Las manos que pintan el horror

Van Gogh pintaba girasoles, a Monet le fascinaban los estanques plagados de nenúfares, Picasso dibujaba irreverentes rebeldías y al Greco se le recuerda por el retrato de un caballero con una mano en el pecho. Ellas, sin embargo, pintan el horror dentro de un juzgado. 

No son ni serán –presumiblemente- famosas, sus bocetos no serán estudiados en las escuelas de bellas artes en el siglo XXIII pero sus manos, obedientes instrumentos de sus ojos y de su estómago, retratan desde hace ocho años el sufrimiento de las víctimas y la soberbia de los genocidas durante los juicios de los crímenes de lesa humanidad ocurridos en la última dictadura argentina (1975-1983). 

Sus nombres quedan atrás de sus dibujos, o abajo, donde con sellos de oficina estampan palabras como “Testigos” o “Justicia” o con símbolos fácilmente asociables a la vida y la muerte tales como una semilla o una calavera según sea víctima o verdugo el que declara. 

“Hay días en los que no paramos de dibujar y días en los que no sale nada”, reconoce María Paula Doberti, dibujante independiente y profesora de bellas artes, quien dibuja “compulsivamente fondos, cosas oscuras” cuando la dureza de los testimonios le impiden “soportar la situación”.

En 2006, María Paula Doberti y Eugenia Bekeris fueron invitadas por la asociación de familiares de víctimas de la dictadura H.I.J.O.S. (creadores del “escrache”) para dibujar en las causas contra la dictadores argentinos ante la prohibición de grabar o fotografiar durante los testimonios.

Hoy recuerdan con nitidez muchas de las declaraciones así como la mayoría de los nombres de las víctimas testigo, que recibieron este último concepto para proteger su integridad durante los juicios. Cuando una no consigue poner en pie una historia, la otra la retoma, cuando una no recuerda un nombre o un apellido, es su par quien la completa.

Explican con detalles y pocos tapujos, propio de quien ha superado muchos miedos del pasado, cómo fue su primer juicio, cómo sintieron la falta de arrepentimiento del primer genocida que pasó ante sus ojos en una pequeña sala de un tribunal de Buenos Aires así como la entereza o los temblores de las víctimas al relatar sus secuestros.

Por sus blocs han pasado miles de rostros, gestos agitados, largos silencios que testimoniaron y siguen testimoniando las atrocidades de los dictadores y el resto de militares de menos galones.

Aseguran que al igual que el testimonio de las víctimas, sus dibujos no atienden a una cuestión de sed de venganza, sino de justicia y de la necesidad que aún tiene Argentina, pese a ser el país más activo en memoria histórica del mundo, de arrojar luz sobre su pasado.

“Hay que rescatar la visibilidad de los juicios”, denuncia Bekeris ya que tras las primeras condenas, entre ellas al dictador Jorge Videla fallecido el año pasado en prisión, los procesos han dejado de aparecer en los medios de comunicación argentinos.

Para esta dibujante argentina de origen húngaro, que ya realizó un trabajo sobre el genocidio nazi en el que retrató a cientos de supervivientes, un futuro cambio de Gobierno podría tener consecuencias negativas en el proceso de justicia abierto por el matrimonio Kirchner.

— Vienen grupos a romper la reconciliación, a abrir las puertas de estas jaulas, eso es lo que más me inquieta porque en este momento aún queda mucho por hacer —asegura a la vez que subraya que el proceso argentino “es un ejemplo para el mundo”.

Doberti coincide con su compañera y recuerda que el proceso “es muy largo”. -En los juicios de la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada, uno de los mayores centros de tortura y detención clandestina) se ha tenido que hacer una megacausa porque había tantos casos que decidieron unirlos- explica. 

Pese a que la normalidad ya se ha hecho con ellas tras decenas de juicios y horas de testimonios, rebuscan en la reflexión para recuperar el verdadero sentido de sus dibujos.

Bekeris rememora el caso de Juan Manuel Miranda (secuestrado en 1978 y retenido en la ESMA hasta 1980) y cuenta que fue él el destinatario de la pregunta sobre la utilidad de los bocetos para las víctimas.

— En los dibujos queda la impronta del momento y de nuestra presencia y él me decía que para ellos lo importante era que alguien estuviera presente, atento a lo que se dice, escuchando los testimonios y que eso nos convertía ya en compañeros —parafrasea.

Otras víctimas testigos quieren también ver y tener los dibujos de ellos mismos así como de familiares o amigos durante el momento de la declaración. Doberti cita el caso de una mujer que le pidió los de su suegro: “no conseguí ubicarlos pero me cuestioné también que el límite es quién quiere los dibujos y para qué”.

 

El primer juicio

Ambas están ya acostumbradas a escuchar los testimonios, a las lágrimas y la serenidad, los temblores y la firmeza, a escuchar la prepotencia y no encontrar arrepentimiento en la mirada. Tras ochos años restan importancia al primer juicio pero reconocen que desde el primer dibujo muchas cosas han pasado por sus blocs y por ellas mismas.

Para Eugenia, cuando aún no acudía con María Paula a los juicios, el primero fue el testimonio del sacerdote Gabriel Bossini (testigo del secuestro de otros dos religiosos en 1976) que luego sería acusado de falso testimonio al declarar no acordarse de nada del citado secuestro. 

— Me encontré con la impunidad de Bossini que se negaba a declarar, ese fue el primer dibujo que yo hice y después me fui corriendo a mi trabajo —recupera Eugenia, quien reconoce que no fue hasta el segundo día cuando se adentró “en los senderos del horror”. 

En dicho segundo juicio, también de la megacausa ESMA, la víctima testigo salió de la sala tras testificar para encontrarse con el grupo de gente que la acompañaba -“algunos tienen mucha gente que los va a ver aunque que testifican solos”- con quien se abrazó nada más verles.

— Se abrazan y se ponen a llorar, yo los veo, y sola con mi cuadernito me pongo a llorar y luego me voy de nuevo a trabajar— cuenta serenamente.

Por su lado, María Paula explica que armaron un equipo para ir juntas a los juicios, poner los dibujos en común y que de ahí nació una dinámica que se mantiene hasta hoy. 

— Hay gente que declara durante horas, ahí hacemos un montón de dibujos, nos los mostramos y hablamos de qué nos pasó en ese tiempo, por eso también es diferente una fotografía de un dibujo— prosigue e insiste en que aunque a algunos juicios como el del Plan Cóndor se permita la entrada de reporteros gráficos unos minutos antes del comienzo, ellas dibujan igualmente “porque se dicen cosas distintas con un dibujo y con una foto”.

Analizando la situación asumen que el escenario es “más intimidatorio” para los que van a dar testimonio que para los que acuden a escucharlo aunque también hay momentos que marcan la diferencia. 

— Nosotras llegamos con nuestro bloc, convocados por H.I.J.O.S., y la primera vez que vemos a Videla entre las cabezas del Plan Cóndor te provoca un impacto y cuando lo ves rodeado de tipos que no sabes quienes son te causa cierta inquietud, te pone a la vista que mucha gente que estuvo implicada anda por ahí dando vueltas y que no tienen cara de genocidas —ironiza Eugenia.

A su vez, María Paula hace referencia al momento en el que se cruzaron la mirada con Videla: “a la larga sabes que puede suceder, muchas veces sentimos que estábamos presenciando un momento histórico, irrepetible”.

Prácticamente de todos los testimonios recuerdan algún aspecto, y aunque todos están marcados por el horror, pareciera como si éste siempre pudiera superarse a sí mismo. 

— Pasan cosas que no te esperas, en uno una hija vio testificar a su papá que había estado secuestrado en la ESMA y luego a su mamá y entre uno y otro le agarró un ataque, empezó a gritarle de todo a los genocidas, tuvieron que sacarla, fue algo teatral, horrible, nunca imaginábamos que íbamos a presenciar algo así, fue espantoso, acabamos todos llorando —relata María Paula. 

Para Eugenia el origen de este tipo de situaciones límite se encuentra en que “a veces los testigos cuentan cosas que jamás le contaron a nadie”, y por otro lado explica que “cuando hay gente que es militante, termina el testimonio y afuera la gente aplaude”; en ese momento es “cuando todo se vuelve humano”, revela.

 

El horror de unos…

Recuerdan muchísimos de los bocetos que han hecho durante estos ocho años, que usan para conducir la conversación, así como la montaña rusa de sensaciones que atraviesa “cualquier persona” durante un testimonio como los de la dictadura argentina.

— Jamás olvidaré el momento en el que Juan Manuel Miranda contó que aún tenía la señal de los grilletes en los tobillos —dice Doberti quien enérgica se vacía: “en ese momento yo paro de dibujar”. 

Asimismo, recupera otra de las historias del horror, la de un uruguayo víctima también de la dictadura argentina al que le hicieron el ‘submarino’ en un balde (una técnica de tortura usada por la CIA en la que cuelgan al reo bocabajo y le introducen en agua, orines, heces…para provocarle una sensación de ahogo).

— Dijo: ‘me acuerdo y me sigo asustando’ —cita la dibujante, a quien escandaliza que “después de 35 años, le siga dando miedo” tan solo el recuerdo, y resalta que “una cosa es contarlo en el grupo de amigos o en terapia y otra en un juicio”. 

Y pese a la dificultad y el dolor que aún emana de los testimonios tanto para los que escuchan como para los que testifican, Doberti zanja que las víctimas “sobrevivieron para poder contarlo en un juicio, por eso es tan importante” este proceso.

María Paula habla de los “grises” de todo conflicto y también de los que se viven en los procesos judiciales que dibuja junto a Eugenia.

Al respecto, recupera el caso de Federico Pereyra Cagnola, hijo de secuestrados en la ESMA cuya madre fue asesinada tras dar a luz y su padre sigue aún hoy desaparecido. Como muchos otros bebés, Federico fue entregado a una familia de “apropiadores”; no fue hasta 2008 cuando supo que le habían robado la identidad. 

— No todos los hijos recuperados continúan la lucha de sus padres, algunos lo aceptan pero no ve a su familia, algunos siguen queriendo a los padres apropiadores como es el caso de Federico que dijo que mientras viva su mamá él la va a considerar su mamá —cuenta y resuelve que “hay muchos grises, todo es muy complicado”. 

En la dictadura argentina se vivieron situaciones rocambolescas, casi absurdas, coartadas y vaciadas de todo su sentido original. Fueron muchas las que tuvieron lugar en aquellos ocho largos años de monopolio del dolor, secuestrados falsificando (bajo coerción y amenazas) documentos de propiedad para que éstas pasaran a los militares, secuestradas haciendo las veces de matrona para ayudar a sus compañeras a dar a luz a unos bebés que días después serían entregados a afines del régimen y sus madres serían asesinadas… 

— Al juicio de Federico llevaron a una detenida en la ESMA que hacía de partera y fue quien dio la pista de que el nene había nacido allí, al hijo de la entregadora que estaba presente le dio un ataque de asma, el pibe estaba destruido, la familia apropiadora aniquilada, los entregadores ya no estaban más juntos…historias desoladoras, sentí que estaba frente a una historia donde todo son damnificados —reflexiona Eugenia.

Pese a la capacidad para empatizar con todas las partes, aclara que “eso no quiere decir que tú no tengas tu predilección, por supuesto que estás con los que pelean por la verdad”. 

Según María Paula, la familia apropiadora mostró que habían tratado muy bien al chico, aunque al mismo tiempo, las abuelas (de la Plaza de Mayo) decían que mientras ellos andaban de vacaciones en la nieve, la familia biológica perdía el aliento buscando al niño. 

La abuela materna de Federico contó de qué manera se enteró de la existencia de su nieto. María Paula, como si estuviera leyendo la historia en un libro entre sus manos, parafrasea: “a la familia de la madre la llaman de un hostal diciendo que ella se había dejado un bolso, que se había ido sin pagar y que nunca más volvieron, ni ella ni el papá de Federico, es entonces cuando la abuela va y se encuentra con un paquete de pañales entre las cosas de su hija”.

De no haber sido por una llamada del dueño de un hostal reclamando por un impago, la abuela de Federico jamás habría sabido que su hija, Liliana Pereyra, a quien secuestrarían y retendrían en la ESMA para desaparecerla tras parir a Federico, había dejado descendencia.

— Lo que contaba la partera es que tenían un cuarto lleno de basura, pero que les llevaban un moisés, les alimentaban mejor el tiempo que les dejaban quedarse con los nenes antes de dárselo a los amigos de los genocidas y que después de parir les decían que los nenes iban con su familia, que se quedaran tranquilas. Y bueno, a las pocas horas de arrebatarle al nene mataban a los padres —detalla Eugenia.

 

…la prepotencia de los otros

Eugenia describe con sencillez el proceso de los juicios, de los testimonios. Aún hoy se enerva hablando sobre los abogados de los genocidas que, según denuncia, “provocan y maltratan” a las víctimas testigo, pero sobre todo sentencia la actitud de los acusados, quienes se muestran “impunes y manipuladores”. 

— De repente tienes a este tipo, a Antonio Pernías, (ex oficial de Inteligencia de la ESMA) que en realidad no declara, solo escucha a su abogado enumerar por venteaba vez todos los delitos que niega haber cometido, le leen todas las barbaridades que ha hecho y no dice nada —cuenta Bekeris. 

Según revela Doberti, “en general la estrategia de defensa de los abogados de los genocidas es siempre la misma: tienen una memoria prodigiosa hasta 1975, el año en que arranca la dictadura, se acuerdan perfectamente de todo y luego dicen que no estaban en Buenos Aires, y niegan haber estado en ESMA porque tenían domicilio en otro lugar”, comienza. 

— Luego se pasan horas hablando de aspectos técnicos, militares, cosas que vos no entiendes. Al final te derivan por otros vericuetos durante horas y horas para terminar hablando de nada —continúa.

Bekeris comenta que otro de los aspectos comunes que sucede con muchos de los genocidas es una especie de evolución decadente que puede observarse en los dibujos, desde que empiezan a declarar -cuando “parecen dandis”- hasta que terminan, momento en el que “ya ves que están pálidos, que se han hecho más pequeños”. 

Así sucedió con Julio Poch, piloto de los vuelos de la muerte, que, bajo la definición de María Paula, “comenzó como un dandi y acabó como una rata” y es que “al principio hablaba de las vacaciones en Bali con su mujer, y la gran vida que llevaba en Holanda pero según pasaban las horas se fue derrumbando, no pudo sostener el personaje”.

En esa misma línea, Eugenia relata que “el tipo empezó a reducirse de tamaño, a perder la postura y hasta se le cambió el color de la piel”.

Además, el cambio no es solo físico.

— Comienza a apelar a los eufemismos de genocida, empieza a hablar de ‘cargas’ para referirse a los cadáveres o las personas con pentotal -un suero anestésico-, enumera los ‘asuntos’ Fernández, Domínguez, etcétera y va dando los apellidos de los asesinados al mismo tiempo que negaba su participación —detalla.

— Ahí ya no puede manipular más, ya no era más un dandi —zanja mientras María Paula toma la palabra y continúa la historia: “para justificar que no estaba en los vuelos dice que en su avión no caben quince personas, se pasó más de una hora explicando con despliegues cosas de aviones, de cómo son, de la carga que aguantan… que no venía al caso”. 

Eugenia regresa al tema y recuerda que “él siempre dijo que no sabia nada hasta que empieza hablar de las causas y las cargas, el embajador de Holanda estaba a nuestro costado defendiéndolo, tenía su club de fans, eso es lo que te inquieta, ves a estos tipos cuando aparecen de ese modo tan cordial y te das cuenta de que están mas cerca de ti de lo que imaginabas o querías aceptar”.

Son muchos los testimonios que pueden poner en pie en apenas segundos, se pisan la palabra para añadir detalles, dibujos o sentimientos. Entre tanto dolor, un causante destaca por encima del resto, Videla, quien murió culpable y en prisión aunque aún con muchas causas en las que prestar declaración.

— La última vez declaró solo, tres días antes de morir, era en un juicio de apropiación de bebés y yo estaba sola —rememora Eugenia, quien recuerda a su vez que mucho había cambiado el dictador desde el primer día en el que declaró, “cuando estaba impecable”.

A ese último testimonio, Videla llega “después de pasar una diarrea, deshidratado, lo llevaron entre dos y días antes había hecho unas declaraciones a un medio reivindicando las acciones de la dictadura”, contextualiza.

María Paula, atenta a la narración, interrumpe a Eugenia: “el tipo pidió la palabra, usó el juicio para desdecirse, porque estaba una periodista de este medio fuera escuchando y él lo sabía, quería echarse atrás porque los jóvenes del movimiento le habían dicho ‘calla la boca’”.

 

Al mismo tiempo, Bekeris toma unos dibujos de la evolución de Videla: “ahí ves ya a un anciano, vulnerable pero en cuanto deja de tener la boca pastosa vuelve a reivindicar la desaparición, y jura que no va a cambiar de ideas, que no acepta al tribunal…y de nuevo le ves intacto”.

— Para mí dibujar a Videla fue realmente una sensación extraña, no había nadie, era de noche, pensé este tipo se muere en pocos días, de hecho lo llevaron a la cárcel donde murió, se llevó todo a la tumba, a los desaparecidos, a los nenes, y luego comenzó otra etapa que era que ningún cementerio quería recibirlo, pasó de todo, pasan cosas inesperadas —reflexiona. 

Bekeris y Doberti fueron también víctimas de la dictadura, no estuvieron secuestradas en un centro clandestino pero, por ejemplo, Eugenia fue ‘marcada’ por una amiga secuestrada en la ESMA a la que sacaban ‘a pasear’: “sacaban a los secuestrados para que saludaran a gente que conocían y así nos marcaban”, explica.

— Me costó mi pareja. Un día estábamos comiendo, llegó ella, la saludamos y días después vimos a uno de los militares que la acompañaba en una revista, mi pareja entró en pánico, se fue del país, yo me quedé, lo dejamos—se sincera Eugenia: “todos somos víctimas, todos de una o de otra forma fuimos afectados por la dictadura”.

Miles de muertos, al menos 30.000 desaparecidos, cientos de bebés apropiados, torturas, secuestros, robos, humillaciones, censura, limpieza ideológica…

 

Para Eugenia tanto dolor no tuvo resultado: “las víctimas tendrán más miedo pero no cambiaron sus ideas, fracasaron porque torturaron, mataron, desaparecieron, se apropiaron de los niños pero muchos de nosotros no modificamos nuestra forma de ver el mundo”. 

 

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