Maculada Concepción (Partes I y II)

Primera parte

  Segunda parte:

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer. –Sacó unas hierbas de un cajón del despacho—. Soy sexóloga, al menos así me titularon los funcionarios de la universidad; pero sobre todo soy bióloga evolucionista biologicista, términos en los que no abundaré para no aburriros. –Lió las hierbas en papel y prendió uno de los extremos—. Creo en el poder de la naturaleza sobre todas las cosas. Creo que todos los problemas reales del ser humano provienen del mismo momento en que abandonamos la senda evolutiva y utilizamos la tecnología para que rigiera nuestros destinos. –Dio una calada y nos ofreció el cigarrillo. Carla aceptó—. ¿Sabéis cuál fue el momento en que el ser humano perdió el rumbo? ¿Carla? ¿Héctor?

La propiedad privada.

Interesante sonrió Magdalena Magnus, pero insuficiente... ¿Héctor?

¿La agricultura?

Frío, frío. Sacó más hierba y empezó a liar otro cigarrillo. Quédate ese, Carla, te sentará bien.

No es marihuana, ¿verdad?

No, es mejor. Magdalena le guiñó un ojo a Carla. Volviendo al tema que nos atañe, el momento en que la humanidad se descarrió tiene que ver con un hito que ha sido soslayado por todos los grandes investigadores. La humanidad se condenó a sí misma cuando eligió el patriarcado como estructura social. Encendió el nuevo cigarrillo y dio una profunda chupada. Y ahí entronco con tu respuesta, Carla, porque la propiedad privada surge del cambio de este paradigma. Mientras la mujer era el centro de la tribu, no había posesión sobre las cosas ni, mucho menos, sobre las personas, porque solo existía la certeza de pertenecer a la madre, es decir, a aquella que engendraba y paría. Fumó y me ofreció el cigarrillo, que esta vez acepté porque necesitaba un nivel mayor de abstracción para interpretar aquellos datos. Cuando las mujeres de la tribu alcanzaban su momento de mayor fertilidad, los hombres fornicaban con todas y cada una de ellas. No había discriminación ni distinción. Fornicaban durante horas. Aquellas madres de la humanidad eran diosas de la sexualidad, y acogían entre sus piernas a todos y cada uno de los hombres de la tribu que consideraban aptos. Los hombres eyaculaban uno tras otro en el interior de las matriarcas, y solo el semen más poderoso conseguía fructificar en un nuevo miembro de la tribu, pero entonces, ¿de quién era el hijo?

De la tribu, solo de la tribu.

En efecto Carla, los hijos nacidos de aquellas orgías eran hijos de la comunidad, todo cuanto hacían pertenecía a la comunidad, todo cuanto inventaban pertenecía a la comunidad porque eran hijos de las madres y las madres, como entes superiores, eran la tribu.

Disculpe Magdalena, no entiendo qué tiene que ver esto con el problema que tenemos mi mujer y yo para concebir...

Hombre impaciente. Carla le devolvió el cigarrillo a la sexóloga y esta, después de agradecer el gesto con un sonrisa, continuó la explicación. Evidentemente, la capacidad de raciocinio de las primeras comunidades humanas no se basaba en ideas tan elevadas como la estructura social o la división de poderes. Procreaban con orgías porque aseguraban la fecundación, y aseguraban la fecundación no solo porque los óvulos recibieran más cantidad y tipología de semen, sino porque además el semen de los machos que compiten por una hembra mejora, adquiere consistencia y calidad, lo cual está científicamente comprobado.

Dudo, sinceramente, y con todo respeto, sobre la validez de esa teoría dije ofendido porque entreveía la futura proposición de aquella mujer.

Déjame terminar. Sacó una botella de licor que tenía bajo la mesa. Los gemidos femeninos son uno de los atavismos que demuestran la validez de la teoría, en tanto que son el reclamo para que otros machos se unan a la cópula.

Vaya, nunca lo había pensado dijo Carla asombrada.

Sigo sin entender la relación con nuestro caso.

Héctor, he visto cómo copulabas con tu mujer. Magdalena me dirigió una mirada sombría. Eres un hombre inseguro y posesivo. Te costará asumir esto.

¿Asumir qué?

Que la terapia consiste en que seas testigo de cómo tu mujer se folla a tres hombres a la vez mientras tú miras.

¿¡Qué!?

Te advierto, además, que son tres portentosos ejemplares.

¡Estás de broma! grité, levantándome de golpe. ¡Esto es una puta broma pesada! ¡Ni de coña! ¡Vámonos Carla!

Tranquilízate, no estás hablando tú sino el heteropatriarcado, siglos de persecución religiosa...

¡Déjese de historias vieja chiflada! vociferé. ¡Nadie va a follarse a mi mujer!

Ahí están otra vez los pronombres posesivos intervino Carla. ¡No te pertenezco!

¡No te pertenece!

¿Pero estáis hablando en serio? ¿Qué clase de locura es esta?

Es un método ancestral que funciona, Héctor. Magdalena Magnus intentaba serenarme. Por ese motivo no te he dejado eyacular antes. Cuando mañana esos tres hombres forniquen con tu mujer, generarás picos de testosterona inauditos, tu semen adquirirá consistencia y cuando te corras en el interior de Carla ella quedará embarazada.

Carla, por favor, dime que es una broma, por favor dímelo ya.

¿Prefieres que me metan tu semen encapsulado dentro de la vagina en un laboratorio antes que esta terapia? preguntó Carla ofendida. Joder, esto es natural, esto es vida, no esos salones con luces de neón, brazos robóticos y enfermeras antipáticas porque cobran por debajo del convenio colectivo.

Querido Héctor suavizó Magdalena Magnus, si los celos son el problema, no te preocupes; para asegurar tu erección el momento álgido de la cópula, pondremos a tu disposición dos bellas mujeres que te harán gozar hasta que llegue tu momento.

Quiero irme de aquí.

Puedes irte, pero yo me quedaré zanjó Carla. Y volveré a la ciudad con un hijo en mis entrañas, aunque sea de alguno de esos hombres.

Eso aumenta el precio del servicio matizó Magdalena Magnus.

Lo pagaré.

Estupendo, no te arrepentirás dijo la terapeuta porque además el servicio incluye un vídeo de la sesión para que lo tengas como recuerdo. Emití una carcajada enloquecida y brutal.

¿Vídeo? carcajeé de nuevo. ¿En serio? ¡Sois muy naturistas solo para lo que os interesa pero utilizáis la tecnología, el dinero y todo lo demás cuando os da la gana!

Era una broma dijo Magdalena mientras negaba con la cabeza.

Me marché de aquel despacho agobiante con la sensación de que el mundo giraba bajo mis pies. Caminé a trompicones por el corredor hasta que me enfrenté, de nuevo, con el espejo ovalado. Entonces me desmayé.

 

Desperté doce horas después. Carla esperaba a los pies del lecho ataviada con una túnica blanca. Por un instante, creí que estábamos en casa, que todo había sido un mal sueño, pero un turbión de imágenes vívidas sacudieron mi cabeza y me incorporé angustiado.

Seguimos aquí suspiré.

Puedes irte si quieres dijo Carla. No tienes por qué pasar por todo esto.

Carla, es demasiado.

Lo entiendo, no estás preparado.

Ni yo ni mucha gente.

Quiero que sepas que te amo, que te amaré siempre. Carla cobijó mis manos entre las suyas. Pero no compartimos la misma perspectiva. Esta situación me ha hecho abrir los ojos. Ahora sé lo que quiero, ya ni siquiera se trata de que tengamos un hijo. Durante mucho tiempo he sentido la necesidad de expresar mi sexualidad de muchas formas, pero no le he hecho porque temía perderte. Ya no creo en ese tipo de amor egoísta. Aún estoy a tiempo de vivir.

Solo dime una cosa dije, claudicante. Toda esto es por el sexo o porque queremos tener un hijo.

Te lo dije ayer suspiró, es por todo. Lo siento, pero me están esperando.

Carla se enjugó una lágrima y salió de la habitación. Los recuerdos de nuestra vida juntos pasaron como una ráfaga por mi memoria. Amaba profundamente a esa mujer, me había hecho muy feliz, me había enseñado a mirar la vida con otros ojos, a interesarme por el verdadero sentido de las cosas. Si mis opiniones eran una serie de construcciones morales inoculadas por una sociedad pazguata perdería a Carla por temores infundados; si realmente era mi manera de comprender el mundo, jamás le perdonaría que prefiriera copular con tres hombres antes que darme un hijo nacido de la fidelidad y la convivencia. Demasiadas cuestiones trascendentales para discernir los beneficios y perjuicios en tan poco tiempo. Pero una sensación prevalecía sobre el resto: no quería perderla para siempre. Quizás todo se resumía a mis propios temores, a mi inseguridad innata, la sospecha de que otros hombres pudieran arrebatarme su afecto, pero si ese era mi miedo, no tenía sentido que le negara la posibilidad de vivir esa experiencia y engendrar un hijo porque ninguno de esos ejemplares, como Magdalena Magnus los había llamado, pugnarían por su corazón, solo por su sexo. Llegue a esa conclusión, salté de la cama y corrí por el pasillo. Entré de golpe en el salón. Había un lecho redondo y hachones de cera alrededor. Tres hombres altos y fornidos vestían túnicas carmesíes. Uno de ellos era rubio, de ascendencia caucásica; otro de piel morena y melena negra, aparentemente latino, y el último era un auténtico gigante de piel negra, rapado, amplio de espaldas y mandíbula prominente. La terapeuta estaba sentada en su sillón mientras dos chicas asiáticas, también ataviadas con lo que parecía el uniforme oficial, le masajeaban los hombros. Carla avanzaba a paso lento hasta el centro de la sala como una neófita que jurara votos en su primer aquelarre.

 

Voy a hacerlo. Mi voz me sonó extraña. Estoy dispuesto.

Carla se giró hacia mí. Sonreía, pero no dijo nada. Percibí su nerviosismo.

Cariño insistí sin convicción, estamos juntos en esto.

Amplificó su sonrisa y sus labios, sin pronunciar palabra, dibujaron un gracias, quizás el más sincero de toda nuestra relación. Yo tenía miedo, pánico, porque no sabía si podría soportar la escena, pero si aquel día había un mártir, decidí que ese mártir sería yo. Carla merecía todos mis esfuerzos y sacrificios. Había deseado un hijo desde hacía años y, al parecer, había necesitado un nuevo enfoque para su sexualidad desde el mismo momento. Yo, Héctor, solo un hombre, nada más que un hombre, no era quién para negarle nada.

Carla se situó sobre el lecho y se desprendió de la túnica blanca. La cabellera rubia se desparramó sobre su espalda. Le brillaban los ojos verdes de excitación. Sus grandes pechos, su vientre plano y sus caderas redondeadas, iluminadas por el fuego de los hachones de cera, adquirieron un color dorado.

Héctor, me alegro de tu decisión dijo Magdalena Magnus levantándose de su asiento. Deja que estas chicas te acomoden.

Me acerqué al sillón. Las dos chicas asiáticas se desvistieron y aprecié sus cuerpos desnudos, sus pechos turgentes, sus pezones erectos, el trazo negro del pubis y sus sonrisas sicalípticas invitándome a olvidarme de todo cuanto quedara fuera de esas cuatro paredes. Mientras tanto, los tres hombres se aproximaban a Carla liberándose de sus vestiduras. Recordé que Magdalena Magnus se refirió a ellos como tres ejemplares, definición que asumí conforme caían sus túnicas y la desnudez revelaba los brazos torneados, el torso musculado, las espaldas anchas y las enormes vergas que, aún fláccidas, se bamboleaban a cada paso. No quería mirar así que intenté centrarme en las dos mujeres que me agasajaban con besos y caricias, moviéndose al son de una danza pausada pero intensa, mientras retiraban la ropa que aún cubría mi piel.

Héctor apremió Magdalena Magnus, el objetivo es que mires. Recuerda que debes luchar por esa hembra. Señaló a Carla. Puedo ayudarte con afrodisíacos.

Negué con la cabeza. La situación me sobrepasaba, pero estar allí era una decisión propia, así que repudié el viático que me ofreció la terapeuta y miré en dirección a Carla, rodeada ya por los tres hombres. Parecía dubitativa.

Carla, déjate llevar indicó Magdalena Magnus. No te tocarán hasta que tú los toques.

Entonces sucedió. Mi esposa gateó desnuda hasta que estuvo cerca del hombre negro.

¿Cómo te llamas?

No importa.

Quiero saberlo.

Addo.

Addo, tienes una polla enorme dijo Carla, cachonda. Nunca le he mamado la polla a un negro.

Carla se agachó y empezó a chuparle la polla a Addo, cuyos músculos se tensaron por el placer. El gigante me dirigió una mirada de autosuficiencia que me incomodó. Sentí un brote de violencia y estuve a punto de apartar a las dos chicas asiáticas para separar a Carla de aquel hombre; pero me contuve. Era evidente que mi esposa estaba disfrutando, sobre todo desde que el latino se acercó a su oído y empezó a susurrarle un listado de posturas que había preparado para ella, o al menos eso imaginé tras escuchar alguna frase inconexa.

Y por último Addo te empotrará decía el latino. Es mejor que te chinguemos primero nosotros porque esa verga negra te reventaría si no hacemos un trabajo previo en tu panocha. Por cierto, me llamo Gon y este gringo rubio es mi amigo Ibor; no te preocupes por no habérnoslo preguntado, a todas os pasa igual, os vais directas a por el tiznado.

Las dos chicas asiáticas me habían desnudado por completo y lamían mi polla por turnos. La más menuda me miraba con los ojos muy abiertos. Cedió el testigo a su compañera, le retiró el pelo de la frente y la estimuló con caricias en la entrepierna. Mi esposa seguía chupándosela al gigante Addo. Entonces el caucásico se situó tras ella y Gon le acercó la verga a la cara para participar en el acto. Carla asumió la petición y empezó a masturbar al latino. Ibor se tendió bajo la mujer y empezó a lamer su coño. Por un momento Carla se desentendió de todo y comenzó a gemir

¡Disfruta! exclamó Magdalena Magnus ¡Ahora eres una mujer plena! Sus gritos y movimientos eran deslavazados, lo que evidenciaba su estado de ebriedad. ¡Esta es la batalla ancestral del esperma, Héctor! ¡Siente cómo crece la fuerza dentro de ti!

Mi propia erección me resultó dolorosa. Una chica asiática lamía mi falo mientras la otra introducía mi escroto en su boca. Carla gritaba de placer. Ella alternaba la polla de Addo y la de Gon procurando no descuidar ninguna demasiado tiempo. Entonces Ibor se irguió, se colocó de rodillas y penetró a mi esposa. Las embestidas fueron pausadas al principio, pero alcanzaron un frenetismo inaudito conforme los jadeos de mi mujer aumentaban la intensidad. Entonces, el gigante negro, cansado del rol pasivo, dio un paso hacia la izquierda, situándose al lado de Carla, cuyos pechos comenzó a magrear. Gon se afirmó en su postura disfrutando de la felación que ella solo descuidaba para dar instrucciones o alabar los placeres que le brindaban.

Me encantan vuestras pollas gritó. Folladme entera.

Magdalena Magnus se acercó a mí.

¿Qué tal te sientes?

Estoy bien respondí.

Pronto llegará tu momento.

Yo permanecía atento a los lances de mi esposa, quien disfrutaba del sexo como nunca. Entonces, tomó la iniciativa. Se desunció de Igor y empujó a Gon para que se tendiera bocarriba. Cuando estuvo en esa posición, se sentó a horcajadas sobre él.

Quiero sentir tu polla dentro de mí.

Todos los falos parecían pequeños comparados con el miembro de Addo, pero sin duda, tanto Ibor como Gon estaban muy bien dotados y sabían utilizar lo que la naturaleza les había concedido. Carla reclamó al gringo y al gigante negro. Brincaba sobre el latino pero solicitaba el contacto de los otros hombres, quienes arrimaban sus pollas a la cara en busca de un lametón furtivo o aguardaban los momentos en que Carla frotaba su clítoris contra el pubis del compañero para acariciar los pezones de la mujer con sus glandes. Fue entonces cuando Magdalena Magnus le dijo a una de las chicas asiáticas que se uniera a la orgía. Al parecer, Addo necesitaba estímulos continuamente para sostener aquella erección portentosa, así que la joven se acercó y fue empotrada automáticamente contra la pared mientras le llegaba el turno a mi esposa, privilegio que ella misma no tardó en reclamar, encelada quizás por la falta de atención del gigante. Carla se tumbó boca arriba y abrió las piernas.

Fóllame Addo.

Addo obedeció. Abandonó a la chica asiática y se acomodó sobre Carla, a quien penetró lentamente.

Más despacio pidió mi esposa. Duele.

Apenas un minuto más tarde el ritmo era frenético y si había dolor nadie lo expresaba. Addo me miraba mientras se follaba a mi mujer, quien se masturbaba compulsivamente mientras recibía las embestidas. La joven asiática lamía sus pechos y tanto Ibor como Gon, una vez más, le habían acercado las pollas a la boca para que ella las chupara, pero en ese momento, gritando de placer como una descosida, no atendió las súplicas.

¡No pares! ¡No pares! ¡Me estoy corriendo!

De repente, Magdalena Magnus apartó de un manotazo a la chica asiática que aún estaba chupándomela y me empujó a la escena.

Penétrala justo después del orgasmo me ordenó la sexóloga.

Los gemidos de Carla retumbaron en toda la sala. Tras unos instantes, Addo se retiró creando, junto a Ibor y Gon, un corro alrededor de mi esposa. Cuando me acerqué parecía abstraída, pero impelido por Magdalena Magnus la penetré y empecé a follármela.

¡La guerra ancestral del semen! vociferaba Magdalena Magnus enloquecida.

Los otros hombres se masturbaban sobre la cara de mi esposa cuando esta no tenía manos o boca para estimular sus miembros. Cuando me corrí, Carla tenía la polla de Ibor entre los labios. Fue entonces cuando los tres ejemplares vertieron su semen sobre ella y yo percibí los primeros compases de la tristeza postcoital.

 

Nueve meses después, Carla y yo tuvimos un hijo. La terapia funcionó a todos los niveles. Yo soy más naturalista y Carla es mucho más feliz. Nuestro hijo crece fuerte y sano en el seno de una familia cohesionada y vitalista. Hoy en día, nuestras relaciones sexuales implican a muchas personas y nos sentimos más seguros como pareja. Regresamos al hogar de la peculiar sexóloga unas cuantas veces más hasta que en una ocasión nos comunicaron que había muerto intoxicada por una sobredosis de extrañas hierbas. Fue una lástima, pero si algo aprendimos de esa mujer tan peculiar es que la vida es un ciclo que jamás concluye. Sin duda, aquella experiencia nos cambió la vida tanto que, a nivel profesional, he creado una página web de cornudos donde parejas de todo el mundo suben vídeos en los que los hombres miran cómo sus mujeres se follan a terceros. Estoy ganando mucho dinero con esta iniciativa, lo cual me ha demostrado que la teoría de Magdalena Magnus es correcta y, por ende, paradigmática. La competición ancestral del semen es un hecho. Carla está en contra de la capitalización de las ideas y secretos de la difunta sexóloga, pero yo insisto en que, simplemente, estoy democratizando los beneficios de una terapia basada en leyes ancestrales. Al margen de eso, debo confesar que yo no veo porno en internet porque todos los vídeos se me antojan pasajes casi infantiles en comparación con las orgías que gocé en la casa de Magdalena Magnus.

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