Drama queens

Es temporada alta en un veraniego pueblo costero de Estados Unidos. La playa está abarrotada de bañistas que chapotean alegremente en el agua y niños gritones que se lanzan pelotas de colores cuando, de repente: chan-chan, chan-chan, chan-chan... La terrorífica aleta de Tiburón (Steven Spielberg, 1975) zigzaguea hacia la orilla y no precisamente para tomar el sol en la arena. Se trata no solo de la llegada del indeseable escualo que amenazaba con hincar el diente a los turistas de la zona, sino -en términos dramatúrgicos- del arranque del conflicto.

El conflicto (o el drama, el problema) rompe la situación de equilibrio inicial del mismo modo en que un estruendo quiebra la armonía. Es en este momento cuando sentimos que una película empieza. A partir de ahí, el protagonista se enfrentará a un proceso, generalmente doloroso, por el que se transforma en un héroe capaz de encarar al antagonista en la lucha final (el clímax) donde descubrimos si logrará o no su objetivo.

Podemos decir entonces que la estructura dramática de todo filme se basa en un juego de armonía-estruendo-silencio donde cada tecla cumple una función.

La Armonía -es decir, la felicidad- resulta tremendamente agotadora en el arte. Es tan aburrida que las historias empiezan cuando la felicidad termina. Enseguida queremos que al protagonista le vaya mal. ¿De dónde proviene este sadismo? Resulta que nos pasamos toda la semana huyendo del dolor, practicando mindfulness y leyendo consejos para disfrutar de una vida plena, pero luego nos sentamos en una butaca porque queremos ver cómo sufre un personaje que no existe.

En el cine no hay Armonía. No hay equilibrio. No hay felicidad. Ya nos advirtió la mismísima Isabel Coixet de que "la felicidad es muy poco fotogénica". Y es que siempre que algún personaje logra rozarla, ésta siempre resulta insuficiente, efímera o incompleta.

Ocurre a menudo en el cine infantil donde los personajes se ponen happy pero solo si entran en mundos paralelos o imaginarios, como el pequeño Max que huía a Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009), Bastian hacía lo propio en La historia interminable (Michael Ende, 1984), igual que Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll, 1865), Los mundos de Coraline (Henry Selick, 2009) o la pequeña Dorothy, que soñaba en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) ni más ni menos que con llegar a "un lugar sobre el arcoiris donde no existan los problemas" (ni los armarios, para los incondicionales de Judy).

Donde viven los monstruos

Donde viven los monstruos, de Spike Jonze (2009).

Algunos personajes sonríen ante una felicidad a punto de llegar, como anhelaban los de Villar del Río, aquel adorable e ingenuo pueblo de ¡Bienvenido, Míster Marshall! (L. G. Berlanga, 1953) o un optimista Joan Manuel Serrat recordándonos que "hoy puede ser un gran día..." aunque nunca supimos cómo tenía por la noche el nivel de alegría; otros fingen haberla encontrado (Ya te olvidé cantaba repetidamente la pobre Yuridia).

Hay quienes probaron la miel y ahora nada les sabe bien, como al James Stewart de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), Juliette Binoche tras perder a su familia en Azul (Krzysztof Kieslowski, 1993), el amante que perdió la vida justo cuando todo iba bien en A single man (Tom Ford, 2008) o la infancia como paraíso perdido del que nunca jamás quiso desprenderse Peter Pan (J. M. Barrie, 1904).

Numerosos protagonistas de la literatura y el cine, especialmente ellas, encuentran refugio en el delirio y la locura, como le tocó a la desgraciada Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), a Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo (Tennessee Williams, 1947) o a la soñadora Betty de Mulholland Drive (David Lynch, 2001). Por último, están los personajes que directamente encuentran su nirvana en la muerte, como Ramón Sampedro que carecía de vida física en Mar Adentro (Alejandro Amenábar, 2004).

El crepúsculo de los dioses

Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd.), de Billy Wilder (1950).

Y, en cuanto algún personaje ha osado llegar a Ítaca, como le ocurre al joven matrimonio de burgueses austriacos de El séptimo continente (Michael Haneke, 1989), que parecen haber tocado la cima de Maslow con el trabajo perfecto, la casa, la pareja y los hijos perfectos, no se les ocurre nada mejor que romper sus bienes a martillazos, llenar de pastillas las boquitas de sus niños y rezar por que el viaje al otro barrio sea rápido.

Ya dice mi madre que "cuando no es Juana, es la hermana".

El Estruendo es la gasolina del arte. No importa si se trata de un Picasso, un Van Gogh o El grito de Edvard Munch; Jim Carrey haciendo de las suyas, un poema de Sor Juana Inés de la Cruz o el último capítulo de Juego de Tronos: la cultura es el espacio de la carencia, el desequilibrio, el dolor, lo disfuncional, el error, lo defectuoso.

El grito

El grito, de Edward Munch. 

Sí. Por supuesto que también hay escenas donde la tensión disminuye, momentos donde los personajes disfrutan, donde se produce un Silencio narrativo. Pero siempre se utiliza para generar un sutil contraste, igual que los graves y los agudos en un piano.

El exceso de Estruendo es la telenovela o el melodrama pasado de rosca;  el exceso de Silencio es Manoel de Oliveira, Béla Tarr o Lisandro Alonso, con sus largos planos donde un hombre corta leña, rema una barca o baja y sube escaleras. Aunque son silencios que la mayoría de las veces gritan más fuerte de lo que aparentan, como la sugerente propuesta ucraniana The Tribe (Miroslav Slaboshpitsky, 2014), donde todos los personajes son sordomudos y, sin embargo, ninguno puede quedarse callado.

The Tribe, by Myroslav Slaboshpytskiy (El Sur Films)".

The Tribe, by Myroslav Slaboshpytskiy (El Sur Films).


La Armonía y el Silencio son las muletas del estruendo. Son como esos actores secundarios que solo están en las comedias para servir los chistes al protagonista. La estrella central siempre será el dolor humano.

Pero, entonces, ¿por qué nos resulta tan atractiva la infelicidad? Si en El Rey León, Simba se pasara toda la película disfrutando de un eterno Hakuna Matata... ¿Nos gustaría? ¿Qué ocurriría si el protagonista y sus amigos ya se sintieran completos, si disfrutaran del aquí y ahora, si todos los personajes fueran felices en un ciclo sin fin?

"Alguien tiene que morir para que los demás aprecien el tesoro de la vida… Es el contraste", decía la escritora Virginia Woolf en Las horas (Stephen Daldry, 2002). Del mismo modo, necesitamos que Mufasa muera. Hay algo en nosotros que desea ver a Bambi huérfana y desorientada bajo la nieve. Porque la identificación nos permite reconocer en Bambi nuestra propia soledad y experimentar una catarsis a través de su conflicto. Si lo que representan las películas es la infelicidad, entonces entrar a un cine significa admitir nuestra tristeza. Vamos al museo porque algo no anda bien en nosotros. Compramos una entrada de teatro a ver si encontramos la pieza que nos falta.

El espectador es un apasionado del drama. Es un drama queen por naturaleza. Un yonqui del dolor humano. Y hoy más que nunca hemos desarrollado una adicción al conflicto, con el boom de las series televisivas como máximo exponente. Pero la estructura dramática del storytelling ya no solo está presente en los mundos de ficción de nuestro DVD, Spotify o Xbox, sino que se ha multiplicado en escenarios de realidad como la política, el marketing, los deportes o en reality shows como Top Chef, Hermano Mayor y Pekín Express, donde los protagonistas quieren lograr un objetivo de una forma cada vez más similar a la estructura dramática clásica. 

Dice el rapero Frank Ocean que "cuando estás feliz, disfrutas de la música. Pero cuando estás triste, entiendes la letra". Necesitamos chutes cada vez más intensos y constantes que nos recuerden por qué luchamos, cuál es el sentido de las cosas. Mientras las religiones siguen perdiendo adeptos, aparecen nuevos relatos como la narrativa vegana o hipster

Cada persona podrá acceder a una oferta de relatos cada vez más amplia y diversa, pero lo que parece claro es que todas las narrativas tendrán siempre como base la misma melodía de la supervivencia.

 

 

 

Etiquetas : arte, cine, personajes
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