Las hortensias de Area Loura

Se dan bien en las Rías Bajas, porque un clima húmedo y sin heladas, y la acidez de la tierra, agradan a esta planta. Tampoco son amigas de entornos muy soleados, y crecen mejor en alternancias de sol y sombra. Allí florecen ya, durante todo el verano, en brotes de varias flores enormes, de colores que van del azul oscuro al tenue, o un rosa vinoso cuando la tierra es pobre en hierro. En casa de mis padres, cerca de una playa de nombre dorado, cubren un largo muro orientado al este y otro contiguo al sur. Las plantaron ellos al llegar; mi madre dice que “sólo hay que espichar los esquejes en la tierra” y crecen solas. 

Tan grandes y tan coloridas, casi nunca pasan desapercibidas para los forasteros la primera vez. En más de una ocasión, cuando un visitante llega a nuestra casa en verano y se sorprende ante el tamaño de las flores, me doy cuenta de que yo he dejado de verlas. No sé con certitud cuando fue, o si las vi alguna vez, de la misma manera en que uno ve una forma del paisaje tan familiar que ya no repara habitualmente en ella; como las islas Cíes desde la playa de Patos, que asombran, igual que las hortensias, a quien nunca las ha visto antes. 

Mi madre dice que la hortensia es una flor agradecida, y que no hay que cuidarlas demasiado. Que campan donde la luz, la lluvia y la tierra les son gratas, como en el sur de Galicia. Pero también son caprichosas, como las personas, y que cuándo o cómo florecen cada verano es cambiante. A veces lo hacen más tarde. A veces se resienten con el cambio. Mi madre dice, con un deje de convencimiento, que su hermana se llevaba con frecuencia esquejes para una terraza de Madrid, pero no sobrevivían. 

Como un esqueje en la tierra, crece en el misma lugar que la nutrió de niña. Nunca ha salido mucho tiempo de allí, y desde hace años pasa los largos veranos de de floración en una casa con hortensias. Allí florece también, en los veranos. Se ha hecho mayor sin marchitarse. Todos sus hermanos se han marchado, pero ella les sobrevive con la vitalidad de una planta que no necesita mucho, salvo agua y la alternancia de la luz, y quizás el candor radiante de los niños. Sigue bañándose en la misma playa de nombre dorado. No sé cuándo dejé de ver a mi madre. 

Artículos relacionados