Ejercicios de etimología

Mi pasión por las etimologías está ligada a mi pasión por las palabras y, más en concreto, al apasionado deseo de saber lo que significan las palabras, de descubrir sus secretos y, también, de jugar con sus fondos misteriosos. Pero, ¿qué significa la palabra «palabra»? ¿De dónde viene? Viene de parábola, que en griego significa «comparación», «semejanza»: esas semejanzas mediante las cuales lanzamos al lado de una cosa otra cosa para así completar la significación de la primera. Así como «palabra» viene de parábola, «hablar» viene de fabulare, palabra latina que de significar «hablar, charlar» pasó a significar «contar un cuento, una fábula». Pues bien, eso es la etimología: el cuento instructivo o fábula que tienen en el fondo de sus anchurosos armarios las palabras que empleamos cuando hablamos. Es un cuento que, por otro lado, sirve para camuflar una verdad, pues, como es bien sabido, en griego etymos (de donde «etimo»-logía) significa «verdadero, real». Con los flotadores de la parábola y la fábula lo que hacemos, en definitiva, es desembocar en el infinito mar de la «metáfora», matriz del lenguaje, pues ¿qué es la metáfora sino una pequeña fábula? ¿Y no hay en el origen de toda palabra una metáfora?

La fábula puede llegarnos sin necesidad de que se articule una palabra, a la manera de una danza mímica. No en vano la palabra mythos («fábula») está emparentada con mutus («mudo»). Los mitos no necesitan de la voz para llegar a nosotros. La ciencia etimológica nos revela también que la gramática no es el arte de hablar, sino el arte de «escribir», pues los grammata hacen referencia a «letras», no a los sonidos de la lengua. 

Los dioses también se comunican, pero lo hacen de una forma especial. Lo hacen a través de señales. Júpiter se sirve de los rayos y los truenos. Esos son sus «signos»; los signos de su voluntad. De ahí que la voluntad divina fuese llamada numen, de nuo, que significa «señalar, hacer señales». Ya que hablamos de dioses, añadamos que «adorar» tiene que ver con uro, que significa quemar (en aras, sin duda). También tiene que ver con ouranos, el cielo, que resplandece con el fuego del sol o el de las estrellas. Y sin salirnos de la teología, tenemos que la palabra latina para «fe» es fides, y que fides significa también «cuerda, nervio». Lo que esa etimología nos enseña es que la fe es el nervio de la divinidad. Si del fuego pasamos ahora al agua, vemos que con este elemento tiene que ver la «Hidra», que no en vano era una serpiente o dragón nacido del agua, que en griego se dice hydor.

Las primeras etimologías que se me vinieron a la cabeza cuando pensé en esa cuestión no fueron las que me acaban de salir al paso no sé cómo, sino estas otras. La primera fue la de «considerar» que por venir de la preposición cum (con) y del sustantivo sidus, sideris (astro, estrella) nos viene a decir que cuando consideramos algo lo que hacemos es mover nuestros pensamientos en sintonía con  los movimientos de los astros en el cielo, o bien verificamos nuestra actividad pensante en una especie de noche iluminada por los astros. 

La segunda palabra que me vino a las mientes fue «contemplar», y va en la misma dirección que «considerar», pues viene de cum y templum. Como bien señaló Gianbattista Vico en su gran obra Principios de una ciencia nueva (obra suculenta para los amantes de las etimologías), las regiones del cielo señaladas por los augures para hacer sus vaticinios se llamaban templa coeli, o sea, templos del cielo, y si los «templos» (los terrestres) se llaman así es porque, en sus orígenes, eran lugares que disfrutaban de una visión libre por todas partes. O sea, contemplar algo es ver ese algo por todos los lados, verlo incluso de acuerdo con las medidas de los cielos marcadas por la ciencia de los arúspices. De ahí vienen los «teoremas» y «mathemas», o sea, theoremata y mathemata: teorema viene de theoreo, que significa «mirar, observar, contemplar». ¿Qué nos dan a ver los teoremas originales? Los templa coeli, los «templos del cielo». Virgilio se tomó la libertad de aplicar esa expresión al mar, cuando en un verso de la Eneida estampó neptunia templa, los templos de Neptuno, para referirse al mar.

Dado que «comentario», o sea, commentum, tiene que ver con comminisci, que no es sino «fingir» ─una actividad propia de la fantasía─, hay que entender el sesgo que a menudo dan los comentarios al texto o cosa que comentan, sin que se deba excluir a los comentarios que yo mismo estoy ahora haciendo sobre las palabras. Pero, por favor, no se me interprete mal…, digo que «interpretar» viene de interpretari, y esta palabra de interpatrari, o sea, de entrar en comunicación con los padres (patres) o dioses para conocer el significado de palabras y cosas. Si así conseguimos «sabiduría» ─sapientia en latín─, debemos saber que esa palabra, tanto en latín como en español, tiene que ver con «sabor», con el sentido del «gusto». La sabiduría nos regala el gusto verdadero de las cosas.

Si «saludar» deriva de desear salud y seguridad a quien nos dirigimos, y «reflexionar» de dar vueltas a algo, la ciencia etimológica nos enseña que humanitas, la humanidad, viene de humando, sepultar: tan importantes han sido los ritos sepulcrales y el culto a los antepasados, a los muertos, para constituirse el hombre como hombre, o sea, para llegar a esa condición de homo sapiens sapiens que tal vez está empezando a perder. También nos enseña que los «gigantes» eran seres nacidos de la tierra, y que la palabra «aterrar» es enviar a alguien bajo tierra. Terrible, ¿verdad?

¿Por qué las ciudades se llaman «urbes»? ¿De dónde viene esa palabra? De la curvatura (eso en latín se dice urbum) de los antiguos arados de madera con los que se araban las tierras de cultivo donde se fundaron las primeras ciudades, si es que no del arado utilizado para delimitar la parte del campo dedicado a vivienda humana. Y los bosques se llamaban luci (plural de lucus) porque los hombres que vivían en medio del bosque quemaban una parte, o sea, abrían un claro en el bosque, para plantar allí sus viviendas. 

Las semillas que aquellos antiguos campesinos esparcían en el suelo las relacionaban con el dios Saturno, que fue llamado así por los romanos a partir de satis, que significa «semillas», en tanto que los griegos dieron a ese dios el nombre de Khronos, con lo que lo pusieron en relación con el tiempo ─khronos para los griegos─ de donde viene el nombre de «cronología». Tal vez el arte de la cronología sólo se empezó a practicar cuando los hombres empezaron a cultivar el campo con semillas.

¿Y qué decir de las palabra «leer» (legere), «ley» (lex), «legumbres» (legumina) y «encina» (ilex, o illex)? Todas esas palabras tienen una cosa en común. Todas ellas tienen que ver con la acción de «recoger»: las bellotas de las encinas en la antigüedad remota, las legumbres en la época de los campos cultivados, los ciudadanos en arcaicas formas de parlamentos, y las letras ─en tiempos más avanzados─  hasta hacer con ellas un grupo de letras para cada palabra, acción a la que se dio el nombre de legere, o sea, «leer».

Para los hombres de épocas arcaicas (y para el actual) el comer, el alimentarse, era tan importante que la palabra latina sum («soy») significó también en épocas remotas «como, me alimento». Una manera de decir que alguien es, es decir que come. ¿No decimos ahora «¿y eso cómo se come?» cuando queremos averiguar la sustancia de una cosa o actividad? Cuando se pasó al uso de la moneda para efectuar los intercambios de productos, los griegos la llamaron nomisma. Como nomisma tiene que ver con nomos, vocablo que significa «uso, costumbre, ley», de ese modo querían hacer hincapié en el papel legal, regulado, que tenía la moneda. De no ser así, ¿quién iba a querer intercambiar nada? Los romanos asociaron la moneda con otra idea, la de «hacer pensar, recordar, aconsejar», pues eso significa moneo, de donde viene moneta, «moneda». Pero esa asociación había pasado antes por un trámite teológico que no debemos pasar por alto, ya que Moneta era la diosa madre de las Musas, Juno tenía esa palabra como sobrenombre y, punto importante, era en el templo de Juno Moneta donde se fabricaban las monedas. 

Se suele decir que «persona» viene de personare, «sonar en todas partes», y que esa palabra tiene que ver con las «caretas» que se ponían los actores para hacerse oír mejor. Pero Vico observa con razón que los teatros primitivos eran tan pequeños que no había que levantar mucho la voz. El filósofo napolitano, que tanto admiraba a nuestro rey Carlos III, el rey arqueólogo por antonomasia, entiende que personari significa «vestir pieles». Vestidos de pieles es como salían a escena los héroes, empezando por Hércules, que siempre llevaba a cuestas la piel del león de Nemea. Ya se trate de pieles o de caretas, ser persona es una forma de hacer teatro…

Terminemos esta excursión etimológica por una palabra tan de nuestro tiempo como la que más: «posesión». Obviamente, viene de possessio, y este vocablo, ¿de dónde viene? Según Vico, de porro sessio: literalmente, «delante de uno» y «asiento» o «acción de sentarse». O sea, poseemos aquello que tenemos delante, junto a nosotros, cuando estamos sentados. Como si dijéramos, la posesión es una prolongación de nuestro cuerpo sentado.

El cuerpo, sus partes, miembros, funciones, qué manantial es de palabras que hacen referencia a los asuntos más variados. He ahí un buen tema de meditación que podría acabar convirtiéndose en una especie de Léxico del cuerpo y que ahora sólo voy a dejar esbozado mediante expresiones todas las cuales coinciden en tener su origen en partes o aspectos del cuerpo humano. Iré de arriba abajo en la anatomía y dejaré al cuidado del lector determinar la significación de las expresiones que voy a enhebrar en el siguiente párrafo:

Estoy hasta la coronilla, pelillos a la mar, desmelenado, ponte al frente del ejército, está enfrente de mí, frunció el ceño, se quemó las pestañas, echó una ojeada, le tiró de las orejas, narizotas, me da en la nariz que…, bocazas, de labios afuera, lenguaraz, deslenguado, careto, careta, qué cara tiene, a pescozones, descollaba mucho, despechado, se lo tomó a pecho, a pecho descubierto, a lo hecho pecho, tiene mucho músculo, fue braceando, tienes que apretar los codos, lo maneja bien, tiene mucha mano en ese asunto, qué maniobra la suya, fue nombrado a dedo por el dedazo del jefe y se lo comunicó en un documento digital, tiene mucha cintura, se puso en jarras, luego reculó, se quedó con el culo al aire, se puso de rodillas en acto de genuflexión, hizo hincapié, se puso sobre los talones y con la planta del pie sacó la planta del edificio, dicho esto, recibió el espaldarazo y dándole la espalda salió despellejado de la habitación.

En la época en que residí en China (1984 y 1989-1990) disfruté no poco estudiando la lengua y sobre todo la escritura china. Por ser una escritura ideográfica, de origen pictográfico, cada concepto podemos relacionarlo fácilmente con un cuadro que viene a hacer el papel de etimología gráfica. Sólo pondré unos pocos ejemplos: el ideograma para «té» sugiere la chocita o casa de té construida con cuatro palos y provista de un ancho tejado sobre el que crece una espesura de hierba o bálago. La «pregunta» o «cuestión» se representa con el arco de una puerta dentro del cual se ve la imagen estilizada de una boca. El «hogar» es un tejado que cobija a un cerdo, animal doméstico, útil y totémico por antonomasia. La «repetición» o «rotación» se representa mediante dos círculos o más bien cuadrados (desde que se empezó a usar el pincel) concéntricos. Los ejemplos se podrían multiplicar indefinidamente (1).  Pues si algo tiene la ciencia etimológica es que sus dimensiones son tan vastas como la imaginación humana, como la historia misma del pensamiento.

 

Notas:

(1):   Ver el libro Chinese characters. Their origins, etymology, history, classification and signification, del Dr. L. Wieger, S. J. (1915, 1927). 

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