Del ejercicio de las ciencias por amor al arte

Cualquier persona con cierta sensibilidad estética se habrá percatado de que ahí afuera existe un mundo, y que ese mundo es bello y es digno de ser contemplado. Es bastante probable que la contemplación sólo sea un estadio inicial y que, tras el primer asombro, uno se sienta llamado a aprehenderlo, explorar sus misterios o compartirlos. Necesita, para ello, acudir a un lenguaje. En este momento, una certeza empaña su empeño. Ilya Prigogine, nobel belga, advierte: “El mundo es más rico de lo que ningún lenguaje es capaz de expresar”. El abismo que es el mundo no va a ser fácil de domeñar.

Mucho se ha hablado sobre la supuesta división entre ciencias y humanidades. No seré yo quien niegue las evidentes diferencias en metodología, objetivos del estudio y naturaleza de los sistemas que considera cada disciplina. Sin embargo, usualmente se olvida que todo esto son diferencias superficiales que desvían la atención de lo que las hermana entre sí. También ocurre con las artes. Todas son instrumentos para representar el mundo. Y también, y no menos importante, son el placer que proporciona su ejecución. 

Esta equivalencia fundamental no me ha sido revelada a mí. La historia cuenta con millares de ejemplos de científicos que se consideran a sí mismos estetas. Así, en el siglo XIX, nos encontramos con que Sophía Kovalévskaya, matemática rusa, creía que “es imposible ser matemático sin tener alma de poeta. El poeta debe ser capaz de ver lo que los demás no ven, debe ver más profundamente que otras personas. Y el matemático debe hacer lo mismo”. Estas opiniones no son fruto del espíritu romántico de la época. Ya en pleno siglo XX, Bertrand Russel decía que “el verdadero espíritu del deleite, la exaltación, la sensación de ser más que un Hombre, que es la clave la de la más alta excelencia, se encuentra en las matemáticas tanto como en la poesía”. Henri Poincaré afirmaba que “los científicos estudian la naturaleza no porque sea útil, sino porque encuentran placer en ello, y encuentran placer porque es hermosa”; idea que formulará años más tarde de forma más gamberra Richard Feynman: “La física es como el sexo. Desde luego que tiene algunas consecuencias prácticas, pero no son esas las razones por las que la hacemos”.

Bajo este prisma, la labor del científico  no se diferencia sustancialmente de la de un artista o un escritor. Newton desarrolla el cálculo con el mismo denuedo con que Bach compone sus fugas; Maxwell desentraña los misterios del electromagnetismo con tanto mimo como Flaubert los de la sociedad francesa del siglo XIX; la teoría de la Relatividad General de Einstein es tan evocadora como el “Guernica” de Picasso. Lo que diferencia a unos y otros es el lenguaje que eligen para plasmar la realidad, no el fervor de su mirada. Cada lenguaje está especialmente diseñado para captar una determinada dimensión del mundo. Así, para describir el goce sensual de un espectáculo de luz, la pintura figurativa parece ser el canal más adecuado; sin embargo, si queremos captar la hermosura más profunda que emana del orden armonioso de las partes, deberemos acudir al más esotérico lenguaje de las matemáticas. La elección del lenguaje potenciará irremediablemente una dimensión del mundo y atrofiará otras: “el mundo es más rico de lo que ningún lenguaje es capaz de expresar”.

Comenzábamos diciendo que, frente al estruendo de un mundo desconocido, el primer estadio del goce es la contemplación pasiva y silenciosa. Romper ese silencio, entablar una conversación con el mundo, consigo mismo o con otros espíritus igualmente inquietos es el irremediable siguiente paso. Buscamos la armonía que subyace al ruido y al silencio. Trascender el ruido y el silencio, anhelar la armonía. ¿Acaso esta fatalidad no es más asombrosa que la inclusión de la ciencia en los lenguajes con los que conversar.

 

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