«Si alguien me acompañase, mi confianza y mi audacia serían mayores. Cuando van dos, uno se anticipa al otro en advertir lo que conviene; cuando se está solo, la inteligencia es más lenta y el ingenio más débil» (Homero, Ilíada, X, 222; Diomedes a Néstor).

«Entre amigos todos los bienes son comunes» (proverbio atribuido a Pitágoras, citado por Platón en Lisis, 207 c; Fedro, 279 c; República, 424 a y 449 c; Leyes, 739 c). 

«Soy amigo de Platón, pero más de la verdad» (palabras de Sócrates transmitidas por Aristóteles). 

«Perdonar los errores involuntarios e intentar evitar los voluntarios. Estas son las señales que indican la larga duración de una amistad» (Platón, Fedro, 15 a).

«Tenemos que mirar al amigo si queremos conocernos a nosotros mismos. El amigo es otro yo» (Aristóteles, Magna Moralia, 1213 a 20-24) / «Nadie querría vivir sin amigos, aunque tuviera todos los demás bienes ... En las tiranías, los sentimientos de amistad y justicia tienen escasa expansión. Por el contrario, en la democracia se desarrollan todo lo posible, porque son muchas las cosas comunes entre ciudadanos iguales ... Si el hombre en desgracia tiene necesidad de personas que le socorran, el hombre afortunado no tiene menos necesidad de personas a quienes poder dispensar el bien» (Aristóteles, Ética a Nicómaco, libros VIII y IX). 

«Si te amas demasiado no tendrás amigos» / «Considérate rico si tienes muchos amigos» / «Cuando un amigo comparte los esfuerzos de un amigo, se esfuerza por sí mismo» (Menandro, Sentencias).

«¿Qué lugar puede haber para la amistad de una persona a la que no se ame por ella misma? ¿Y qué significa amar, de donde se deriva la palabra amistad, sino desear que alguien sea colmado de los más grandes bienes, aunque de ellos no nos alcance ningún provecho?» (Cicerón, Del supremo bien y del supremo mal, II, 78).

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Las palabras «amor» y «amistad» tienen muchas cosas en común, también etimológicamente hablando. Ambas proceden de la raíz griega phil, que originariamente expresaba la pertenencia a un mismo círculo o grupo social. Así pues, puede decirse que la edad arcaica consideraba amigo simplemente a quien no era enemigo. Pero empecemos por el final, es decir, por el ahora. 

Jon Beasley-Murray afirmaba no hace mucho: «Un afecto es el índice de la potencia de un cuerpo y del encuentro entre cuerpos. Cuanta más potencia tiene un cuerpo, más afectividad, es decir, más capacidad para afectar y ser afectado. Los encuentros entre cuerpos pueden dividirse, a su vez, en buenos y malos». Entendamos por buenos encuentros, es decir, por afectos positivos, aquellos fundados precisamente en la amistad. Y prosigue: «Debemos pensar la política, no tanto como la misión de educar a los demás y explicarles cómo son las cosas, sino como el arte de facilitar encuentros y formar hábitos que construyan cuerpos colectivos más potentes». Fraternidad y política comparten la misma base, tanto en la Grecia clásica como hoy. «Para nosotros —afirma Comité Invisible—, no hay amistad que no sea política».

La conceptualización de la amistad comienza, como tantas otras cosas, con el primer libro de Occidente. Homero, sin embargo, no va más allá de ponerla en conexión con el deber de hospitalidad, el sentido de camaradería militar o la pertenencia al mismo clan. Una teoría que gustaría especialmente a los abanderados del neoliberalismo sería la de Hesíodo, quien concibe la camaradería como una relación de intercambio de favores, casi como un apéndice de la economía. Es Platón el primero que plantea la amistad como proceso educativo de larga duración, es decir, como paideia (de pais: «niño»). El influjo platónico llega hasta Montaigne: «El alma se educa en la práctica de la amistad» (Ensayos, XXVIII). Con Aristóteles, desembocamos en la interpretación estrictamente política o democrática de la amistad. Al mismo tiempo, su visión filosófica del amigo como «otro yo» ha impregnado la historia de la cultura europea. 

En alusión a Virgilio, se lamentaba Horacio: «Puesto que un destino cruel me ha robado prematuramente esta dulce mitad de mi alma, ¿qué hacer de la otra mitad?» (Odas, II, XVII, 5). Tras la muerte de Étienne de La Boétie, Montaigne escribe: «Estaba tan acostumbrado a ser siempre dos, que paréceme no ser ahora más que la mitad» (Ensayos, XXVIII). En tributo a la memoria de Schiller, Goethe exclama: «He perdido a mi amigo y, con él, la mitad de mi ser».

El ideal de una relación en la que no se espera nada del otro, salvo disfrutar de lo que espontáneamente nos brinde, puede hacernos mejores personas y contribuir de esa forma a mejorar las relaciones ciudadanas. A la hora de procurar el buen funcionamiento colectivo y fundamentar la teoría democrática de la amistad, resulta clave otro término griego: simpatía (sympátheia: «sentir igual»). La igualdad de los amigos tiene su reflejo en la igualdad de los ciudadanos. Pero no conviene engañarse: la amistad es una de las dedicaciones más exigentes del mundo. Si bien las antiguas inscripciones grabadas en las esferas de los relojes proclamaban que «para los amigos, cualquier hora es buena», Francis Bacon sostenía todo lo contrario: «Los amigos son ladrones de tiempo».

Mientras que la filosofía moderna parte de la premisa de que el hombre es egoísta e individualista por naturaleza, la filosofía clásica lo hace de la sociabilidad y el afecto natural de unas personas por otras. El proverbio atribuido a Pitágoras —«Entre amigos todos los bienes son comunes»— parece hallarse no sólo en el origen del Omnia sunt communia (Todo es común) de los campesinos alemanes de 1525, sino en el de los lemas del movimiento Copyleft contra la propiedad intelectual. Aplicar esa máxima a gran escala daría lugar a un nuevo modo de vida, a una nueva cultura en la que cada cual sería a la vez maestro y discípulo de todos. 

La idea de que todo pertenece a todos no significa ni mucho menos el caos, el abandono o la irresponsabilidad, sino que apela más bien a la seriedad, el cuidado y el trabajo entre iguales, es decir, entre aquellos que son amigos incluso antes de saber que lo son o de haberse conocido. Tal es el caso de la gente que se une a fin de recuperar tierras y ponerlas al servicio comunal o que coincide en un encuentro callejero para defender sus barrios de la especulación urbanística. «Soy libre, porque estoy vinculado», declara Comité Invisible.

Se trata de establecer lo común como un nuevo marco de entendimiento y ejercicio de la vida, como una organización alternativa al margen de lo público y lo privado, como un espacio de encuentro, contemplación, disfrute, pensamiento, trabajo o descanso. Y de cobrar conciencia, según señala Hannah Arendt, de que «la amistad no es íntimamente personal, ya que plantea exigencias políticas y permanece referida al mundo».

En tiempos en los que una sensibilidad interesada parece adueñarse del horizonte global, es imprescindible volver la mirada atrás y recuperar el vínculo entre amistad y trabajo, entre amistad y entorno. Porque sólo la actividad práctica, sólo nuestras prácticas sensibles cotidianas pueden crear nuevos sujetos colectivos, nuevas afinidades, nuevas formas de socializar entre nosotros. Y sólo el establecimiento de nuevas formas de socialización creará afectos, contactos y gestos capaces de dar la vuelta al actual tablero de juego, carente por completo de honestidad y empatía, es decir, enemigo.

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