Al principio no fue el verbo

Si hablamos de etimologías, valdrá hablar de la etimología de la etimología de la etimología y así hasta llegar a un territorio, a un tiempo, en los que todavía no existía la primera palabra, al menos salida de la boca del hombre.  En la etimología de las etimologías se halla el origen de la palabra, la genética del lenguaje; pero ¿dónde, cómo se creó?  

El hallazgo de las palabras originarias encierra el mismo misterio que el proceso del pensamiento humano. He leído que algunos investigadores cifran la creación del lenguaje en un aspecto fisiológico, en la evolución de los elementos fonéticos y resonadores. Piensan que el orangután o el chimpancé no pueden hablar porque se lo impide la colocación de sus órganos fonéticos y que sólo cuando “bajó” la laringe en nuestro ancestro parlante, pudo crearse el lenguaje. Pero no es cierto; se sabe que los primates más avanzados poseen la fisiología necesaria para hablar (también el loro, y de hecho este animal puede articular cualquier palabra). Lo que realmente impide el lenguaje es la ausencia evolutiva del pensamiento. 

Llegamos así al viejo problema de la conciencia. La materia sigue una tendencia, sin que sepamos muy bien por qué, pero “todo lo que llega a ser debe contener en sí un principio de desarrollo suficiente que explique su generación”, según el parecer de Parménides. Esa tendencia de la materia, es la de pensarse a sí misma, y se ha desarrollado a través de funciones y etapas  de la evolución (aún estamos en una de ellas). El velo sólo empezó a descorrerse a partir de que el cerebro de un homínido sufrió la mutación que le permitió producir mente. El rumor craneano de ese trozo de materia erguida se fue transformando lentamente en palabra.  

Las cosas no fueron bautizadas, sino que el proceso de nominación tuvo que ser un esfuerzo socializado a través de un largo transcurrir en el tiempo. Posiblemente cuando los primeros homínidos salieron de África (según nos cuentan) para poblar Europa hace 170.000 años, ya poseían un lenguaje bastante desarrollado. Se supone así porque una dispersión tan gigantesca, en la que tuvieron que cruzar mares y afrontar aventuras y peligros sin fin, precisa de un código desarrollado y de un avance tecnológico que sólo el lenguaje humano pudo posibilitar. 

En la evolución de los primates al homo habilis o al erectus se puede deducir que hubo un paso del no lenguaje al  protolenguaje (Bickerton), que pudo surgir hace un millón y medio de años, y de ese protolenguaje se pasaría en un tiempo (muy lento para la impaciencia actual) a la estructura del lenguaje tal y como lo conocemos hoy.

Tomemos un ejemplo observado que nos muestra, de manera comprimida, una etapa de la infancia.

Un niño de algo menos de un año trata de contar un suceso que le ha impresionado: el golpe de viento contra una ventana y la rotura violenta del cristal. El niño no habla todavía, emite sonidos, balbuceos ininteligibles que él pronuncia como palabras, con entonación narrativa incluso, acompañándose con el lenguaje de los gestos. Ilustra el suceso con exhalaciones y sonidos arrastrados que pueden querer expresar el viento, mueve la mano rápido cuando significa el golpe y pronuncia más claro la onomatopeya: ¡Bummm!. La madre le ayuda y expresa con palabras: “Y entonces la ventana se cerró ¿verdad?  Y el cristal se rompió”...  El pequeño asiente y lo vuelve a contar (con abundancia de vocales), “huiuum-wiauu-abbbuyii...  ¡Bummmm!”

¿Qué ocurre, por qué, si el niño entiende las palabras, si sabe lo que ha ocurrido y lo quiere contar, si tiene los órganos fonadores  perfectamente formados, no puede utilizar la palabra, no puede “nombrar”? Porque lo que no posee aún es el control neurológico en el córtex del cerebro ni el desarrollo intelectual para unir ambas funciones y elaborar conceptos. 

Empezaremos (seguiremos, mejor) aventurando que la verdad que encierra la palabra va más allá de una  procedencia o parentesco lingüístico. La indagación de una palabra en nuestro idioma nos lleva indefectiblemente al latín y este al griego y de este al sánscrito y a un supuesto indoeuropeo de nebulosa memoria. Pero yo anhelo una etimología que me lleve al miedo originario que debió engendrar la primera palabra, a la primera representación, al primer reflejo, al primer acuerdo entre los humanos para nombrar y aminorar el temor o conseguir un fin, una meta, para dominar el territorio más ignoto: el de la mente. 

La lengua del hombre está en su mano, venía a decir Aristóteles. Pero la  mano poco puede hacer sin pensamiento. O puede hacer lo que el pensamiento alcance.

En el diálogo de Platón, Crátilo, tal vez el primer escrito en Occidente sobre el lenguaje, el tema de la verdad de la palabra, ya ha entrado en el excurso, en la abstracción del símbolo y el esquema. En el diálogo se enfrentan dos formas de explicar lo nombrado, una la de la convención, la costumbre de los hombres para llamar a las cosas, y otra cuando la búsqueda del nombre primario (stoicheia, lo que nombra el elemento mismo) revela la esencia de las cosas o de los seres. Sócrates, consecuente con su mayéutica, aunque luego inicia otro punto de partida (completamente contradictorio: la imposibilidad del lenguaje de expresar de manera exacta y veraz el pensamiento), establece que la exactitud o la verdad del nombre, de la palabra, revela la esencia de la cosa: Tó onoma mimima  ti une  pragmatos: el nombre identifica la cosa. 

El niño cree, en efecto, que el nombre es una cualidad de la cosa, un atributo, la palabra es parte del objeto que nombra. Pero esta fijación carece de una experiencia semántica más adelantada, de un entendimiento de significados más profundo que se desarrollará más tarde. El lenguaje “generaliza” el mundo, lo refleja cuando el hombre domina el pensamiento abstracto, y con él la capacidad de formar un concepto y crear un símbolo.

Etimología: la verdad de la palabra; pero las cosas no tienen una verdad sola y para siempre. Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas, pide desesperadamente el poeta; él lo sabe, sabe que no hay palabra exacta sin inteligencia, sin pensamiento. Primero sería la flor, luego la rosa. 

Heródoto cuenta la historia de un rey egipcio, Psamético, quien para averiguar cuál era el idioma primigenio, el más antiguo o el que dio origen a todos los demás, hizo el primer experimento lingüístico de la historia y mandó que dos gemelos recién nacidos fueran aislados por completo y que jamás oyeran una sola palabra.  Al cabo de dos  años, le comunicaron al rey que los gemelos habían pronunciado una palabra frigia, bekos, que significa pan. Esa búsqueda, ese anhelo de una lengua primordial de la que surgieron otras, es la que llevó al descubrimiento de semejanzas, tanto fonéticas como semánticas y de estructura, del indoeuropeo (por cierto que el frigio lo era) con el sánscrito, el griego, el latín el serbio, el galés, etc. De ese grupo están excluidos el chino, el hebreo y otras lenguas orientales. Pero incluso en esas otras ramas no incluidas en el indoeuropeo, los lingüistas han encontrado la coincidencia en muchas palabras, sobre todo las más primitivas como madre o mamá. En  griego, meter; en latín, mater; en alemán, mutter; en eslavo, mata; en serbio, majke; en quechua, mama (antes de la llegada de los españoles); en coreano, omá, mamá y apá, papá; en chino, ma ma y pa pa; en hebreo, ima, mamá, y aba, papá.

Las onomatopeyas se encuentran en todas las lenguas y muchos investigadores interpretan este hecho como el indicio de un origen del lenguaje, y el hecho de encontrar pocas palabras onomatopéyicas en los idiomas puede deberse al desarrollo semántico,  que se separa con el tiempo del sonido; el significado se aleja del significante o lo  varía al ampliarse.

Los poetas vuelven a rescatar el sonido y juegan con la resonancia de muchos más significantes que los que acepta la convención (Homero y luego los grandes trágicos, utilizan la onomatopeya más que en épocas posteriores; y es quizá porque estaban casi inventando la escritura, estaban más cerca de los comienzos. El vocablo luz, por ejemplo, enciende la palabra para el poeta en cualquier idioma. Y la palabra viento: ventus, latín; wind, inglés y alemán; veter, ruso; wentós, protoeuropeo, de la raíz hiweh, soplar; sánscrito váti; letón, vetra; chino, fëng; hebreo, ruaj, trae, en todas las lenguas, la acción en las consonantes,  y en las vocales la sensación psicológica, la emoción, el sentido. El sentido va más allá del significado, el sentido, la intención y el contexto pueden hacer variar la palabra. 

El teatro es el lugar al que los humanos acuden, como se acude al templo, para rescatar el origen sagrado (en el sentido de arcano, de rito y de misterio) de la palabra. El psicólogo ruso Lev S. Wygotsky pone de ejemplo a Stanislavski y su famoso subtexto. Es decir, la intención no expresada que esconden las palabras. Yo incluiría las imágenes que evocan las palabras e incluso el sonido, el juego fonético de aliteraciones y cacofonías que el poeta dramático utiliza para cambiar o intensificar significados. 

Hay un espléndido ejemplo en el personaje del Coro de Enrique V, de Shakespeare, cuando alerta de que serán las palabras las que han de crear ejércitos, mostrar reyes, batallas y “encerrar  los años en el cristal de una hora”, pues nada de lo que allí se va a contar sucede realmente. 

Pero para lograr esta “magia”, la palabra tiene que ser usada como un artefacto, como un objeto virtual, rescatada al máximo de la imagen primigenia con la que se quiso reflejar la cosa real. Como el vigor y la acción que contienen las palabras se han ido perdiendo, incluso en los que viven de ellas, como los actores, en una ocasión hice venir a un especialista en Shakespeare, de la Royal Academy de Londres. El punto se centró en lo siguiente:  aunque la traducción del texto perdía en la traición misma de verterlo, se procuró que mantuviera esa parte de evocación visual del original. El especialista inglés no sabía español, de manera que le pedía al actor que hacía el ejercicio que usara las palabras del texto para hacerle entender el significado. Al llegar a la parte en la que el Coro insta a los espectadores a que “cuando os hablemos de caballos, pensad que veis la blanda tierra abrirse con la huella de sus cascos”, el actor pasaba neutralmente sobre la palabra caballo y el experto lo detenía: “just a moment! What have you said?,  el actor repetía: “Cuando oshablemosdecaballos...” .  “Ca...what? Cabbages? (coles, en inglés) “¿Qué tienen que ver las coles aquí?”. El inexperto actor volvía a resbalar por la palabra de manera plana. Por fin el inglés exclamó: “Ah, horses!" Entonces le explicó al alumno que, en español, la palabra tenía movimiento en el salto de las tres sílabas: Ca-ba-llo, pero que si no se le colocaba la imagen del animal a la palabra y se limitaba a decirla en su significado laso de diccionario, el público no podría “verlo”. Añadió que en inglés el singular, horse, hace ver al animal parado y el plural le da movimiento, horses

Lo curioso es que la acción del caballo, galopar, galoping (en inglés ), galoper (en francés), gallopp en alemán, vienen todos de un vocablo indoeuropeo, hlaupar (en el sentido de saltar). Los francos lo cambiaron en walopar (correr bien) y siglos más tarde pasó a la Langue d’Oc como galoper y de ahí a otras lenguas europeas. No cabe duda de que si no produce onomatopeya, sí consigue expresar el movimiento.

¿Fue entonces la primera palabra sonido antes que significado? El significado es un acuerdo sobre lo que contiene el sonido, lo que da forma a la forma.  No deberíamos separar el sonido y el significado. Lev. S Vygotsky, adelantado en comprender la conexión entre pensamiento y lenguaje, ponía un ejemplo que ilustraba de forma contundente el error (muy cometido, por cierto, en todos los ámbitos) de estudiar los elementos por separado. Para conocer las propiedades del agua, es inútil estudiar sus componentes por separado. El agua apaga el fuego, pero el hidrógeno aislado lo provoca y el oxígeno la mantiene. 

El gran psicólogo ruso abre el camino (o mejor sigue el abierto por Piaget) para averiguar la conexión del lenguaje y del pensamiento y, aunque no pretende “fechar” el bautizo de las cosas, sí acierta en establecer de manera  fehaciente que el lenguaje sólo puede comenzar al producirse la evolución del cerebro capaz de reflejar la realidad en conceptos, de generalizar, de representar o reflejar el mundo.

Al principio fue la acción, dice Goethe por boca de Fausto. De acuerdo, siempre que la acción tuviera un pensamiento, pues no concibo acción consciente sin pensamiento. De manera que escribiré en el corolario de estas notas lo que repetía a mis hijos mientras crecían: el pensamiento antes de la acción. 

La escritura –que tengamos noticia– se creó hace 5.000 años.  Todas las posibilidades del lenguaje, de su sonido y de su significado, se condensaron en veintitantos signos, que al principio serían ideogramas llevados a la máxima abstracción del símbolo. Con tan pocos signos se escribieron  el poema de Gilgamesh , la Ilíada y  la Biblia... y a partir de ahí, millones de vidas y sucesos inventados. 

Einstein dijo que para pensar no necesitaba o no utilizaba el lenguaje. Podía hacerlo de manera aislada, sin el apoyo o la interferencia de las palabras.

¿Pero tienen el pensamiento y el lenguaje un recorrido distinto o bien, simultáneo y paralelo? ¿Fue primero el pensamiento? Volviendo a Vygotsky, ambas curvas de crecimiento se cruzan y entrecruzan, pueden discurrir por separado o fusionarse un tiempo, pero siempre vuelven a divergir. 

 Einstein elaboró la teoría de la relatividad  con el pensamiento, pero precisó del lenguaje  (y de la escritura) para expresarla: E=M2

Lo tengo escrito: 

 

Con letras contadas  se escribieron el Quijote y la Ilíada,
y con diez dígitos  podemos medir el universo.
Todos los números de todas las medidas infinitas salen de nuestros dedos.
Todo lo que nombra al universo cabe en el alfa  y el omega.

 

 

Agosto 2015.

Artículos relacionados