Editorial. Silencio. Armonía. Estruendo

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La patria común de todos los españoles existe y se llama: EL RUIDO.
Forges. 

Dondequiera que estemos, lo que oímos es en su mayor parte ruido. Cuando lo ignoramos, nos molesta. Cuando lo escuchamos, lo encontramos fascinante.
John Cage, Silencio.

 

Parece que hace tiempo, cuando comenzamos a vivir en ciudades y enmendamos nuestra loca huida de la naturaleza, dejamos de prestar atención a los sonidos que nos rodeaban. Ahora, lo que escuchamos pasa desapercibido o queda relegado a menudo a lo visual. Oír es una de las primeras cosas que hacemos al nacer y no dejamos de hacerlo jamás. Siempre oímos, incluso en una habitación totalmente aislada o en plena naturaleza, ya sea un leve zumbido en los oídos, el sonido de nuestra respiración o de nuestro pulso.

Las posibilidades del sonido -y de su ausencia-, infinitas y aun por descubrir, nos pueden trasladar a otros mundos o incluso hacer mejor el que tenemos. Pero, ¿quién recuerda un paisaje por su sonido, la voz de su abuela contando historias no escritas, o la risa de un amigo al que no ha vuelto a ver? Basamos nuestros recuerdos en las fotos de los lugares exóticos que visitamos, recordamos a nuestros abuelos por las sonrisas que se dejaron fotografiar y no nos olvidamos de los momentos extraordinarios con nuestros amigos por las selfies que nos hicimos.

Los que aman el sonido por encima de todo son ajenos a todo protagonismo. “Casi nadie recuerda a un sonidista tras una ceremonia del Oscar”, decía Sabrina Duque en su relato en Etiqueta Negra sobre el portugués Vasco Pimentel, el director de sonido obsesionado con “un mundo mal mezclado”, incapaz de soportar el ruido que considera inútil: un amigo hablando a gritos, el bullicio de un bar o una televisión hablando en su propio idioma por ser “una inflación de palabras con valor semántico nulo y entonación histérica y mentirosa”. Prefería oír la televisión en China o en India porque, al no conocer estos idiomas, las palabras le llegaban como sonidos, “sin entender su significado”.

En Istmos le rendimos nuestro particular homenaje al sonido con una cadena de tres palabras: Estruendo, Armonía y Silencio, que lanzamos al aire para que cualquiera pueda interpretarlas de las maneras más variopintas. Partimos del sonido para expresar sensaciones, sentimientos e ideas que se transformarán en un texto, un baile, una melodía, un dibujo, una sucesión de imágenes… Nada está predeterminado y todo experimento es bienvenido en este nuevo viaje. Que empiece el juego, ¿te animas?

Estruendo, armonía y silencio... “Estruendo ya no es nada. O quizá la falta de experiencia o ganas para procesar lo que viene. El rechazo a aceptar la existencia de nuevas realidades o la necesidad de expresarse de una forma diferente”, opina una amiga nuestra. Estruendo son las bombas que caen cada día y masacran a poblaciones olvidadas, silenciadas. Estruendo son titulares y noticias manipuladas y viles. Estruendosa es también nuestra falta de tacto y de vista. Nuestra incapacidad para no solo oír sino, sobre todo, escuchar. Nuestra incapacidad para respetar los silencios de nuestros amigos y para aguantar los gritos de otros. Estruendo no significará seguramente lo mismo aquí que allí, en Europa que en África, ni en la ciudad que en el campo, ni para ti que para mí, pero seguramente todas coincidamos en que la acelerada huida hacia delante en la que estamos embarcados, es estruendo, es ruido, es dolor.

Bienvenido sea el Estruendo si trae con él algo bueno; si nos sirve para celebrar durante un instante una gran victoria colectiva –de esas que ya apenas existen–. Maldito sea si lo único que provoca es seguir llenando los huecos y vacíos, las mentes y miradas, hasta impedirnos ni siquiera pensar.

El Silencio, por supuesto, también puede matar. Y maldito sea si nos invade por completo y nos inmoviliza, o si de tanto espacio que nos deja para pensar, lo único que conseguimos es alcanzar unos límites de autocriticismo tales que nos impidan actuar, andar, activar y accionar. Bendito sea si nos sirve para poner freno a esta locura colectiva en la que vivimos.

Istmos ha pretendido desde su inicio huir del ruido y aproximarse, si no al Silencio, sí a la pausa. Pausa y silencio, reflexión, contemplación. Todas ellas aliadas de la creatividad, indispensables para poder iniciar procesos creativos tanto en lo personal -procesos de autotransformación, de autoanálisis, de contemplación de nuestros Yoes- como en lo colectivo –procesos de construcción grupales–.

Reivindicamos el Silencio como punto de partida para el autoconocimiento y también para el conocimiento del otro y de lo otro a través de distintos prismas. Porque quizás hemos llegado a una encrucijada en la que tanto la palabra, como la imagen y la letra no nos están sirviendo como sociedad para acercarnos y entendernos, sino para lo contrario. Reivindicar este silencio es reivindicar la caricia, la mirada bonita, el paladar. Es reivindicar la contemplación de la naturaleza y de nuestros interiores para extraer nuevos aprendizajes.  

Bienvenida sea la Armonía si va acompañada de cariño y arte. Y maldita sea si por ella se entiende vivir en una falsa paz disfrazada de democracia.  Que no sea la armonía del status quo, de las viejas cantinelas que por su repetición monótona se visten de normalidad. Ojalá llegue la Armonía verdadera, esa que nos recuerde el lugar que ocupamos en el mundo y que nos enseñe a relacionarnos con él de una manera sana. Bendito sea el equilibrio entre estruendo, armonía y silencio. Si es que es posible.

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