La de Dios (es Cristo)

Armarse, montarse la de Dios es Cristo o, más familiarmente, la de Dios a secas. Es decir, un lío, un quilombo, una merienda de negros, una agria polémica con Iñaki Gabilondo. Los que hemos ido a colegio de curas sentíamos además cierto pudor al escuchar estas palabras porque suenan a herejía de las gordas, de las de tortura y hoguera. Mencionar de golpe y con tal sonoridad a dos terceras partes de la Trinidad debía de ser una forma agravada de violación del segundo mandamiento. Afortunadamente para nosotros, Dios fue sepultado por Nietzsche o murió de inanición como Freddy Krueger. Hoy podemos tomar su nombre alegremente para someterlo a una autopsia que ojalá no sea en vano.

“Hace tiempo no juego al acertijo / tan esdrújulo de un padre y un hijo / y una blanca paloma” cantaba en los sótanos de la Cava Baja el ácrata Javier Krahe. Un juego que ahora se presta a chirigota pero que podía costar un disgustazo hasta hace no tanto tiempo. El propio Krahe acabó ante la Audiencia Provincial de Madrid dos mil años después de la muerte de Jesús y unos treinta después de haber perpetrado aquel sencillo y escandaloso “Cómo cocinar un Cristo”. A la generación de Family Guy se le escapa una sonrisilla condescendiente ante un humor tan blanco como el de aquel cortometraje. Lógicamente, el Brassens español fue absuelto y pudo volver rápidamente al bar, a diferencia de lo que ocurrió con aquellos que, antes que él, se atrevieron a poner en duda el sutil equilibrio teológico de los católicos.

Como religión poderosamente sincrética que es, el cristianismo tuvo que forjar a golpe de Concilio y anatema una estructura que pudiera mantenerse mínimamente en pie. Tarea nada fácil teniendo en cuenta que este Dios tan sofisticado es uno y trino. “Muy bien, entonces si el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo también es Dios,¿cuántos dioses hay en el cielo, P. Tinto?”. La pregunta que los hermanos Fesser ponen en boca del Padre Marciano (El milagro de P. Tinto, 1998) es más que pertinente y la respuesta es cualquier cosa menos intuitiva. De ahí la marca rectangular de tiza del borrador en la frente del P. Tinto niño al salir de la clase, castigado. La cuadratura de este círculo unió en un triángulo al Yahvé hebreo con su supuesto vástago, un profeta ornamentado con atributos de la mitología comparada centurias después de morir. Sobre la paloma no nos atrevemos ni a opinar. Padre, Hijo y Espíritu Santo… ¿amén?

No siempre estuvo tan clara la perfecta equidistancia y unidad de las tres personas de Dios. Si hoy el universo cristiano es diverso -católicos, baptistas, anglicanos, ortodoxos, calvinistas, etc.- es precisamente por las escisiones y cismas que cada apuntalamiento del pensamiento único provocaba en la comunidad heredera del legado de Cristo. Más exactamente, la lucha era siempre por el poder terrenal que acarrea la gestión de esa herencia. Por variado que sea hoy ese universo, sin embargo, imaginemos las mutaciones que podían darse en las primeras comunidades durante los siglos II y III. A decir de las buenas gentes, el Niño Jesús, como Braveheart, podía perfectamente medir más de dos metros y echar rayos por el culo. Según se expandían rápidamente por el Mediterráneo, estos cristianos exploraron las distintas posibilidades que sus fuentes permitían a la luz de los nuevos sistemas filosóficos y en competición directa con el paganismo romano y con otros cultos en auge. No existe el Nuevo Testamento, ni el Papa, no hay Encíclicas. Ni una mísera hoja parroquial para orientarse.

Fue el emperador Constantino, que daría a Roma su penúltimo momento de esplendor, quien realmente obligó a Cristo a cobrar forma. Después de un par de siglos convulsos en los que los césares duraban lo que un primer ministro italiano y las fronteras del Imperio menguaban como los vaqueros de H&M, el cristianismo se había extendido como un virus a pesar de las persecuciones. Constantino, victorioso sobre sus enemigos, necesitaba sin embargo una herramienta de cohesión social para apuntalar su poder. En mayo del año 325, como un astuto Artur Mas, se puso a Jesucristo por montera y lideró su propio procés. En un movimiento audaz girar la truita, da la vuelta a la tortilla: los antiguos enemigos del Imperio son ahora convocados solemnemente a un Concilio en Nicea (Iznik, Turquía) que presidirá él mismo. Allí, entre 250 y 300 obispos cimentaron la fe católica. Decidieron en asamblea considerar a Cristo como consustancial al Padre, es decir, no creado por Él como “la oruga o la langosta”, dijeron. Dios es Cristo. Sin embargo, una minoría cupera -una veintena de obispos- liderada por el presbítero Arrio opinaba que la única forma de encajar a Jesús era colocarlo un peldaño por debajo de su padre. Dios no es Cristo, sino que este fue creado por aquel. Constantino no era un teólogo, sino un militar y un político (en la época más valía ser ambas cosas), no le interesaban estas disquisiciones. Lo que sí necesitaba era una postura única, así que Arrio fue arrinconado, anatemizado y desterrado. La unidad de pensamiento es el combustible de todo procés. El emperador ya tenía su preciada unidad religiosa y empezaba así una idílica relación amorosa entre el Imperio y la Iglesia. El Papa fue calzándose las caligae del César a medida que este iba desapareciendo por el desagüe de la Historia.

La derrota de Arrio en Nicea no impidió, sin embargo, que sus enseñanzas fueran acogidas con entusiasmo por los pueblos bárbaros que se habían instalado en el Imperio durante la anarquía militar previa a Constantino. Los visigodos llevaron consigo el arrianismo hasta Hispania y convivieron con los católicos hispanorromanos durante otros doscientos años. De nuevo por las mismas causas que Constantino y a su imagen y semejanza, el rey hispanogodo Recaredo puso fin a la pluralidad religiosa en su reino renunciando al arrianismo en el III Concilio de Toledo (589). Con la llegada de los árabes un siglo después se montaría la de Alá es grande, y de nuevo en su sentido contrario durante la Reconquista, como en una infinita sucesión de fichas de dominó. Costó tres siglos definir la naturaleza de Jesús y otros dos más terminar de cerrar la polémica, que se abrió de nuevo a la hora de encajar al Espíritu Santo en la Trinidad, dando lugar al cisma ortodoxo. Un no parar, oiga.

Nihil novum sub sole, pensará Constantino desde el cielo (se convirtió al cristianismo en el lecho de muerte) al ver cómo se sigue anatemizando a quien se sale de la unidad de destino en lo universal, que decía el franquismo. Tenemos hoy emperadorzuelos de sobra que, en el nombre de cualquier entelequia nos arrastran al cisma emocional, cuando en realidad se arañan la cara por un plato de garbanzos. La inexistente línea editorial de Istmos, con la que coincido, prefiere el modelo asambleario de los primeros cristianos que el cesaropapismo de unos y otros. El riesgo sería, claro, el de parir un Niño Jesús de dos metros que lance rayos por el culo. O, peor aún, empatar a 1515 votos y morir de éxito democrático. Ya no se hacen emperadores como los de antes (gracias a Dios).

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