La belleza de la música posthumana

Un día llegará que no estaremos, y eso será una buena noticia. Hay señales que lo anuncian, avisos del apocalipsis que se recrean en el carácter funerario del evento. Pero no teman, ya verán qué liberación dejar atrás estas formas imperfectas de vida. Todavía no ha llegado el momento de decir adiós, aunque basta encender la televisión para encontrarse con una jauría de zombis que nos lo recuerda. O abrir la nevera y comerse un tomate que sabe a corcho mezclado con agua del grifo. Para algunos el final ya está en marcha, y que un tomate no sepa a tomate es un indicador incontestable de que el mundo, con nosotros dentro, se va a la mierda. Mientras tanto, mientras llega el desenlace, vivimos tiempos agónicos a la espera de que algo suceda y cambie el curso de la Historia con mayúsculas, y también, ya que estamos, el rumbo de nuestras minúsculas vidas.

La aceleración del progreso nos ha traído hasta estas aguas turbulentas, donde la nostalgia de la hecatombe por venir se mezcla con la melancolía por lo perdido. Y así vamos entre esos dos mares navegando, manteniéndonos a flote sin pensar demasiado, o peor, pensando demasiado, con la cabeza a punto de estallar. En esto iba pensando yo –tratando en vano de no pensar–, cuando me encontré a La Cobla Patafísica, una orquesta de veinte instrumentos y treinta máquinas sonoras creadas por el grupo CaboSanRoque. Instrumentos únicos hechos a partir de objetos cotidianos como una lavadora, una cinta métrica o una máscara protectora de esgrima. Artefactos creados con una finalidad sonora y que sin embargo tienen la belleza onírica de lo extraño, como si en un sueño los objetos hubieran cobrado vida y se hubieran rebelado contra su destino cambiando su utilidad y haciendo música.

Cabo San Roque

Acercarse a La Cobla Patafísica de CaboSanRoque es una experiencia que hace recordar la metáfora del dios relojero, el dios que creó el mundo para que funcionase solo. Ahí están, desafiando las leyes de lo previsible, las caracolas, pistones, tubos de plásticos, bidones, botellas, cráneos de vaca, flexos, cables, amplificadores, micrófonos y muchas cosas más integradas en una escenografía ceremonial donde el elemento humano está ausente. Y entonces empieza la música, una sinfonía con disonancias y ruidos armonizados que te seduce por la familiaridad de algunos de esos sonidos, entre lo industrial y lo doméstico, con un diseño formal de corte anacrónico, entre el objeto encontrado surrealista y una ferretería en liquidación. Si el musicólogo John Blacking definió la música como el sonido humanamente organizado, esto es música, sin duda, pero qué sensación la de asistir a la sinfonía orquestada por un conjunto de artefactos que parecen haberse emancipado de nosotros.

La inquietud está en que la belleza sobrevive al ser humano y que ese mundo de máquinas excepcionales no es una horrible distopía sino un lugar maravilloso donde el ruido se convierte en música. Un día llegará en que los humanos, esa especie de idiotas que luchan unos contra otros por ridículos afanes, serán superados por formas de vida más inteligentes que hayan trascendido nuestras ruidosas costumbres, nuestro carácter gregario y maniqueo, nuestra vulgaridad corporal y nuestra manera alicorta de amar y ser amados.

Yo sé que muchos aún creen en la naturaleza, en la verdad de la esencia corrompida por el progreso, pero ¿por qué resignarnos a este cuerpo lleno de heridas y dolores? El ser humano ha crecido de espaldas a la naturaleza, y menos mal, ¿o es que acaso debemos pleitesía a un estado primigenio que solo sirve para perpetuar el gen de la especie y al que nada le importa la felicidad de los individuos? Quedémonos con lo bueno, que es mucho, y trascendamos nuestra condición natural. Inventemos formas de vida que nos libren del cruel envejecimiento y del corazón que se para. Dejemos atrás, de una vez por todas, al ser humano, ese engendro con tantos defectos de fábrica que a partir de los treinta años va perdiendo los dientes. En eso pienso mientras escucho a CaboSanRoque, en la boca como espacio donde el conflicto de la civilización se representa: por un lado, el progreso del artificio con su anestesia y sus prótesis de fina porcelana, por otro, la naturaleza con sus flemones, sus caries y sus pianos sin teclas. ¿Qué prefieren ustedes?

Un día llegará que no estaremos, y eso será una buena noticia. Entretanto, qué remedio, tendremos que seguir viviendo esta agonía llena de dolores de espalda. Somos primitivos del futuro, la naturaleza todavía nos retiene, pero cada vez menos. Que siga tocando la orquesta.

Cabo San Roque

 

Etiquetas : arte, tecnología, música
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