En boca cerrada no entran moscas

Algunos colaboradores de Istmos tuvimos ocasión de acudir, hace un año escaso, a un foro universitario al cual nos une un estrecho vínculo emocional. Allí, recordando viejos tiempos, presenciamos algunas reflexiones en voz alta del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. Esa tarde José Luis jugaba en su campo, sin duda, rodeado de algúnos íntimos colaboradores y ante un público dispuesto a no despellejarle. Pocas ventanas a las que poder asomarse le quedan a alguien tan denostado como él. De momento, al menos.

El encuentro, algo vacío de contenido por lo demás, retrataba a un personaje que se había dado de bruces con el poder como quien se choca con el vecino cargado con la compra al salir del ascensor. Nos hablaba con aparente honestidad de sus sensaciones al instalarse en La Moncloa, del vértigo, de la asunción de que la realidad no transita por rieles inamovibles, sino que el poder se ejerce en la dirección que uno elige. Esta perogrullada no deja de tener cierto calado cuando todos estamos dispuestos a creer en líneas maestras y poderes fácticos que impiden o provocan que tal o cual cosa ocurra. “Los mercados no lo van a permitir”. Mais habelas, hainas, dicho sea de paso. Que se lo cuenten a Zapatero cuando aquel 12 de mayo de 2010 le bastaron dos minutos para anunciar las medidas con las que traicionaba a sus electores y que fueron la tumba del socialismo español que, aun hoy, descansa en paz. Fue interesante ver al hombre detrás del cargo.

Algunos años antes de esa tarde con José Luis, en el apogeo del zapaterismo y en ese mismo foro universitario, un grupito de personas -este sí muy reducido- compartimos mesa y mantel con el director de Gabinete de la Presidencia del Gobierno, José Enrique Serrano, que ya lo había sido en los noventa con Felipe González. El PSOE era entonces una maquinaria bien engrasada que tenía enfrente a un Mariano Rajoy perdedor y acechado por los lobos, solo salvado de sus fauces por sus paladines valencianos. Hoy entendemos mejor por qué. Serrano, fontanero profesional, hablaba con una naturalidad pasmosa de políticos, empresarios y académicos, escogiendo adjetivos y explicándose en unos términos absolutamente comprensibles y equiparables a los que usábamos los estudiantes de veintipocos años. Fue estremecedor ver cómo aquel político en la sombra, el visir del sultán del momento, reía maliciosamente explicando que “Fulano ve un barranco y se tira de cabeza”. Fulano era un ministro del Gobierno.

Más allá de estas anécdotas traumáticas de juventud, se entiende que la comunicación política y el papel de la información en las sociedades democráticas casi exige por parte de sus actores un gap, una brecha entre lo que se piensa y lo que se cuenta. Y otra mayor entre lo que se piensa y cómo se cuenta lo que se cuenta. Para eso existe un ejército de asesores que intenta convertir al líder en una Stacy Malibu con cordel a la espalda que repita consignas pregrabadas, que le pone ruedines en la bici y pasamanos a la escalera para que el político no se esvare cada vez que va a dar un paso él solito. De ahí que las caras de estos expertos sean un poema indescifrable cuando presencian a sus jefes-bebés dar torpes pasos en la cornisa de un rascacielos; sonrisa forzada pero mirada propia de Norman Bates. Pons, Moragas, Martínez Castro… incluso a Errejón se le despeina a veces la ceja cuando los periodistas asaltan a sus señorías en los pasillos.

Afortunadamente para la opinión pública existen herramientas suicidas, como Twitter, donde tantos lemmings se han inmolado ya, uno tras otro. Las escuchas policiales incluidas en algunos sumarios también han dado muchas tardes de gloria a este país, con conversaciones casi eróticas sobre dinero, sobres y demás. Por supuesto, los smartphones permiten deslices que harían dimitir a cualquier presidente del primer mundo; lástima que aquí el “Luis, sé fuerte” nos quepa entre pecho y espalda, que para eso somos carpetanos y vetones antes que europeos. Pero el chivato más preciso no son el sumario judicial ni la portada del diario: es el micrófono abierto, porque permite ver cómo estos seres piensan en voz alta y se relacionan entre sí en libertad. Y eso es lo que interesa más a la zoología política.

Un político frente a un micrófono que cree apagado es una brecha en el tejido del continuo espacio-tiempo de la comunicación política. Es un flash que ilumina por un instante al ser humano real que habita dentro del traje azul marino. Así, encontramos mágicas coincidencias entre José María Aznar, confesando ante el Parlamento Europeo, “vaya coñazo que he soltao” y Arnaldo Otegi, más campechano, exclamando “ostras, vaya chapa que he metido”. Vimos cómo el patriota Rajoy se lamentaba porque “este domingo tengo el coñazo del desfile” y cómo el socialista -y muy internacionalista- José Bono opinaba que “nuestro colega Blair es un gilipollas integral, es un imbécil”. El integrador Jordi Sevilla opinaba que “es pronto para un charnego” presidiendo Catalunya, refiriéndose a su compañero de filas, el cordobés José Montilla. La presidenta del Parlamento de Navarra, Ainhoa Aznárez, alardeó recientemente de su papel moderador al confesar que “lo voy a hacer todo en euskera y se va a joder bien”. El ministro de Economía, Luis de Guindos, se partía de risa ante la sugerencia del presidente del Eurogrupo, Dijsselbloem, de intentar en España una coalición de izquierda y derecha para formar gobierno, coincidiendo con lo que públicamente pide el PP. Mención aparte merece Esperanza Aguirre, que se alegraba ante su entonces vicepresidente Ignacio González (otro que tal baila) de “poder darle un puesto a IU, quitándoselo al hijoputa” [de Gallardón, of course]. En otra ocasión, aseguraba con ese pestañeo tan risueño que “a los arquitectos habría que matarlos”.

Hay quien dirá que solo son humanos, que todos nos expresamos así. Cierto. Que son formas de hablar. Ahá. Que son frases fuera de contexto. Correcto. ¿Qué nos pillarían diciendo a nosotros? ¿Cuántas conversaciones de bar hacen falta para hundir nuestras carreras? No muchas, si fuéramos políticos. Pero no lo somos, ¡hurra! Si ellos quieren disfrutar la libertad de expresión de la que gozamos nosotros, que abracen su verdadero ser y se desenvuelvan con más naturalidad, al estilo de Miguel Ángel Revilla. Que caminen en la estrecha comunión de la honestidad y la corrección política, donde la supervivencia de la especie se hace más difícil. O que den el gran salto al modo de Juan Carlos I y su épico y bochornoso “¡¿por qué no te callas?!”. Si no están dispuestos a ello, que cierren la boca. Que la cierren cuando sepan que les oímos, que mediten lo que van a decir. O que se aseguren de que el micrófono está apagado, una de dos. Que en boca cerrada no entran moscas, pero entran p***** como roscas.

Etiquetas : Politica, personajes
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