchados con el Tío Sam no faltan en las viñetas políticas soviéticas de la Guerra Fría. No es un animal inocente el cerdo.

San Martín, al que llamaremos simplemente Martín, posiblemente no se imaginara que su nombre quedaría asociado a la matanza de tan controvertido animal. La vida de este obispo de Tours, patrón de los soldados, se resume en su anécdota-leyenda fundacional: entregó media capa suya a un mendigo aterido a las puertas de Amiens, allá por el siglo cuarto. Nada que ver con los gorrinos. A Martín le tocaron los cerdos, a Andrés la nieve en los pies y, a Blas, ver las primeras cigüeñas. Caprichos de la rima.

Sin embargo, el refrán de Martín deja entrever una amenaza que va más allá de la bucólica estampa de la matanza en el pueblo. A cada cerdo le llega su San Martín es también un emplazamiento a un futuro de justicia. O de venganza, vaya. El lechón vive una orgía continua en la que sacia sus sentidos con el único propósito de ser sacrificado después. Indefectiblemente. Solo ahora somos tan pagados de nosotros mismos que nos permitimos tener un cerdo como mascota, pasearlo con correa, darle besos en la boquita y bajar acto seguido al bar para comernos otros morros muy parecidos. Salvando a estos afortunados, a todo chiro le llega el momento en que Martín le clave un gancho en la yugular. Para eso están.

Pero resulta evidente que la frase que nos ocupa encierra más un deseo que una realidad. No todos acaban en manos del matarife. El refranero está cuajado de sentencias juiciosas sobre la inevitabilidad del destino precisamente porque no hay destino inevitable. Queremos creer que la desmesura siempre lleva un castigo aparejado. La hybris griega, el pecado para la polis, conduce al castigo de los dioses, la némesis, término que Kershaw utilizó para titular su segundo volumen biográfico de otro ilustre marrano, Adolf Hitler. Él sí tuvo su enorme fiesta de San Martín. Otra imagen poderosa es la de su pareja de baile, Mussolini, muerto y colgado por los pies, cual cerdo, en la plaza de Loreto, en Milán. Saddam Hussein con la soga al cuello, Gadafi pidiendo clemencia a los milicianos que lo vapulean, Eichmann sentado ante un tribunal judío en Jerusalén… Nos fascinan las imágenes del cochino desangrándose, chillando como un verraco. Los niños le agarran la colita mientras los mayores lo descuartizan para después comérnoslo entre todos. Es un acto de expiación, de purificación de la comunidad. Valga cada uno de ellos por tantos otros que consiguen burlar el castigo y mueren viejos en sus camas sin haber conocido a la tal némesis. “Tan largo me lo fiais”, piensan muchos cerdos. No me van a pillar. Y, si me pillan, que me quiten lo bailado. A Don Juan le perdían los pussys y a casi todos los demás les pierde el dinero. Pero el guarro del Tenorio acaba frito en el infierno, por cerdo. Para eso está el teatro, el de Tirso o el de Sófocles, para sublimar la moral y meter en un cubito de caldo concentrado todas nuestras cochinas miserias.

Siempre ha habido cerdos, pero en estos tiempos de abundantes marranadas público-privadas asistimos a un desfile constante de lechones, solitarios o en piara, que nos intentan explicar cómo y de qué manera son los primeros sorprendidos por las heces y el orín que cubre sus pieles. De pronto han despertado del sopor que les impedía ver que se revolcaban en su propia mierda. Un sopor, por otra parte, que nos afectaba a casi todos. Los guarros se señalan unos a otros con sus pezuñas partidas argumentando que aquél tiene un poco más de roña que el otro; cuanto más se acerca el gancho a la garganta, más fuerte chillan. Con tantas guarradas como nos rodean se hace difícil distinguir a los cerdos que merecen matarile de los que no, pero lo que es inconfundible es la sed de sangre. No solo es que guste ver al culpable recibir su castigo, es que es estrictamente necesario para mantener a la gente en sus cabales.

Algún acto de expiación colectiva tendremos que alcanzar, una catarsis como la del día de San Martín que nos indique que hemos cambiado de estación. Sin embargo, el establishment ha asumido como defensa de sí mismo un argumento de patas cortas, como las de los cerdos. Se explica que cada cochinada que trasciende, que se hace pública, es una prueba más de que el sistema funciona. Esta falacia, llevada al extremo, vendría a suponer un recurrente cuanto peor, mejor. Si escuece, es que está curando. Esa es toda la batalla ideológica que se quiere dar. Ese es todo el calado de la reflexión cuando los cimientos se resquebrajan. Tener la tele llena de chorizos –con o sin Martín a la vista, he ahí la cuestión- significa que todo va bien.

 

Artículos relacionados