Cómo salir del club más antiguo del mundo

Nací en una familia de clase media a mediados de los años ochenta. Por entonces, mis padres no participaban de ningún acto religioso salvo los obligatorios por razones familiares o sociales. Estaban casados por la Iglesia y cuando llegué al mundo decidieron bautizarme, imagino que porque era lo que tocaba y por evitar un disgusto a las abuelas. Por lo tanto, puedo decir que fueron ellos quienes asumieron por mí la adscripción al club más antiguo del mundo; ejercieron por mí mi derecho a profesar un credo.

Con el paso de los años fui un niño más de los miles que poblaban España, en mi clase los veinticinco alumnos recibíamos clase de religión. Cuando llegó la edad de recibir la primera comunión lo asumí de buen grado, no sólo por los regalos y la fiesta, sino porque creía firmemente en Dios. Tras recibir el cuerpo de Cristo por primera vez, seguí yendo a misa solo o en compañía de algunos familiares, pues mis padres seguían sin practicar.

Pese a mi fe, paulatinamente dejé de pisar la iglesia y al llegar a la universidad me di cuenta de la farsa en la que había estado metido. La intromisión de la jerarquía eclesiástica en la vida civil del país ayudó bastante, unido al desarrollo de mi vertiente más lógico-racional.

En aquellos años fueron innumerables las manifestaciones que los obispos presidieron en contra de las políticas sociales del Gobierno. Su capacidad para incendiar el debate público era sonrojante. Recuerdo con claridad una manifestación contra el matrimonio homosexual que abarrotó las calles de Madrid con toda la curia a la cabeza; una semana después otra manifestación atestó la capital, ésta contra la pobreza, y sólo un obispo se dignó a asistir.

Ese fue uno de los grandes puntos de inflexión en mi convicción para apartarme de la Iglesia, la imagen de una casposa jerarquía católica contra los derechos de las minorías era simplemente insoportable.

Como tantos otros, podría haber dejado de pertenecer a la confesión por la vía de los hechos, dejando de creer y de participar en sus ritos, pero quería que mi desvinculación fuera total y definitiva. Fue así, a los veinte años, como descubrí en internet que la Iglesia dispone de una vía para los que deciden borrarse del panorama eclesiástico: se denominaba apostasía. Consulté decenas de páginas web de gente que había ido logrando pequeños hitos contra ese Goliat que es la Iglesia y descubrí que había plataformas organizadas en varias provincias con el objetivo de ayudar a los nuevos apóstatas.

Con alguna información recopilada, empecé mi aventura tentando a la suerte, escribiendo a la diócesis donde estaba bautizado para informarle de mi firme deseo de abandonar la fe católica. A las pocas semanas me contestaron que el trámite para conseguirlo consistía en superar una entrevista con el vicario o en aportar un certificado notarial en el que constara que estaba en plenitud de mis facultades mentales.

No obstante, desde finales de 1999 se encontraba en vigor la ley de protección de datos que estaba siendo utilizada por muchos para exigir a la Iglesia que pusiera sus datos al día ejerciendo sus derechos de rectificación y cancelación.

Con esta herramienta en la mano me volví a dirigir al obispado exigiéndole que cancelara mi asiento en el libro bautismal o en su defecto que lo pusiera al día, anotando en el margen de mi partida una glosa en la que se indicara mi nueva condición de apóstata.

El vicario me reiteró su procedimiento (o él o un notario) así que interpuse una denuncia ante la Agencia de Protección de Datos que gané. La Agencia ordenó a la diócesis actualizar mi situación en su seno y así lo hizo ésta, no sin antes recordarme por carta que las puertas de su dios estarían siempre abiertas para mí.

Mi situación fue resuelta por la ley mientras que en otras diócesis más beligerantes los obispos no se quedaban callados ante las resoluciones de la Agencia y las recurrían sistemáticamente ante la Audiencia Nacional, que también de manera sistemática les quitaba la razón.

Podríamos decir que yo tuve suerte, pero llegó un día en el que un recurso ante el Tribunal Supremo prosperó cortando las alas de los futuros apóstatas. Resolvió que los libros de bautismo no son registros sujetos a la ley de protección de datos porque no están organizados alfabéticamente y sobre todo porque los archivos eclesiásticos son inviolables en virtud de un acuerdo internacional firmado entre España y la Santa Sede antes de entrar en vigor la Constitución y que nadie, por más que al PSOE se le llene la boca cuando está en la oposición, ha denunciado. Posteriormente, el Tribunal Constitucional avaló la tesis del Supremo por un defecto en el recurso.

Así las cosas, para los nuevos apóstatas sólo queda la vía eclesial. Tendrán que suplicar mientras curas y obispos se hacen de rogar para ejercitar un derecho tan fundamental como la elección de la religión a la que se pertenece, entre cuyas opciones está la sana práctica del ateísmo.

Pero por favor, no desistáis. Hacedles ver que cada día son menos, que por mucho que llenen las calles con procesiones o manifestaciones, sus iglesias están cada vez más vacías y sus fieles cada vez más mayores. Este país será un día verdaderamente libre si consigue librarse del yugo del catolicismo.

APOSTATAR PASO A PASO

Realización propia

1. Conseguir la partida de bautismo 

Averigua en qué parroquia fuiste bautizado y ve o llama para pedir una copia de tu partida de bautismo. Es posible que te pregunten para qué la quieres. En dicho caso, plantéate si confesar el verdadero objetivo y exponerte a más preguntas y posibles trabas, o si, por el contrario es mejor decir que es para otro fin (como por ejemplo casarte).

Lo más probable es que te cobren entre 10 y 30 euros. También puede ser que en lugar de la partida te ofrezcan un volante de bautismo (que es gratis), pero es importante saber que lo que la diócesis (obispado/arzobispado) nos va a exigir posteriormente es la partida de bautismo, así que no queda otra que pagar. 

2. Rellenar el modelo de apostasía

El siguiente paso es hacerte con el formulario de apostasía. En Internet existen multitud de ellos, simplemente asegúrate de que consigues uno actualizado que incluya las consecuencias derivadas de la sentencia del Tribunal Supremo de 2008.

Una vez relleno, puedes llevarlo personalmente a la diócesis o enviarlo por correo certificado (y con acuse de recibo) a la sede de la diócesis que te corresponda. En cualquiera de los dos casos, debes entregar también la partida de bautismo y una fotocopia compulsada de tu DNI.

Si no sabes qué diócesis te corresponde, utiliza el buscador de la Conferencia Episcopal Española introduciendo el municipio de tu parroquia de bautismo

Cuando lo sepas, busca su dirección postal y será ahí donde debas enviar el correo o personarte. Estas son las direcciones de todas las diócesis del Estado.   

3A. Por correo

Aunque con esto debería ser suficiente para recibir la “declaración de abandono de la fe católica”, es probable que intenten disuadirte con una carta en la que te adviertan de las consecuencias de la apostasía, adjuntándote también un formulario en el que te pedirán tus datos de bautismo (asegúrate de hacer una fotocopia a la partida de bautismo) que tendrá que ser firmado por un notario eclesiástico (cualquier cura) o civil. En este caso, rellena el formulario, encárgate de que sea firmado por dicho notario y envíalo. Si todo va bien, posteriormente te enviarán la ansiada declaración definitiva de abandono de la fe católica.

*Si te quieres ahorrar estos últimos pasos, resulta más sencillo presentarse en la diócesis y hacerlo en persona, como se explica a continuación.

3B. En persona

Llama a la diócesis un día antes de ir diciendo que quieres tratar en persona una cuestión sobre la apostasía y aporta tus datos personales para que tengan presente la documentación que previamente has enviado (explicado en el paso 2).

Deberás dirigirte al vicario, y podrán pasar dos cosas:

         I. Que te hagan rellenar un formulario con tus datos de bautismo. En ese caso, hazlo delante de él y cuando lo hayas firmado, se lo entregas. Es posible que te digan que te enviarán la contestación por correo, pero insiste en que te gustaría dejarlo zanjado esa misma mañana.

        II. Que no te hagan rellenar el formulario previo y accedan a darte la declaración de “abandono de la fe católica” en el momento. De esta manera lo habrás conseguido y sólo te queda asegurarte de que en ella consten la fecha, el sello oficial del arzobispado y la firma de la persona que la realiza.

Etiquetas : religión, nuevas vidas
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