Agroecología, estruendo y una historia de 1933

Silencio.

Silvestra y Silvestre nacieron a la misma hora, el mismo día del mismo año: 31 de Diciembre de 1933, día de San Silvestre, patrón de los corredores. Ni Silvestre ni Silvestra se hicieron atletas. Tampoco se conocieron nunca a pesar de haber nacido a escasos 7 kilómetros. Silvestre en Pozoseco. Silvestra en Pozoamargo. A los pocos años de nacer, dicen que hubo una guerra. Nadie les habló mucho de ello pero Silvestra no conoció a su padre y a su madre no le recuerda color. Sus infancias fueron parecidas. Unos pocos años en la escuela aprendiendo los rudimentos; y luego a segar. Algodón, yeros, garbanzos... Hambre no pasaron, pero sí mucha gana.

Silvestre recuerda que un día, por su décimo cumpleaños, su tío Máximo le regaló un plátano. No volvió a probar algo así hasta mucho tiempo después.

Tras la guerra civil, la reforma agraria que se había hecho durante la República fue derogada. La propiedad de la tierra regresó a aquellos que habían apoyado fervientemente la sublevación: los grandes latifundistas. El proceso de reruralización que se había producido durante los años de conflicto se tradujo en una gran cantidad de mano de obra barata disponible para trabajar las tierras de otros. Se suprimieron la mayoría de contratos de arrendamiento y aquellos que antes trabajaban para sí mismos a cambio de un alquiler pasaron a ser jornaleros sin derechos laborales ni sindicales. Gracias al estraperlo, la posesión de tierras productivas se convirtió en un gran negocio. Fueron los años de la autarquía y el hambre. Es cierto que se consumían productos de cercanía y de temporada. No había otros.

 

Estruendo.

A los 23 años Silvestra se casó con un mozo de Pozoseco, el pueblo de Silvestre. Meses antes, a Silvestre el pueblo se le había quedado pequeño y se había marchado a Madrid a trabajar en la Renault. Fue el primero de muchos. Con la llegada progresiva de maquinaria, las manos fueron sobrando.

El marido de Silvestra tenía tierras. Así que ella, su marido y los hijos que pronto llegaron se quedaron en el pueblo. Manuel, el marido de Silvestra, tenía bastantes tierras, pero muy desperdigadas. Tenía olivos, almendros, cereales, vid… Con eso y la huerta de Silvestra fueron tirando bastante bien. Pero Manuel no estaba contento. Le habían dicho que así no llegaría a ningún sitio y que necesitaba tener una tierra grande y especializarse. Así que poco a poco fue haciendo sus negocios para dejar a sus hijos algo de lo que sentirse orgullosos. Cuando consiguió concentrar sus parcelas, llegaron unos señores y le dijeron que lo que tenía que hacer era plantar maíz y que además necesitaba unos abonos estupendos que fabricaban ellos para mejorar su productividad. Y que no se preocupase por las plagas: las semillas que ellos le iban a vender estaban preparadísimas para aguantar los también estupendos pesticidas que le iban a proporcionar. No tenía que preocupase de nada. Silvestra en cambio sí que estaba preocupada y le decía a Manuel que desde cuándo se había plantado maíz en La Mancha. Que hiciera lo que quisiera pero que a ella el huerto no se lo tocase y que la parcela pequeña del camino del majuelo se la dejase a ella. Y así, plantando maíz en la mancha, es como la “revolución verde” hizo su aparición en España.

El modelo de producción agrícola que conocemos hoy día empezó a desarrollarse en los años sesenta con la llamada “revolución verde”. Esta “revolución” consiste en grandes monocultivos de variedades “mejoradas” de maíz, trigo y otros cereales aplicando grandes cantidades de insumos: agua, fertilizantes, plaguicidas y maquinaria agrícola. De este modo se consigue aumentar la productividad de una manera asombrosa. También es asombrosa la desertificación que origina en los suelos, la dependencia de la agroindustria a la que obliga a los agricultores y la pérdida de semillas y variedades de cultivo a la que nos condena a todos.

 

Armonía.

Los nietos de Silvestre han vuelto al pueblo. Le han dicho que quieren tener cabras y plantar pistachos. Silvestre les dice que están locos y que por qué no le hacen caso a su madre y se sacan una oposición, con lo mucho que “han estudiao”. Eso les dice, pero en el fondo le da gusto y piensa que con “lo preparaos que están” seguro que alguno llega a alcalde. 

Silvestra es toda una eminencia. Con su pequeño huerto y la parcela del majuelo ha sido capaz de preservar, investigar y mejorar todo el saber que años de silencio y estruendo habían invisibilizado. Es ella la que les ha enseñado a los nietos de Silvestre a hacer la matanza. Les ha dado también un montón de semillas que tenía guardadas para cuando fuera el momento. Y está encantada, porque estos jóvenes de ciudad de los que tanto se queja su marido no paran de preguntarle cosas que ella creía que ya nadie le preguntaría. Le han dicho que lo que ella hace se llama agroecología, y que con todo lo que sabe podría escribir un libro. O dos. 

La agroecología propone un modelo de producción agrícola centrado no sólo en la producción sino también en la sostenibilidad ecológica del sistema. En la agroecología se introducen tres elementos claves respecto a la agronomía clásica: la visión medioambiental, el enfoque ecológico y la preocupación social. Concibe los cultivos como agroecosistemas e introduce la idea de ciclos cerrados de materia y energía. La principal crítica que se le hace al modelo de producción agroecológico es la productividad. Se plantea la duda de si, con un modelo como ese, sería posible alimentar a toda la población. Quizá es necesario preguntarse si se alimenta ahora a toda la población.

A los 83 años Silvestra y Silvestre por fin se han conocido. Son las fiestas de San Blas y los nietos de Silvestre le han traído al pueblo a recordar viejos tiempos. Silvestra le ha dicho que no sea soso y que se eche un baile. Y ahí los tienes a los dos, bailando Francisco Alegre y Olé mientras reconocen en los ojos del otro los años pasados de siega, viento y hambre.

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