El paseo de los canadienses. La necesidad de la memoria.

El origen del paseo de los Canadienses. El origen de este cómic es el azar. Me enteré de esta historia por pura casualidad. En el verano de 2012, caminando por un precioso paseo marítimo a la altura del Rincón de la Victoria (Málaga), me topé con una placa conmemorativa en honor a un tal Norman Bethune, que hacía alusión a un episodio ocurrido en 1937. Curiosamente yo tenía referencias de quién era Bethune porque en mi juventud había leído un breve artículo que le dedicó Mao Zedong, a su muerte en China en 1939. Merced a ese artículo Bethune está considerado hoy en China como un héroe del pueblo. Aunque eso lo sabía, lo que no sabía es que Bethune hubiera estado en España y menos aún en Málaga.

 

Me picó la curiosidad y buscando por Internet encontré un escrito del propio Bethune fechado en 1937, titulado El crimen de la Carretera Málaga a Almería. Me quedé anonadado. Bethune narraba allí el éxodo de la población malagueña tras la caída de Málaga el 8 de febrero del 37 y describía lo que sin duda puede considerarse como el episodio más dramático, en términos de vidas humanas, de toda la Guerra Civil, muy superior al bombardeo de Guernica.

Durante una semana unos 150.000 malagueños, ancianos, mujeres y niños, en su mayoría, serían masacrados por tierra, mar y aire, causando innumerables bajas. Era la primera vez en la historia europea que se utilizaba el terror indiscriminado contra la población civil como un arma de guerra, algo que sería habitual poco después.

Se ha mencionado muchas veces que la Guerra civil fue el preludio o ensayo de la Segunda Guerra Mundial. Este episodio es un buen ejemplo de ese análisis. Pero mi primera reacción fue de escepticismo. Me surgieron dos preguntas: ¿Pero esto es verdad? Y si es verdad, ¿cómo es que apenas se conoce? 

Así que me puse a investigar. Me interesaron particularmente los documentos de época, aquellos que se escribieron en el mismo año de 1937 o en años inmediatamente posteriores. También otros que, aunque de manera más reciente, fueron escritos por personas que presenciaron los hechos. Destacaría, además de al propio Bethune, a Peter Chalmer Mitchell, con su obra Mi casa de Málaga –fundamental para entender la vida cotidiana en Málaga durante los primeros siete meses de guerra– y a Arthur Koestler, quien en sus diálogos con la muerte nos da un dibujo bastante exacto de lo que fue el papel de las autoridades republicanas. Pero hay más: Elizaveta Parsina (La guerrillera) Edward Norton (Muerte en Málaga), y T. C.Worsley (Ecos de la Batalla). Luego están los relatos de los propios supervivientes, niños por entonces, alguno de un valor y precisión inestimables. Entre ellos, destacaría tres: Ángeles Vázquez León (Un boomerang en Jimena de la Frontera), Miguel Escalona Quesada (Desde mi recuerdo) y Carmen Jiménez Madrigal (Historia de una niña perdida”).

Todo ello me permitió tener una visión de conjunto y de la envergadura del drama y me confirmó que aquella masacre indudablemente existió. Fue entonces cuando me planteé la posibilidad de contribuir a difundir un hecho que inexplicablemente había permanecido soterrado hasta el año 2004 (volveré sobre esta fecha) y que continuaba sin ser conocido por el gran público. Podía haber escrito un artículo, o una investigación histórica al uso, pero me rondaba otra idea: hacer un cómic.

Mi experiencia como dibujante de cómic es nula, cero, no existe. Si alguien me busca por internet, no encontrará nada anterior a Paseo de los canadienses. Sin embargo, mi relación como consumidor de cómic es ilimitada; comienza en la primera infancia y se mantiene hasta la actualidad. Mi infancia son El Capitán Trueno y El Jabato, Tintín, Asterix y Mortadelo y Filemón; mi adolescencia, El príncipe Valiente de Hal Foster, Flash Gordon y Rip Kirby de Alex Raymond, El teniente Blueberry de Jean Giraud o Corto Maltés de Hugo Pratt y todo Moebius; luego vendrán un cómic más adulto, el underground americano, Joe Sacco y Jacques Tardí y, entre los españoles, Paco Roca, Carlos Jiménez y Miguel Anxo Prado. Esos son, entre otros, mis referentes. En España, además, la novela gráfica se ha convertido en un auténtico instrumento de recuperación de la memoria histórica. Prueba de ello es la obra Paracuellos de Carlos Jiménez o El arte de Volar de Altarriba y Kim o Los surcos del azar de Paco Roca.

Pero claro, consumir cómics no es lo mismo que hacerlos. Nunca he estudiado en una academia de bellas artes, aunque siempre he sido aficionado al dibujo, una pasión más bien autodidacta, de hecho tengo en mi casa una buena carpeta de dibujos acumulados en el tiempo, dibujos sin pretensiones, bocetos en su mayoría, hechos para mi propia satisfacción. Entre ellos también hay alguna tira de cómic, fallida, por supuesto. Pero quise probar, experimentar, ver qué pasaba, un poco sin mucha convicción, la verdad. El cómic, como toda forma artística, es un arte complejo, cuyo aprendizaje y depuración suponen años de experiencia.

Esta opinión la comparten muchos autores, basta comprobar los comienzos de mi admirado Gir/Moebius para comprobarlo: el estilo aparece, tras no pocos trabajos previos. Por tanto, me metí en esta aventura, por pura inconsciencia, pensando que, en el fondo, de aquí apenas sacaría nada, aunque tampoco tendría nada que perder. Contaba con la ventaja de la informática, contaba con Photoshop y mi tarjeta gráfica. Mi experimento iba a ser digital, eso me permitiría realizar toda clase de probaturas sin apenas coste, combinando capas y más capas, con múltiples formas de entintado, color y rotulación, algo que hubiera sido por completo imposible de realizar sobre papel. Y así empecé, probando, probando, hasta que fui adquiriendo la destreza y seguridad necesarias para completar la obra y en esta labor he empleado casi dos años.

En Paseo de los Canadienses he intentado dar visibilidad a los testimonios de los participantes en aquella huída, que fueron quienes en realidad sufrieron todo aquello. Se trata de un drama colectivo y como tal he querido tratarlo. No quería crear una historia ambientada en la Guerra Civil, quería crear una historia de la Guerra Civil, narrar unos hechos que sucedieron realmente. En este sentido, más que una novela gráfica es una historia gráfica. Prácticamente yo no invento nada, todo lo que cuento proviene del testimonio de los testigos. Obviamente el personaje de la niña y su familia que sirven de hilo conductor de esta historia son inventados, pero no lo que cuentan. Los elementos que pudieran ser inventados son licencias obligadas para la dramatización del acontecimiento histórico. Por supuesto, a un lado están los hechos y a otro la interpretación de esos hechos, pero también aquí he procurado respetar las interpretaciones de los testigos, hasta donde he podido. 

2. Los hechos y el olvido. El éxodo de la Carretera de Málaga a Almería en 1937 se conoce popularmente como “La desbandá”. No es casual. En Málaga no hubo propiamente una evacuación, puesto que ninguna autoridad republicana se encargó de organizarla. Las cifras de participantes de toda la provincia de Málaga oscilan entre los 100.000 y los 150.000. Los motivos que impulsaron dicha huida son varios:

Los testimonios de los refugiados que llegaron a Málaga procedentes de toda Andalucía y que venían contando las barbaridades que cometía el ejército franquista al ocupar pueblos y ciudades y particularmente, los moros. El miedo al moro que “viola niñas y le corta los pechos a las mujeres” está en boca de todos los testimonios como la motivación principal de la huida.

Las amenazas radiofónicas de Queipo de Llano y el temor a las represalias. Málaga era “Málaga la roja”.

La marcha de la población se realizaría a pie y duraría aproximadamente entre siete y ocho días. La mayoría de la gente que huye por la carretera de la costa, la única salida posible, son mujeres, niños y ancianos. El ejército popular avanza desde el interior por un camino paralelo. En su huída cada cual salió con lo puesto y sin una idea clara de lo que le esperaba. En el camino, no recibieron ayuda alguna. Los pueblos por los que pasaban quedaban vacíos, contagiados por el miedo de los que huían, fue un auténtico fenómeno de histeria colectiva. En su huida, serían masacrados por tierra, mar y aire.

Los ataques comenzaron muy pronto, el 8 de febrero, al mediodía. Los testimonios de los testigos, niños entonces, hablan de que los barcos se acercaban tanto a la línea de costa que podían distinguir perfectamente a los marineros en las cubiertas; hay que suponer que desde los barcos también distinguían perfectamente a quienes iban por la carretera, que era toda población civil.

Día y noche los barcos acompañaron a los fugitivos en su huida disparando sobre cualquier vehículo, camión, carro o caballería que vieran en la carretera; disparaban sobre las laderas de la montaña para provocar desprendimientos de piedras que caían sobre la población. El ataque de los barcos iba acompañado del ataque de los aviones, italianos y alemanes en su mayoría y es que aquí no hubo dos ejércitos enfrentados, esto no fue una “guerra entre hermanos” sino una masacre planificada por un ejército regular perfectamente armado contra una población civil indefensa, que dejaría toda una secuela de terror en la memoria colectiva de muchos malagueños.

No es extraño el silencio de las víctimas durante tantos años. No sabemos cuánta gente murió en realidad, los cálculos de los investigadores oscilan entre 5.000  y 15.000 muertos, pero es imposible saberlo con exactitud. 

Junto a los que huían están los refugiados que tuvieron que volver al ver cortada su retirada. Sobre ellos caería todo el peso de la represión. El simple hecho de haber participado en la huida fue motivo de cargo: ¿Por qué huían, si no habían hecho nada? En este caso, sí que tenemos datos precisos de los muertos: 19.000, entre 1937 y 1945, 4.000de ellos en 1937. Lo que demuestra que la huida de Málaga estuvo más que justificada. La represión sufrida por la población malagueña se vuelve aún más incomprensible e injusta cuando comprobamos que los represaliados eran gentes de escasa relevancia política y sindical, a los que se había animado a volver bajo la promesa de que sin delitos de sangre nada les pasaría. En el cementerio malagueño de San Rafael, donde fueron a parar, se encuentra la mayor fosa común de toda Europa occidental.

Un hecho así pone en evidencia la barbarie fascista y la naturaleza criminal que tuvo el franquismo, al que a menudo se dulcifica y banaliza. El franquismo siempre ha negado  estos hechos y es evidente que durante la postguerra fue imposible siquiera mencionarlo. Por otra parte, la caída de Málaga puso en evidencia la desunión en el bando republicano entre anarquistas, comunistas y socialistas. El comportamiento de las autoridades, que dejaron a la población abandonada a su suerte, es un hecho lamentable y difícilmente justificable. Si bien hay que decir que, a falta de precedentes,  las autoridades de la República quizás no previeron que la población civil fuera a ser masacrada como lo fue. 

Lo que ocurrió en la carretera le sucedió a gente corriente y anónima, aquella que normalmente no aparece en los libros de historia. No encontramos aquí ninguna figura señera tipo Federico García Lorca que dé visibilidad a los hechos, y Pablo Picasso denominó a su obra Guernica y no Málaga. Si a todo ello sumamos el pacto de silencio que surge de la Transición, vemos cómo todo ha contribuido a su olvido institucional y político.

3. Norman Bethune y el nombre “Paseo de los canadienses”

Como expliqué antes, conocí este episodio de nuestra historia por Norman Bethune. No fue casualidad. La importancia de Bethune es primordial: es el testigo que cuenta los hechos que ha visto, con la peculiaridad de que es casi el único que los cuenta. Sin él, este episodio habría quedado perdido en la nebulosa del olvido, donde ha estado sepultado durante más de 60 años. Más allá de las vidas que salvó (hizo un total de 4 viajes, con un camión-ambulancia donde, siendo muy optimista, podría haber evacuado a entre 150 y 200 personas), a Bethune le debemos que acompañara su denuncia con un conjunto de fotografías tomadas in situ.

La fotografía tiene un valor de objetividad e impacto, que quizás no tenga la palabra escrita, a la que se puede acusar de tendenciosa y parcial. Norman Bethune ha sido el hilo del que tirar para reconstruir aquellos hechos y  esa es una deuda que sólo muy recientemente ha empezado a saldarse. Hasta 2004, con la exposición La huella solidaria, comisariada por Jesús Majada, Norman Bethune era un perfecto desconocido para los malagueños. Con el nombre Paseo de los canadienses dado al cómic, he querido rendir mi pequeño homenaje a su figura.

 

4. La necesidad de la Memoria

En España circula una frase, convertida casi en un lugar común: “¿qué? ¿Otra de la Guerra Civil?”

Se quiere dar a entender así que hay saturación de obras culturales entorno a este episodio y que el tema está ya manido por sabido. Incluso hay quien habla despectivamente de una “industria de la memoria”, aunque la verdad es más bien la contraria, nuestra historia se ha construido sobre el olvido. Es increíble que en España necesitemos aún subrayar obviedades. 

Somos todo cuanto hemos sido y, en este sentido, el pasado no caduca nunca, es el sustrato sobre el que se instala el presente. Nuestro pasado nos acompaña y nos condiciona siempre, para bien y para mal. La transición democrática no supuso ninguna catarsis y la ley de amnistía, que supuestamente reconciliaba a todos los españoles, trajo consigo una amnesia generalizada sobre todo nuestro pasado inmediato.

Así que en España, nadie ha perdido perdón y nadie se siente culpable o responsable de nada. ¿Alguien se imagina a Adolf Hittler o a Joseph Goebbels enterrados con todos los honores en la catedral de Colonia? Pues en España, algo parecido no es raro, empezando por Franco, así que no es de extrañar que Queipo de Llano, uno de los responsables directos de la matanza y el genocidio andaluz, repose beatíficamente en la Basílica de Sevilla.

En un caso como el que nos ocupa, que implica crímenes de Estado que ni siquiera una situación de guerra puede justificar, reconocer la injusticia cometida y hacerlo social e institucionalmente, es el primer paso para poder superar los traumas derivados de la Guerra Civil. Después de tantos años, se trata en esencia de una reparación moral a las víctimas y sus familiares. Las situaciones de injusticia no caducan, da igual que sucedan ahora o hayan sucedido hace doscientos años, el reconocimiento de la injusticia, es decir su no justificación, es lo que permite dibujar la imagen de la dignidad del hombre, a partir de la cual no se puede hacer tolerable lo que no lo es.

Recuperar la memoria de los hechos pasados, por muy traumáticos que sean, no solo no reabre viejas heridas sino que es lo único que nos permite cerrarlas. En España, la ley de la Memoria Histórica, aún con sus limitaciones, debería haber contribuido a esa reparación moral, pero es una ley sin consenso, una ley de facto derogada.

Somos el país del mundo, después de Camboya, con más muertos perdidos en las cunetas. En este sentido, la amnesia española es una anomalía en Occidente y eso hace que viejos traumas y viejas heridas sigan latiendo, transmitiéndose de generación en generación.

Frente al silencio impuesto que sirve de coartada a la impunidad de los canallas, la memoria es el único arma que tiene la víctima frente a la injusticia. Ese es su valor y esa su fuerza.

 

 

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