Invitación a la ira

Me pregunto cuánto tardará mi hija de cinco años en ser forzada por primera vez a mirar un pene. Nos ha ocurrido a todas, pueden ustedes preguntar a cualquier mujer que tengan cerca. En algún momento un tipo, por la calle, en el transporte público, desde una ventana, en un callejón, ha sacado su miembro y ante nuestro terror infantil o adolescente nos lo ha mostrado, iniciándonos así —siempre que no hayamos tenido la desgracia de ser bautizadas de otro modo más violento aún— en la normalización de la violencia machista con la que tendremos que convivir el resto de nuestras vidas. La primera frase de este artículo me agujerea el intestino. Deseo que sea mentira, no tener razón, patinar escandalosamente. Quiero encontrar a ese cabrón antes de que él se tope con mi pequeña. Pero no puedo protegerla de todo, mi única opción es tratar de proporcionarle las herramientas para ser independiente, segura de sí misma, saber defenderse y decir no, rodearse de otras mujeres y aliados con quienes luchar y en quienes apoyarse y conocer los recursos con los que cuenta si se enfrenta a cualquier tipo de vejación.

Estas son las cosas que nos contamos las mujeres, tanto en las redes sociales como en nuestras reuniones: voy sola a la playa y viene un hombre a invadir mi espacio, atravieso la ciudad temprano para ir a trabajar y lo hago sobre una alfombra de vomitivos piropos, vuelvo a casa por la noche con las llaves entre los dedos, fingiendo una llamada de móvil, sí, ya estoy llegando, ojo avizor, sin relajarme hasta cerrar el portal, porque, como se pregunta Alessandra Bocchetti, “¿Incluso me dará miedo mi propio hijo antes de reconocerlo, antes de que distinga los rasgos conocidos y amados?”. Estas son las cosas que nos contamos las mujeres, aunque hay muchas otras de las que preferiríamos estar hablando, sobre las que preferiríamos estar escribiendo, pero nos hallamos inmersas en una sociedad donde la violencia contra nosotras es un entretenimiento, un bien de consumo, una cultura, una forma de educar, de hacer política, de rezar, que lo afecta todo. Se trata de un sistema que debemos destruir, porque mientras reivindiquemos derechos dentro de él solo pondremos parches, porque ya dijo Audre Lorde que “no se puede desmantelar la casa del amo con las herramientas del amo”, porque, volviendo a citar a Bocchetti, “mi vida no cambiará mucho en un mundo que no pone en discusión el conjunto de sus criterios de valor”. No creas tener derechos, no le pidas nada al poder.

¿Cómo podemos soportar vivir en un mundo donde millones de mujeres y niñas sufren violencia ya sea por parte de sus parejas, en forma de abusos sexuales, ablaciones, matrimonios infantiles, feminicidio, trata, violaciones en las guerras, en las calles, en el ámbito familiar? ¿Cómo podemos soportar vivir en un mundo donde, según datos de la ONU, el 70% de las mujeres experimentan violencia en algún momento de sus vidas por el hecho de serlo y donde al 100% de nosotras nos afectan las microviolencias cotidianas? ¿Cómo podemos soportar vivir en un mundo donde las mujeres entre 15 y 44 años, según estadísticas del Banco Mundial, tienen más riesgo de morir por violencia machista que por cáncer, accidentes de coche, guerras o malaria? ¿Cómo podemos soportar vivir en un mundo donde los violadores eligen violar, los maltratadores eligen pegar y asesinar, los machistas eligen ser machistas? Quizá, como dijo Andrea Dworkin, sobrevivimos gracias a la amnesia, a no recordar el rostro aterrorizado de la mujer follada por una veintena de hombres en un vídeo de Torbe, a no saber los nombres de las más de cien mujeres asesinadas en España en el año 2015 por sus parejas o ex parejas, a olvidarnos de cómo se llamaba el acosador de la concejala de Ponferrada Nevenka Fernández (yo se lo digo: Ismael Álvarez) o el asesino de la adolescente Marta del Castillo (hola, Miguel Carcaño).

Cuando hablo de violencia contra las mujeres no hablo de algo que suceda solo a unas pocas de nosotras, sino de algo que pasa a mujeres blancas, afros, asiáticas, latinas, indígenas, heterosexuales, lesbianas, bisexuales, trans, gordas, delgadas, con o sin estudios, discapacitadas, precarias o no, viudas, madres, jóvenes, ancianas… a cada cual con su gravedad y su especificidad, pero a todas por el hecho de ser mujeres. Cuando hablo de violencia contra las mujeres hablo de algo normalizado porque es uno de los pilares de este sistema. Un sistema político y social desvirtuado precisamente porque si las mujeres no somos libres, nadie es libre. Hay una forma más constructiva que la amnesia para soportar el dolor y el daño psicológico que produce en todas nosotras la guerra contra las mujeres: se llama ira. Ira para dejar de trivializar, para resistir, para reclamar las calles, para romper el silencio.

Hablar o no depende de creer que las otras personas pueden comprenderte. Lo mismo que si estás con alguien cuyo idioma desconoces no te pones a charlar, nosotras hemos tenido que encontrar un lenguaje que nos permitiese verbalizar lo que nos pasa. Se llama feminismo. Feminismo para no tener que enfrentarnos solas a la opresión, feminismo para terminar con la violencia, feminismo para no morir. Feminismo porque nadie nos ha regalado nada, lo hemos conseguido todo nosotras junto con nuestros aliados. Feminismo porque todas nosotras tenemos la responsabilidad de ser esas mujeres a las que el machismo desea aniquilar. A la tenista Serena Williams un periodista le preguntó durante una rueda de prensa por qué no sonreía. Siempre esperan que sonriamos, pero es la hora de enfadarse y de utilizar toda nuestra enorme capacidad para soportar el dolor en pos de la lucha feminista. Si dialogamos con quien no habla feminista, siempre se nos pone en duda. ¿Pero seguro que dijiste no? ¿No estás siendo un poco exagerada / susceptible / aguafiestas / histérica / feminazi? ¿Qué ropa llevabas? ¿Por qué estabas sola a esas horas? Déjame a mí que tú no sabes. No todos los hombres somos así. Como dice Rebecca Solnit, la credibilidad es una herramienta básica de supervivencia. No fue hasta que nos organizamos que conseguimos empoderarnos y convertir lo personal en político con el fin de adquirir la condición de seres humanos que solo puede existir si la forma en que experimentamos lo que nos pasa deja de cuestionarse. No es de extrañar que tanta gente vea el feminismo como una amenaza, porque lo es. Es una amenaza contra el machismo, contra el patriarcado y en definitiva contra el mundo tal y como está organizado.

Según la última memoria del Ministerio de Interior, fechada en 2015, en España hay una violación cada siete horas, esto si únicamente contamos las que han sido denunciadas e incluyen penetración. Es tan solo un ejemplo de por qué no podemos esperar más tiempo. Ni un día más. Hay que concienciarse, organizarse y luchar. Hay que hacer un pacto feminista universal entre nosotras y con nuestros aliados para terminar de una vez por todas con esta guerra contra las mujeres. Lo que es normal para mí no quiero que lo sea para mi hija de cinco años. No.

 

Fotografía: "Tu agresión tendrá respuesta" (2015).

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