Maculada Concepción

El doctor de la clínica de fertilidad nos recomendó una mixtura de medicamentos para propiciar la fecundación; pero mi esposa es vegana, homeópata, anticapitalista y budista, así que después de escuchar la prescripción médica aprovechó el resto de la sesión para despotricar contra «el sistema neoliberal, sostenido sobre los pilares de las industrias alimentaria, farmacéutica y armamentística, todas ellas enfocadas a destruir la vida sobre la tierra a través de armas tan diversas como los tanques, los frutos transgénicos y los antidepresivos». El doctor mantuvo la compostura durante el alegato y yo asumí que había cometido un error intentando convencer a Carla de que la medicina occidental resolvería nuestros problemas de fertilidad. Cuando salimos del despacho, la pareja que esperaba su turno nos miró con una mezcla de incomprensión y lástima. Pagué la consulta y fuimos en busca de las bicicletas que habíamos amarrado a una farola.

— ¿A quién se le ocurre situar una clínica de fertilidad en un polígono industrial? —dijo mi esposa mientras quitaba el candado.

—Carla, déjalo ya; está claro que no es para nosotros.

—No sé cómo se te ocurre traerme aquí. Este sitio no tiene nada que ver con la vida, es un sitio yermo y gris que solo inspira muerte.

— He visto condones usados en el suelo —bromeé—; así que hay gente que relaciona este polígono con la procreación.

—Eres un imbécil; sabes que este tema me afecta mucho —Carla montó en su bicicleta y, sin esperarme, comenzó a pedalear—. ¡Imbécil!.

—¡Carla espera! ¡Solo intentaba sacarte una sonrisa!

—¡Déjame en paz!

—¡Carla!

 

El viernes siguiente viajamos a un pueblo recóndito de la sierra. Allí vivía una reputada sexóloga evolucionista biologicista experta en procreación que, según mi esposa, utiliza un método secreto que es más eficiente que cualquier tratamiento de fertilidad «ingeniado por científicos desalmados». No disponíamos de ningún dato sobre las terapias naturales; solo sabíamos que pasaríamos dos días en el hogar de la terapeuta y que, tras la estancia, Carla, supuestamente, se quedaría por fin embarazada. La sexóloga se llamaba Magdalena Magnus y residía en una hacienda ubicada en las faldas de un monte, una construcción circuida de vegetación arbustiva sobre la que despuntaban robles, abetos, pinos y abedules. Era un edificio inmenso con las paredes tapizadas de enredaderas que no respetaban ni siquiera las oquedades de las ventanas. Justo antes de golpear el llamador, Carla y yo nos miramos, unimos las manos y suspiramos al unísono para representar una nueva reconciliación. Aquella mañana habíamos discutido un par de veces en el autobús. Estábamos muy nerviosos porque era nuestra última oportunidad para engendrar un retoño; ambos sobrepasábamos los cuarenta años y ya habíamos invertido demasiado dinero en todo tipo de quiromancias fertilizantes. Necesitábamos una solución inmediata porque nuestra relación se había deteriorado hasta tal punto que en el fragor de nuestras broncas de pareja contemplábamos la posibilidad de divorciarnos si no conseguíamos concebir una criatura en un período de tiempo razonable.

Abrió la puerta una mujer alta que vestía una suerte de túnica carmesí. Sus ojos grises, hundidos en las cuencas, eran dos puntos de luz demarcados por el trazo grueso de las cejas. Tenía la nariz aguileña y los labios finos. El pelo entrecano caía desordenado sobre su cerviz hombruna y sus brazos eran extremadamente largos, rematados por dos manos grandes, huesudas y abultadas de venas cárdenas.

—Bienvenidos a mi hogar —dijo, ceremoniosa—. Soy Magdalena Magnus.

Antes de que respondiéramos nos indicó con un gesto que atravesáramos el umbral de la puerta, movimiento que simbolizó, aunque no lo advirtiéramos entonces, el principio de una nueva vida. El recibidor estaba ornamentado con lienzos de dioses griegos, aztecas y acadios, así como otras deidades que no identifiqué. Las paredes de piedra rezumaban un intenso olor a humedad entreverado de fragantes sahumerios y, a pesar de la oscuridad y las sombras, el ambiente era cálido. Magdalena Magnus nos condujo por un corredor decorado con un tapiz egipcio hasta nuestra habitación, que era un cubículo sin ventanas equipado con un lecho, una chubesqui y un retrete.

—Meted todos los aparatos electrónicos en esta bolsa —abrió un zurrón y lo colocó frente a nosotros—. Poneos cómodos y bajad al salón.

Se llevó nuestros móviles, relojes, mi tablet, mi ordenador y e incluso mi cepillo de dientes eléctrico. Cuando se fue con nuestras pertenencias, miré a Carla extrañado. Por primera vez en mucho tiempo, percibí una sonrisa de satisfacción en su rostro. Ella creía en esas historias como yo confiaba en los avances tecnológicos y pensé, por primera vez, que era un milagro que aquella mujer y yo, siendo tan distintos, conviviéramos desde hacía diez años.

—Creo que esto funcionará —dijo Carla ilusionada.

—Yo también —mentí.

 

Nos dirigimos al salón, que era una amplia estancia rectangular con las paredes cubiertas por anaqueles repletos de libros. Había candelabros en cada vértice de la estancia y una chimenea de piedra en el lado frontal de la sala. Magdalena nos aguardaba sentada en un sillón. Bebía licor de hierbas y sonreía. La saludamos de nuevo y ella nos indicó, como al desgaire, unas mantas que había dispuesto en el suelo. Cuando nos acomodamos, nos ofreció dos copas de licor que aceptamos amablemente.

—Querida Carla, querido Héctor —bebió un trago—. El método de concepción al que os someteréis se basa en leyes milenarias, secretos tan antiguos que casi habían sido olvidados a pesar de que forman parte de nuestra propia naturaleza. Fórmulas casi heréticas para la mentalidad moderna. Soy legataria de una tradición ancestral —bebió otro trago— y, a priori, no puedo desvelar en qué consiste porque sería perseguida por los asesinos de la industria farmacéutica. Os pido que confiéis en mí y os dejéis guiar por mi sabiduría. Si queréis concebir yo os ayudaré, pero necesito vuestra fe ciega. ¿Llegaréis hasta el final?

—¡Sí! —respondió Carla entusiasmada.

—Y tú, Héctor, ¿confías en el método?

Dudé. Me sentía incómodo. El aspecto de la sexóloga era inquietante en sí mismo, pero resultaba aterrador sumado al misticismo del alegato y el decadentismo histriónico de aquella casa.

—Sí —titubeé al percibir la respiración agitada de Carla.

—Perfecto entonces —bebió de nuevo—. A partir de ahora haréis lo que yo os diga, y cuando salgáis por esa puerta, esta mujer llevará un hijo sano en su vientre.

Magdalena Magnus se apoltronó en su sillón.

—Desnudaos el uno al otro —ordenó.

Por un momento, ni Carla ni yo reaccionamos. Dejamos las copas en el suelo y sonreímos avergonzados. La terapeuta enarcó una ceja y cruzó los brazos como señal de impaciencia.

— No os preocupéis por mí. No os preocupéis por nada.

 

Mi esposa se acercó y me quitó el jersey. Yo desabotoné su blusa. Era evidente que ninguno de los dos estábamos cómodos, pero continuamos el ritual obligados por el fatalismo de la situación.

—Os desvestís como dos hermanos —dijo Magdalena Magnus, hastiada—. El amor es violento y egoísta, la vida es violenta y egoísta, buscad en el otro lo que necesitáis para vuestra propia satisfacción; buscad en su sexo la mitad que os falta, encontrad en su sexo la quintaesencia que saciará vuestra sed de siglos... 

Aquellas palabras activaron resortes ocultos. Miré a Carla, miré sus pechos agitados por la respiración. Ella me clavaba una mirada que hacía tiempo no me dirigía. Sus ojos verdes habían recobrado, de repente, el destello feroz de los primeros encuentros, así que le arranqué la camisa interior sin pensarlo y liberé su cabello rubio del entresijo de gomas y horquillas que estructuraban su peinado. Ella tiró de mis pantalones y tanteó bajo mi ropa interior.

—Follad como los animales —gritó Magdalena Magnum—. Sin energía no hay vida.

Desabroché el sujetador de Carla y lo arrojé al fuego. Noté que, por un momento, pretendía quejarse, pero entonces me incorporé, me quité la ropa restante y le acerqué la verga a la boca. Ella estaba de rodillas, aún llevaba falda, medias y bragas; me sonrió con picardía y me colocó las manos en sus pechos. Los acaricié mientras ella se deshacía de las prendas que aún llevaba puestas.

— Carla tiene unos pechos grandes y bonitos —dijo la terapeuta—. Disfrutadlos porque están grávidos de vida y futuro.

Por alguna razón, la voz de aquella extraña mujer me perturbaba, me obligaba a moverme en la dirección que ella decidía. Lamí las tetas de Carla, quien estremeciéndose de placer agarró mi miembro y comenzó a masturbarme.

—Lo haces mucho mejor con la boca.

—Ya lo sé —asintió mientras me empujaba con delicadeza.

Caí bocarriba y ella gateó hasta mi posición, se apartó el pelo rubio de la cara y se metió la polla en la boca. Yo masajeé su sexo vibrante y humedecido. Los gemidos amortiguados de Carla me excitaron aún más.

—Ponme el coño en la boca —ordené.

Hizo el movimiento sin interrumpir la felación, pero cuando lamí su sexo y succioné levemente sobre su clítoris, la oleada de placer se materializó en un grito.

—¡Si sigues así me voy a correr!

—Aunque te corras voy a seguir follándote.

Seguí comiéndoselo con intensidad hasta que percibí los primeros calambres del orgasmo. Ella dejó de chupármela y apretó su coño contra mi cara, movimiento que aproveché para aumentar la intensidad de la aspiración. Pellizqué sus pezones erectos y gritó como poseída hasta que alcanzó el clímax. Dejé que se relajara, gateó hacia su ropa como si hubiera vuelto a la conciencia, pero yo aún estaba encendido, así que la sujeté por la cintura y la penetré con dureza.

—¿Es que no quieres correrte una vez más?

No dijo nada, pero conforme yo la embestía ella fue recuperando el ritmo de los jadeos y el nivel de excitación. Me encaramé a sus tetas para que estuviéramos más cerca, para que nuestras pieles se fundieran en una sola. Entonces, de repente, Magdalena Magnus nos separó violentamente.

—Ya está bien por hoy —dijo—. Es suficiente.  

—¿Pero qué haces? —protesté.

—¡He dicho que ya está bien por hoy! —gritó—. Nos encontraremos en mi despacho. Última puerta del pasillo a la izquierda.

Carla y yo nos quedamos estupefactos; nos miramos un momento y, de repente, sentí vergüenza de la situación, así que esperé que la sexóloga abandonara la habitación para hablar con mi esposa de lo que había ocurrido.

 

—Carla, ¿qué es esto?

—No lo sé, pero ha estado bien —rió, socarrona, mientras se colocaba las bragas.

—Hemos follado delante de una vieja loca —insistí tras ajustarme los pantalones—. Creo que deberíamos irnos de aquí.

—¿Ahora te quejas? —Se puso la falda del revés—. Es la primera vez en mucho tiempo que disfrutamos del sexo, quizás ahí esté la clave.

—No me quejo —Sacudí el jersey—. Bueno, sí me quejo, creo que nos está drogando... ¿Qué lleva ese licor? He perdido la cabeza, yo no soy así. Esto es una locura. Vámonos. Estoy harto de estos rollos naturópatas.

—Relájate Héctor, yo probé tu estúpida clínica de fertilidad y no funcionó.

—¿Que la probaste? —pregunté irónicamente—. Te dedicaste a criticar el sistema capitalista como si estuvieras en una asamblea del partido...

—¡Basta ya! —gritó Carla—. Creo en esto, creo que puede funcionar y tú dijiste que estabas de acuerdo, así que ahora no lo jodas todo como haces siempre.

—¡No sé cómo puedes creer en estas sandeces y estar todo el día ladrándole a la tecnología!

—¿Sabes? —Carla se recogió el pelo en un moño—. Sí que me gusta la tecnología, ¡de hecho me encanta! —subió la intensidad de la voz—. Me flipa la jodida tecnología desde que mis amigas me regalaron un vibrador electrónico. Es enorme y cuando me lo meto hasta el fondo le doy las gracias con toda mi alma a los putos empresarios explotadores del sector de la juguetería erótica, a los diseñadores, a los programadores, a las probadoras e incluso a los pobres chinos que los fabrican en condiciones de semiesclavitud; les doy las gracias con toda mi alma porque vivo en esta sociedad machista, falócrata y heteropatriarcal que me obliga a satisfacer mis necesidades sexuales con aparatos en lugar de buscar otras pollas de verdad porque... —Carla comenzó a gritar—. ¿¡Sabes qué!? Esta sociedad que tanto te gusta prefiere que me meta una polla de plástico hasta las entrañas en lugar de follarme a todo tu puto barrio porque, joder, porque si me follo a todo tu puto barrio, a toda tu puta ciudad, a todo tu puto país y a todo tu puto mundo me abandonarías, así que tengo que darle las gracias a la tecnología por haber inventado una polla que me satisfaga aunque sea robótica, una polla que vale por todas las pollas que nunca podré tener.

—¡Vale, Carla, vale, lo capto! —Intenté tranquilizarla—. ¿Pero qué coño tiene que ver eso con nuestro problema para tener hijos?

—¡Tiene que ver con todo lo que somos! —vociferó—. Nuestra relación es un continuo chantaje emocional. No puedo follar con quien quiera porque me dejarías, te irías de mi lado...

—¿Entonces todo esto se basa en que quieres tirarte a otros hombres?

—¡No! —Negó con la cabeza—. ¡Joder qué imbécil eres! Esto es tan simple como que te amo pero no puedes darme un hijo, Héctor, no puedes, y yo te quiero con todo mi corazón pero estoy atrapada... Me obligas a elegir entre la maternidad y tú, entre la feminidad y tú, entre el gozo de mi coño empoderado y tú...

—Bueno, cariño, se supone que esta terapia debe funcionar.

 

Carla se calzó los zapatos y avanzó hacia la puerta, que cerró con fuerza. Sus últimas palabras aún aleteaban en mi memoria cuando me llamó a gritos desde el pasillo. Suspiré profundamente y caminé cabizbajo. Nunca habíamos discutido tan fuerte, nunca habíamos discutido tan fuerte tan lejos de casa, ni mucho menos en una situación tan surrealista. Quería irme de allí pero temía perderla para siempre. Sufrí un leve vahído cuando salí al corredor. Reparé en un espejo ovalado que me devolvió una imagen indeseable. Mi yo desgreñado, envejecido, vestido a la moda de hacía diez años, un hombre de cuarenta y tres varado en la treintena, un hombre atormentando por el fantasma de la calvicie, que ya se vislumbraba más allá de las sienes y en la coronilla, donde el cabello moreno clareaba, donde algunos mechones de pelo resistían, pajizos, sin consistencia, el asedio continuo de la alopecia androgénica, un hombre fofisano, maldito término, de tez cetrina y ojeras acentuadas, un hombre que a tales alturas no merecía el milagro de la paternidad. Quizás, pensé, yo era el problema más allá de la calidad de mi semen, quizás, imaginé, había sobrepasado la línea que demarca la fertilidad y ya, por imperativo biológico, mi pareja prefería ejemplares más sanos y jóvenes. Durante muchos años había ignorado los consejos de las cajetillas de tabaco, me había alimentado de alimentos precocinados, dulces industriales y demás porquerías pese a las recomendaciones de Carla, quien había defendido mi salud con esa actitud beligerante y antisistema que nunca tomé demasiado en serio. Posiblemente, solo posiblemente, delegué en la ciencia y la tecnología hasta algo tan íntimo y natural como la paternidad porque me sentía incapaz como hombre.

Carla apremió desde el extremo del corredor. Avancé hacia su posición y sentí lástima por ella, por los últimos años de nuestra relación cedidos a una convivencia rutinaria, jalonada de pequeñas alegrías expresadas en viajes y descubrimientos comunes, nada más que una triste y aburrida sucesión de grises donde alguna vez despuntó un rayo de luz.

—Si esto no nos sale bien me iré de casa el lunes —amenazó.

—Estoy de acuerdo.

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