Pablo Und Destruktion: "En el campo hay más afinidad por la derecha porque en la izquierda les toman por gilipollas”

Parece provocador y en cierto sentido lo es, pero al margen de su imagen dandi y su pose desafiante ante las cámaras y sobre los escenarios, Pablo Und Destruktion es un tipo de conversación entretenida, que se ríe a carcajadas y que posee toda una maquinaria para relacionar ideas e hilar fino. No es una pose, reflexiona mucho sobre sus actos y sus palabras. Las letras de sus canciones, en una maraña de rareza y originalidad, entran como un torbellino por los oídos y agitan las construcciones tanto intelectuales como emocionales. Pero detrás de todo está él: un músico asturiano de cuna y de residencia que salió escarmentado de su paso por “la mini industria musical” y se demostró que es posible otro camino más libre, siempre de la mano de otros.

No tiene muchos billetes en la cartera -por no decir ninguno- para los que se acercan a pedir unos euros para comer o  vender alguna publicación comunista mientras nos tomamos un café en una terraza de Lavapiés, en Madrid. Pero tiene el dinero justo para vivir en Asturias, gracias a los conciertos que da en los centros autogestionados, en pueblos y provincias. Hace tiempo que estos espacios le garantizan llegar a final de mes, cosa que no le pasa tanto cuando trabaja bajo el auspicio de los promotores en las grandes ciudades.
 

Le preocupa, dice y se ríe, irse por las ramas, por esa manía suya de acabar relacionando “que uno plante una cebolla en su casa y que toque la guitarra, con la Unión Soviética”. La conversación es un viaje por muchos lugares y él, mientras tanto, no se casa con nadie. Como el Bob Dylan que retrató Martin Scorsese, Pablo rechaza ser el profeta de otros y, aunque se muestra simpatizante de Podemos, le molestó que su cara apareciera como imagen de la campaña del partido en Asturias sin su consentimiento. El episodio recuerda a su demanda contra La Sexta (Atresmedia) por utilizar su canción A veces la vida es hermosa para promocionar una serie sin preguntarle; cosa que le hizo enrolarse en una disputa con la SGAE por los derechos de los autores.

Entre calada y calada de su cigarrillo de liar, Pablo habla con emoción del mundo rural que forma parte de su universo artístico y que le ha dado de mamar desde niño. Está convencido de que los “aldeanos” son las personas más inteligentes que ha conocido y habla de lo denostado, ridiculizado y olvidado del campo. Una estigmatización de la que también culpa a la izquierda: “En la propia dialéctica que tiene la izquierda se sienten excluidos porque les toman por gilipollas”.

Habla de ganadores y perdedores en la construcción social y plantea que debemos aceptar que un bando ha triunfado para empezar a construir otras alternativas al margen del Estado. La idea de fracaso, por otra parte, no le agua la fiesta, porque al menos la comida que consume es de la cooperativa de unos amigos, la ropa que compra es de un grupo de consumo y su producción musical es autogestionada. “Con eso estoy tranquilo”, afirma.

Reivindicas la política como parte de tu creación artística o tu obra, pero parece que te molesta la etiqueta de artista político o no te sientes del todo cómodo con ella.

Sí. Es que se confunde a veces artista político con artista militante y parece que uno tiene que hacer labor de militancia a través de la obra artística en exclusiva y porque muchas veces se tiende a simplificar el discurso artístico cuando se limita al discurso político. Yo trato de mezclar lo emocional con lo político muchísimo y sobre todo que, para mí, la propia labor creativa es una vía de conocimiento, tanto del mundo exterior como del mundo interior. Entonces, tampoco me quiero limitar a simplemente conocer lo que tiene que ver con la política. Lo político casi lo enfoco desde el planteamiento holístico: todo tiene parte de incidencia en la política. También con todo el boom de la música política de la mano de la creación de Podemos, de repente, yo estaba dentro sin haber dicho que estaba dentro. Llegaron a poner un cartel en DIN A3 en el último mitin en las elecciones, en las primeras de esta vuelta. Y, joder, era mi cara. Y era Podemos Cultura en Oviedo. Me preguntaron: “¿Quieres venir a tocar?”. “Mira, a tocar no, porque es demasiado, voy a la charla y participo como simpatizante, pero no soy militante de Podemos ni nada...”. Me dijeron: “Vale, vale, hacemos así” y, al final, estaba mi cara ahí. Entonces, no rehuyo de la política dentro de lo artístico, pero sí que rehuyo de convertirlo en bandera y caer en la idolatría de la política.

¿Y cuál es tu opinión respecto a los músicos españoles? ¿Crees que toman partido o que están en sintonía con la situación que hay de precariedad laboral, con la corrupción, con la emigración de los jóvenes y toda la problemática actual?

Sí, algo sí que se toma partido. Tampoco yo creo que se tenga que hacer simplemente cantando... Hay grandísimas contradicciones. Yo pasé brevemente por la mini industria musical, pero volví a salir, y ahora gran parte de la vida política que hago es cómo me organizo: la labor sindical, tener el control de las campañas de publicidad, tener el control de lo que hago y eso, a veces, es mucho más importante que estar proclamando a los cuatro vientos la revolución social y, luego, firmar con Universal, como pasa mucho. Ahí yo creo que es muy sano que haya chavales que cantan de los que les pasa en su habitación o del espacio exterior, como también ser escapista. Las primeras publicaciones del Do it yourself son las publicaciones de los fans de la ciencia ficción en los años 30 y, luego, se revitalizó otra vez en los años 70. Entonces, a veces no sabes donde va a haber una acción política, sobre todo en lo artístico. El propio arte abstracto, no directamente relacionado con lo político, también tuvo importancia. Entonces, yo creo que ahí no hay que caer en el panfleto famoso, no hay que caer en simplificar el lenguaje y si alguien se plantea hacer música política tiene que asumir la responsabilidad porque es muy complicado, es una disciplina artística que tiene que sentarse en la comunión, en concertar... Aunque ahora la música se consuma por otros canales, es un arte eminentemente escénico. Tiene que conseguir que durante el tiempo que dura el concierto ahí se cree cierta comunión. Realmente, con todos los problemas que hubo de la religión, nunca se habla de la superación del trauma de haber dejado de ser unas sociedad religiosa. Una sociedad religiosa que estaba estructurada culturalmente con las misas, con la educación, con las fiestas patronales, con los matrimonios, con los bautizos, con los funerales... Todo estaba regido por un patrón cultural que no tenía muchísimo que ver con lo que se decía en las Sagradas Escrituras. Era un patrón cultural para organizar nuestra existencia. Eso ya no existe y creo que el arte tiene que suplirlo con la libertad que implica lo artístico: no hay dogmas de fe en el arte.
 

¿Y cómo crees que hay que superar este trauma? ¿Se trata de cerrar el capítulo o hay otra vía?

Bueno, se trata de asumirlo. Y siempre que se cierra esto, que son guerras culturales, gana un bando y después viene la paz. La paz nunca llega si no hay un bando que gane. Tenemos que decidir quién gana. ¿Gana el laicismo? ¿Gana la socialdemocracia? ¿Gana el liberalismo? Gane quien gane sólo llega la paz cuando se asume que alguien ha ganado. Una vez que eso se acepta, se empieza a construir algo. Y no podemos vivir en una sociedad que no tiene rituales tanáticos. No se procesa la muerte, no se procesa el amor tampoco. Entonces, es una sociedad que hace aguas por ese lado y yo creo que por ahí viene el auge del islamismo por un lado y del fascismo por otro: el rollo Frente Nacional... Vuelven a elementos pasados que sí que daban salidas a eso, que es fundamental.
 

¿La salida es artística, filosófica o...?

La salida es cultural. Es crear unos ritos que te identifiquen a ti mismo como parte de una sociedad y verte reflejado en otros iguales. Crear una identidad colectiva ahí. Yo creo que por medio del arte se puede hacer y puede ser muy interesante. Yo voy, por lo menos, a un concierto a la semana, y me pasa algo muy similar a cuando iba a misa. A mí me flipaba. Yo iba de pequeño y salía pletórico. Me iba con mis padres ahí a La Carbayera, a comer un pincho de tortilla y estaba encantado. Independientemente de lo que se dijera, que no me importaba. Era por el rollo que había: se cantaba, nos dábamos la paz y luego yo hablaba con el vecino del cuarto... Y eso lo tenemos muy poco en cuenta porque la izquierda tiene muy condenado todo lo que tiene que ver con religión y me parece muy bien, pero la religión no sólo se tiene que ver desde lo racional y lo político. Hay toda una parte irracional que, como sistema cultural, ha sido funcional, mejor o peor. Está bien criticarlo, está bien proponer mejoras, pero lo que no se puede hacer es obviar. Entonces, yo creo que ahí hay mucha labor política también y que trasciende lo político dentro de lo cultural.

Y hablando de obviar asuntos importantes, ¿echas de menos en nuestra sociedad un ataque más frontal contra lo que nos molesta? Dices que parte de tu estilo es la mala hostia. ¿Crees que nos cabreamos lo suficiente? ¿O necesitamos enfadarnos más?

Hay un refrán musulmán que dice: El que no pueda resolver una injusticia que la arregle con su mano, si no puede que la arregle con su voz, si no puede que la arregle con su corazón, y esa es la menor de las entregas. Y yo creo que va un poco por ahí la decantación de esa mala hostia. La mala hostia está para equilibrar, muchas veces, una injusticia. Cuando se habla de la ética de los cuidados... Siempre que creas un grupo de apoyo mutuo hay cuidados hacia dentro y ataques hacia fuera, preventivos o como reacciones, porque estás creando algo frágil. Tradicionalmente, siempre se ha tenido eso en cuenta. Yo creo que ahora falla la educación sobre la propia violencia. Hay muy poca. Deberían darnos en la escuela educación sobre la violencia. Violencia 1: ¿Quiénes son los verdaderos enemigos? Violencia 2: ¿Cómo administrar la ira? Y yo creo que eso es muy sano. Se puede hacer por medio de la voz, que sería todo lo artístico, pero no hay que perder la vista de que también está la mano y que hay veces que no te queda otra que pelear. Es un deber moral también. Ahora parece que cualquier acción violenta física es mala. Cuando te están atacando es legítima defensa, no lo es. Y yo creo que todo el movimiento obrero se ha desarticulado, porque se ha desarticulado, condenando toda esa violencia. Porque esa violencia está implícita en los piquetes, en las huelgas mineras, en las huelgas del naval y demás. Cuando todo eso se concibe como terrorismo, como que es malísimo, hay que verlo.

¿Crees que el movimiento sindical o el movimiento obrero debería ser más violento?

En determinadas circunstancias, por lo menos, no deben obviarlo. Un acto de presión, aunque sea con una violencia verbal o con una amenaza, es un catalizador y se llega antes a esa paz. Lo que pasa es que ahora estamos en una paz social porque ha ganado de forma aplastante un bando. Yo creo que hay que tener en cuenta que ese bando ha ganado con la violencia, porque han ganado con la Segunda Guerra Mundial, han ganado porque la Unión Soviética se desintegró por medio de espionaje o también de un fallo propio ideológico. Hay que valorarlo, hay que ver si han ganado de una forma justa y aceptarlo. Y si no estamos de acuerdo, asumirlo. Ver cómo queremos nosotros suplantar ese sistema. No lo vamos a hacer jamás por medio de las votaciones y ningún país liberal ha cambiado porque de repente llegara un partido socialista o socialdemócrata al poder. Por eso, hay países con historiales de gobiernos totalmente distintos que acaban aplicando las mismas políticas. Porque la política que se aplica está por encima de eso y porque también es verdad que gente que ha ganado guerras no va a permitir cambiar las reglas del juego porque, momentáneamente, a un pueblo se le ocurra probar con el socialismo. Los gobiernos se deciden, ante todo, por la violencia. Pero cuando directamente no se consigue o sólamente nos atrevemos a utilizar la violencia verbal y no la del corazón o la de la mano, yo creo que hay un desequilibrio. Y ahora yo creo que de esas tres respuestas ante la injusticia está totalmente disparada la verbal, pero hay muy poca reparación de la injusticia con el corazón, por tener realmente la empatía profunda con lo que ocurre, y también con la de la mano. El origen de casi todo mal es por ignorancia, por impaciencia y por pereza, y ahora tenemos una mezcla de todo eso. Probablemente la mezcla de todo te trae la cobardía. Somos una sociedad muy cobarde donde las actitudes valientes están hasta mal vistas. “Eres un intenso, eres un machirulo, eres...”. Eso no es propio ni de hombres ni de nadie, la valentía es algo que está dentro del alma humana, independientemente de la anatomía que tenga, pero sí que nos calentamos mucho con la boca y poco con otras acciones. Y yo creo que ese es el peligro que tenemos los artistas: estamos trabajando y creando símbolos todo el rato y luego hay que hacer ese cargo de los símbolos que uno emite con su propio modo de vida y con otro tipo de acciones.

Esa cobardía o pereza de la que hablas parece que se dejó de lado cuando la gente salió a las calles en el 15M. ¿Piensas que ha cambiado el panorama musical o artístico desde ese momento? ¿Ha habido un cambio en la manera de pensar o de actuar de los artistas?

Sí. Hubo un pequeño cambio y creo que no está recogido en absoluto por los grandes medios de comunicación. Se han reforzado los espacios autogestionados que para mí son oro total porque realmente te posibilita crear en otras condiciones, crear otro sistema cultural también paralelo, y últimamente está posibilitando también que sea viable económicamente. Hasta ahí, porque yo no veo un gran cambio en las propias producciones culturales. También dentro de España, porque creo que pecamos un poco de estrechez de miras. Con el 15M estábamos en el contexto del movimiento antiglobalización. Era el primer movimiento social después de la caída de la Unión Soviética y el 15M nacionalizó ese movimiento y, de repente, parecía que todos los problemas eran España. De hecho, así se recogió en la prensa internacional. Parecía que los españoles se levantaban contra los problemas de España cuando la inmensa mayoría de sus problemas son internacionales y lo siguen siendo. Entonces, desde un punto de vista más internacional, a mí me sorprende y me agrada muchísimo que yo en Oviedo, en un espacio como la Lata de Zinc, pueda ver a Tinariwen de Níger o a Kikagaku Moyo de Japón. Ahora mismo nosotros acabamos de estar en Filipinas. Hay una internacionalización positiva a la respuesta de la globalización también, y en este tipo de espacios se crean vínculos irracionales, emocionales, que son fundamentales para luego conseguir hacer una política común. Yo, después de un concierto de Tinariwen, puedo estar hablando con ellos hasta las cinco de la mañana de Dios y del islam, y yo les hablo del anarquismo, les hablo de política, de la Guerra Civil. Y crea un canal de comunicación que vale que es personal y no puedo hacer de mi experiencia la norma, pero si no hubiera tenido esta premisa que es el espacio, no se crearían esos puntos de entendimiento. Creo que el gran reto después de la atomización absoluta de todos los discursos es conseguir hacer un discurso global, común, integrador y social. Entonces, en ese sentido se ha avanzado, pero queda muchísimo que hacer.

¿Cuál es tu experiencia con la autogestión? ¿Crees que es la solución a todos los males de la industria musical?

Yo he cambiado de sello en cada disco. Fui probando un poco. Primero lo autoedité con Pauken, luego fue Discos Humeantes y luego hicimos lo de la Secta. Tanto con Pauken como con la Secta, que fueron autoediciones, es un poco economía de guerra: cuando surge el conflicto se vuelve a la autogestión y ahí sabes que sigues adelante independientemente un poco de lo que pase en el mundo exterior. Yo creo que lo positivo ahí es pasar del Do It Yourself (hazlo tú mismo) al Do It with Others (hazlo con otros) y ahora ya quiero instaurar que en cada disco hago coediciones. Ahora, por ejemplo, salgo con Sonido Muchacho y se crea ahí una economía de reciprocidad. De Sonido Muchacho me sacan a mí, luego yo monto un concierto a Juventud Juché en Oviedo. Ahora mismo me monta cuatro conciertos en Austria y Suiza un sello alemán y luego yo traigo al chaval del sello alemán a tocar a España. Yo saco con Sonido Muchacho porque éticamente soy muy afín, igual que compro la comida a la cooperativa Trébole de Agua, primero porque son mis colegas, y luego porque éticamente tengo mucha afinidad. Yo creo que en ese tipo de relaciones económicas que se basan en la autogestión, pero también se basan en compartir un vínculo irracional. Ahí hay bastantes soluciones a muchos problemas porque yo no voy a engañarte ni te voy a mangar si eres mi amigo, y realmente la necesidad de consumo que tenemos es muy relativa. Para ropa, para alimentación y para producciones culturales se puede y yo con eso estoy ya tranquilo, porque realmente puedo manejarme dentro de los grupos de consumo. Hay que ampliar esa capacidad de los grupos de consumo asumiendo que vivimos en un sistema liberal, que hay libre competencia y que no nos queda otra. No vamos a crear un soviet, pero puede ser una vía más de acción, puede ser una salida momentánea. Nos podemos llenar la boca con la revolución social, pero yo creo que ahora la inmensa mayoría de la población no quiere asumir lo que implica una revolución social. Vale más olvidarnos de ese discurso revolucionario si realmente no estamos dispuestos a hacer lo que implica una revolución, que primero implica llenar las calles de sangre. Yo creo que ahora, con una mínima reforma dentro del Parlamento y tomándote el trabajo como una actividad política y cultural, sí que se puede cambiar la realidad próxima. Y ahí sí, autogestión y grupos de consumo, que yo creo que tienen un potencial inmenso.

Cambiando de tema, te querías poner sobre la mesa el tema rural, porque en Istmos nos gusta mucho. Creemos que está bastante invisibilizado y totalmente fuera de los medios de comunicación. Parece que en el campo no pasa nada y pasan muchas cosas...

Y es un poder de la virgen el que hay en el medio rural, tanto en votos, como laboral. También nuevas prácticas económicas y culturales que están pasando en el mundo rural... Es muy gordo.

¿Por qué incluyes el tema rural en tu canciones o en tu música?

Hay una razón casi mística. Las mayores purezas y los mayores genios que he conocido en mi vida han sido aldeanos y no tengo la menor duda de que ha sido así. Las personas con mayor nobleza, con un conocimiento de su entorno brutal, con solidaridad... Yo realmente lo tengo idealizado y lo admito, pero es por los encuentros que he tenido yo desde pequeño con los vaqueiros en Asturias. Los vaqueiros son trashumantes y son un poco como los gitanos de Asturias, porque no pagaban impuestos ni a la Iglesia ni al Estado. Estaban marginados y hasta hace muy poco todavía hablaban vaqueiro, tenían su culturilla propia. Mi padre era montañero y acabó por ahí en invierno arreglándoles la primera instalación eléctrica que tuvieron. Se la arregló y, de repente, nos metieron en su familia. Y a mí, desde pequeño, ya me quedó ese amor irracional. Y sí que creo que hay algo de serio y profundo en esa sencillez o humildad, porque te crea otra forma de interacción con tu entorno. Aparte de eso, es una cuestión de justicia poética y yo creo que el artista debe hacer visible lo invisible; es una de las labores que tenemos. Y en España se ningunea, se menosprecia al mundo rural. Nos olvidamos también de su capacidad liberadora que tiene con el control de sus medios, el control de la naturaleza y de ese tipo de medios de producción. Y ahora en todo lo que tiene que ver con la autogestión. Está muy bien autogestionar ese sello de música, pero es que si ese sello de música como es La Secta, tiene una pata en la cooperativa esta... Que yo el último concierto que di en Asturias lo di en la huerta de mis colegas de Trébole de Agua. Ahí, en Merón, coge otra dimensión porque ya estás metiendo el puritito alimento, que es fundamental para vivir. Y ahí hay iniciativas ahora mismo en Asturias muy guapas. Es un neorruralismo, pero es un neorrularismo de la gente de ahí. Es gente que sus abuelos eran aldeanos, sus padres se criaron como aldeanos y luego trabajaron en la industria. Ellos trabajaban en el sector servicios y se han vuelto a la aldea. Y dicen: “A mí no me importa sudar y no me importa que me salgan callos en las manos. Y luego trabajo mis horas por la mañana y a las 5 o 6 me tomo un cafetín y empiezo a tocar la gaita y el tambor y me lo paso de puta madre con mi familia”. Los viejos están acompañados y se les acompaña en el tránsito a la muerte, se acompaña a los niños en su tránsito a la vida hacia la edad adulta y de forma natural, sin tanto discurso y si tanto post-doctorado, se equilibra la vida por medio del trabajo, que yo creo también es místico. Ahí (George) Gurdjieff, que fue uno de los grandes místicos del siglo XX, decía que su método de meditación era trabajar, que es el que ha tenido el ser humano toda la vida. Yo creo que desde la izquierda costó mucho desde siempre: costó mucho meter la hoz al martillo porque siempre hubo muchos problemas entre los obreros industriales y los trabajadores del campo.

Desde los tiempos de la Unión Soviética...

Sí. Y los sigue habiendo. Y realmente en los entornos rurales, casi en todos, hay más afinidad por la derecha porque en la propia dialéctica que tiene la izquierda se sienten excluidos porque les toman por gilipollas. A mí muchas veces me pasa. Dentro del sindicato digo: “Vamos a partir de la base de que yo soy gilipollas”. ¿Tengo que estar sometido permanentemente al juicio de los demás porque se han leído un librucho de mierda? Aquí las cosas se demuestran con trabajo, con compromiso, con lealtades y eso lo hace igual un tonto que un listo. Entonces, mucho más cuando esta gente de tonta no tiene un pelo y tienen un control del entorno que ya nos gustaría a nosotros... Creo que ahí hay una deuda y hay una potencia económica para la autosuficiencia y la autogestión que es brutal. Teniendo en cuenta la vivienda deshabitada que hay en el mundo rural, incluso sin una intervención estatal, vale dos duros por puro liberalismo: oferta y demanda. Vale dos duros porque nadie quiere ir, porque hay que trabajar. Y si encima tienes autosuficiencia energética, que también en las aldeas es mucho más fácil... Pero claro, para eso sí que hace falta estar en el Parlamento y en las instituciones, para la carga impositiva que tiene ahora la carga energética, que es brutal. Pero para todo lo demás no. El Estado tiene que saber qué se puede permitir y qué no. En este caso no tienes que dar subvenciones a la autosuficiencia, simplemente no te la cargues. Y ahí tienes una forma de emanciparte. Primero parece que el ser humano se emancipa de la naturaleza, después de la industria y ahora nos empezamos a emancipar del sector servicios que era nuestra falacia cultural, pero al emanciparte lo niegas. La emancipación no es negar, es, por medio del conocimiento, poder controlar y controlar en un equilibrio. Para una emancipación real hay que conocer el entorno natural, hay que conocer el entorno industrial, el tecnológico y el de la creación de símbolos. Y no es tanto tampoco. Es tener una huerta; saber unas nociones básicas, como sabe cualquier aldeano, de arreglar tu coche, la caldera del agua; saber que lo que se dice en un periódico no todo es verdad, saber que son creaciones que es tanto como un coche, que hay que saber repararlo y que se construye. Y poco más.

Te involucraste a fondo en una lucha por los derechos de los autores. Después de que demandaras a Atresmedia por utilizar un tema tuyo sin tu consentimiento, ¿cómo ha acabado tu disputa con la SGAE?

Estamos en ello. Teóricamente esta semana nos mandaban un borrador del acuerdo. Estamos a punto de conseguir el acuerdo que implicaría cambiar los acuerdos de la SGAE con las televisiones, quitar los anuncios de las autopromociones... A mí me permitirían poner una cláusula en mi licencia en la SGAE por la cual exijo que si una corporación audiovisual utiliza mi obra sincronizada con imágenes pida mi consentimiento explícito en cualquier caso y me pagarían lo que les pida por el uso. Todavía no está, pero teóricamente estaría a punto de caramelo. Estaría muy bien porque es una victoria tanto colectiva como individual que ha utilizado el sindicalismo tanto de CNT como del Sindicato de Músicos, y con el apoyo mutuo de (el abogado) Servando (Rocha), que no está en ningún sindicato, pero me ha ayudado por amistad y lealtad también. Tampoco hace falta tener un piso para darte de alta como sindicato. Al final es apoyo mutuo y el apoyo se puede hacer de muchas maneras. Una familia es un grupo de apoyo mutuo, una pandilla es un grupo de apoyo mutuo y yo, ante todo, he tenido el apoyo de amigos, lo que pasa es que son amigos con los que comparto un ideario muy similar.

Pero también te apoyaste en la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras...

Se creó la Unión Estatal durante el proceso. Yo primero fui a CNT con Servando solo y, a raíz de eso, se puso en contacto conmigo David Aristegui, que a su vez estaba escribiendo un libro sobre la SGAE con Ainara LeGardon. A la vez, en Barcelona, estaba Pablo Schwartzman, también con la idea de sindicar, recuperar la conciencia de clase... Y con muchas cosas, muchos años previos, pero también con la importancia de este caso en cuestión, se acabó creando el sindicato.

¿Y en qué punto se encuentra ahora el sindicato?

Se están haciendo asambleas periódicas, se están repartiendo por el Estado, se va a hacer una asamblea en Asturias dentro de poco. No hay muchas prisa por darnos de alta como sindicato oficialmente. Realmente ahora se procura que funcione como un grupo de apoyo mutuo: hay abogados, hay gente que se encarga también de poder hacer la presión mediática, se acaba de hacer el manual de buenas prácticas... Se está coordinando con Unión de Actores para el estatuto del artista y la verdad que a un nivel teórico-académico va muy bien y a un nivel práctico también. La campaña de presión y la creación del manifiesto de la SGAE, de tres medidas para la mejora de la SGAE, vino muy bien para poder hacer presión desde dentro y yo conseguir el acuerdo. Ahí hubo una labor sindical muy fuerte. No necesitas que la mayoría de la gente esté a tu favor, que esa es una de las falacias democráticas también. Necesitas apretar las teclas adecuadas y nosotros seguimos esa estrategia. Yo fui a la preasamblea de la SGAE en Asturias y salí como delegado de la SGAE porque les leí el comunicado a los socios, se quedaron flipando y me nombraron delegado. Luego fui a la Asamblea General como delegado y en la Asamblea pudimos leer el comunicado, vino más gente de sindicatos, hizo presión, y conseguí reunirme con el presidente nuevo, con (José Miguel Fernández) Sastrón, dialogar y ver que lo que yo planteaba iba en beneficio de los socios y que se estaba haciendo una práctica que iba en contra de los asociados. Hay que dar explicaciones. Yo creo que, por un lado, el acuerdo las da y que nos permite no seguir, y a mí me permite no correr ese riesgo que en realidad estoy corriendo solo, porque yo denuncio a título personal a Atresmedia y a la SGAE.

Lo llamativo es que desde la SGAE sea tan difícil cambiar las cosas cuando va en el propio interés de los asociados.

Bueno, en la SGAE hay intereses oscuros como todo el mundo sabe. Hay intereses enfrentados porque están autores y editores juntos. Es un modelo casi vertical y, bueno, el presidente nuevo parece que es más afín a los autores. Ahora se está portando. Vamos a ver cuando se firme todo, se materialice... Teóricamente después del acuerdo se quiere seguir reformando la SGAE, actualizándola, y vamos a ver si es así.

Como músico, ¿crees que es más difícil para ti sobrevivir y sacar adelante tu carrera por estar en Asturias, alejado de los círculos culturales de Madrid y Barcelona?

No. Es muchísimo más fácil. Para empezar, el nivel de vida que hay en Madrid o en Barcelona no me lo podría permitir, pero en Asturias vivo muy bien porque también tengo un sistema cultural en el que gasto mucho menos. Igual que en una aldea gastas menos. Yo vivo en Oviedo, pero hay mucha menos cultura del gasto continuo. Yo puedo quedar para ensayar y me tomo un café en casa, con mis colegas y ya está. Y luego sí, salgo a ver un concierto. Dentro de las giras toco mucho en provincias, toco mucho en pueblos también, que eso es una cosa que parece que a nadie se lo ocurre. En el Bar Labranza de Bueu empezamos la gira de Vigorexia Emocional y la acabamos en Pontevedra, en el Liceo Mutante. Bueu era en Meiro, que es una aldea de veinte habitantes. En el concierto había ciento y pico, de gente que vino de otras aldeas. Hay una red de espacios en aldeas, que ya no son ni villas, ni pueblos, a los que puedes ir a tocar.

Y con estos conciertos, ¿ganas lo suficiente para dedicarte sólo a la música?

Sí, me da para vivir y vivo dignamente. Los primeros años era más pelao, porque estaba con trescientos o cuatrocientos euros al mes. Primero estuve en una aldea en Asturias que eran ciento y pico de alquiler, con prao y con todo. Luego, fui mejorando. Es verdad que conciertos con promotor en Madrid hay algunos en los que pierdes dinero. Toco mucho, a veces toco solo. La banda me la llevo cuando me lo puedo permitir.

Además, seguro que tocas en aldeas donde tu concierto probablemente sea la única oferta cultural en mucho tiempo...

Y luego eso te crea una lealtad con esa gente… Voy a tocar a Santiago y van todos los de la aldea a verlo. Luego flipas lo que controlan de música y porque ahí ha ido a tocar gente de Krautrock, de electrónica experimental de Portugal. Ni de coña hay más cultura musical en una gran ciudad que en un pueblo porque está Internet, porque la gente gira y porque las redes invisibles de las giras te traen a gente de todo el mundo. Está muy guay ir a un pueblo gallego en el que la gente sigue estando de la pesca o de cuatro currinos, o de la huerta y tienen una cultura musical que flipas. Te quita muchos prejuicios y, además, es una vía legítima de ingresos y que a mí me permite no depender de festivales. Yo he ido a tres festivales y soy un músico profesionalizado. He ido poquísimo a festivales porque mi música no encaja. Poco a poco como voy teniendo repercusión fuera, los festivales se adaptan. Entonces, me pueden incluir a mí y, al incluirme a mí, pueden incluir otros grupos que se parezca y por ahí se abre una brecha. Pero yo me puedo permitir dedicar mi tiempo completo a la música porque voy a aldeas, voy a tocar a provincias porque creo que he comprendido un poco el oficio de músico: de carretera y manta.

 
 
 
Artículos relacionados