Ni hablar del peluquín

Aunque un refrán es un dicho agudo y sentencioso, bien nos vale esta expresión –¿traída por los pelos?- para peinar un rincón oscuro de nuestro lenguaje. ¿Por qué no se debe hablar de esta prenda? ¿Quién querría robarnos tanta diversión? ¿Qué tabú pesa sobre ella? ¿Qué se esconde debajo de la moqueta? Soltémonos el pelo, atrevámonos a incumplir el mandato y hablemos, entre otras cosas, del peluquín.

La relevancia del pelo y de la ausencia del mismo es una preocupación tan antigua como la alopecia, maldita alopecia. Solo lo sabe el que la sufre. Este trastorno fundamentalmente social (del latín alopex, zorro, que cambia el pelo dos veces al año) puede tener múltiples causas, pero fundamentalmente es una: de padre calvo, hijo calvo. En un lenguaje algo más científico, la alopecia androgénica indica que tus folículos pilosos son demasiado sensibles a tu testosterona. No necesariamente significa que seas más macho, sino más bien que tus pelos son un poco made in China. Este proceso gradual hace que los pelos no se tomen el relevo unos a otros. Cada uno de estas pequeñas fibras de queratina suma un centímetro al mes durante un periodo que varía de dos a seis años, después de ese prolongado esfuerzo se toma veinte días de calma y, por último, cual salmón, muere en el plazo de tres meses. Si eres afortunado, otro pelo llegará después para ocupar su lugar. Si no, no. Aunque los niveles de testosterona se pueden controlar farmacológicamente, el factor genético es imposible de manejar. Castrándote solo conseguirás una bonita y aguda voz en tu calva cabeza. Así pues, no hay más remedio para este problema que afrontar el destino serenamente o tomar medidas cosméticas más o menos acertadas. Véase el caso Anasagasti como un don’t. Mejor un peluquín, sin duda.

El pelo puede ser de lo más pertinaz o de lo más fugaz, siempre de lo más caprichoso. Parece una ironía que una de las momias más antiguas que se conservan (3400 AC) reciba el nombre de Ginger por su mechón de pelo rojizo. Y otros no llegan a los treinta sin enseñar el cartón. El pelo y su apariencia ha sido un elemento esencial para comunicar el estatus social. Nunca o casi nunca –hasta el advenimiento de Bruce Willis- se interpretó la alopecia como un símbolo de virilidad, sino más bien de decadencia física. Asociado a este concepto, la manipulación de la cabellera ha sido instrumento de dominación o humillación pública. La última dinastía china, la Qing (1644-1912), de origen Manchú, sometió a la mayoría Han y la obligó a llevar coleta y la cabeza rapada.  “Mantén tu pelo y pierde tu cabeza, o mantén tu cabeza y pierde tu pelo”, pero de buen rollo. El mismo buen ambiente que podían respirar las jovencitas colaboracionistas que eran esquiladas como ovejas en las calles de París en el verano de 1944. Afortunadamente ya no llegamos a semejantes extremos, aunque los pelos siguen proporcionando una valiosa información.

Se entiende la necesidad del varón por cubrir sus vergüenzas de alguna manera. En cualquier caso, el peluquín no debe confundirse con la peluca, que cubre la cabeza entera. Este sería el caso de Luis XIV, Dolly Parton o Elton John en carnaval. El peluquín, sin embargo, convive con el pelo natural de aquel que necesita cubrir solo una parte calva. De igual modo, se denomina bisoñé (del sutil francés besogneux, necesitado) al tipo de peluquín que tapa solo la parte delantera de la cabeza. Por ejemplo, Dionisio Rodríguez El Dioni, Chuck Norris o Elton John un lunes cualquiera. También debemos distinguir entre el peluquín moderno -si es que tiene sentido ese adjetivo- y aquel que se calzaba Mozart para bajar a por el pan, muy de moda desde finales del XVII hasta que Napoleón, hombre de pelo en pecho, lo hizo pasar a la historia posando con sus greñas juveniles. Greñas, por cierto, conservadas y analizadas una y mil veces en busca del arsénico que lo mató, que ahí sigue impregnado.

Modas aparte, ¿qué misterio encierra pues este oscuro objeto cosmético? Casposa la prenda y casposa la locución, su origen no podía ser menos casposo. Corría el penoso año de 1942 cuando el cine español daba a luz sin epidural una (otra) comedia musical, folclórica y evasiva: Canelita en Rama. Muy del gusto o del disgusto de la época, escrita y adaptada por Antonio Guzmán Merino (El pequeño ruiseñor, 1956), protagonizada por Juanita Reina, dirigida por Eduardo García Maroto y con música del maestro Quiroga (sí, el de “tenemos Quintero, León y Quiroga” de Sabina, el palíndromo Q-L-Q).

Probablemente a García Maroto, maestro del cine, le hubiera gustado seguir los pasos de Buñuel, quien pocos años después escribía –y guardaba en un cajón por otros veinte más- la idea de El Ángel Exterminador. Maroto había sido una estrella ascendente durante la República por su trabajo como montador (Nobleza baturra, 1934) y, pese a mancharse de barro durante la dictadura (Raza, 1941), tocó techo dirigiendo la producción de superpelículas como Orgullo y Pasión (Stanley Kramer, 1957), Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) o Patton (Franklin J. Schaffner, 1970). Se entiende así que al dirigir Canelita, en 1942, se tirara de los pelos al comprobar que los aplausos enardecidos del público obligaban al operador a parar la proyección. Por muy deprimente que fueran el género y el código -censura obliga- había logrado su mayor éxito comercial. El talento de Q-L-Q en la voz de Juanita Reina caló lo suficientemente hondo como para que los españoles volvieran del cine a casa tarareando un par de temazos. Uno de ellos era Ni hablar del peluquín, una coplilla salerosa que dice así en sus primeras estrofas:

“La cabeza como un huevo

tenía Don Valentín […]

Y se ha puesto como nuevo

comprándose un peluquín.

El día que lo estrenaba

a una niña se declara

y ella dice que ha notao

en él una cosa rara.

 

La madre dice: hija mía,

como viene con buen fin,

andando a la sacristía

y ni hablar del peluquín”.

 

Inestimable lección de vida que le da la madre a la hija en esta comedia ligera que hacía reír a los españoles de entonces. En contra de lo que se suele pensar, ni hablar del peluquín no quiere decir nanay, ni en absoluto. Quiere más bien decir lo contrario, ya lo creo que sí. Te casas, vaya que si te casas. La copla entera es una sucesión de matrimoniadas en las que el peluquín es el epicentro de todas las riñas de la pareja. Aunque Juanita Reina le puso voz por primera vez a esta pieza, fue el cantante Juan Legido, El Gitano Señorón, quien incorporó a su repertorio y popularizó estos versos en América Latina en los años siguientes. La expresión, hoy agonizante, caló con fuerza durante décadas a ambos lados del Atlántico.

Qué objeto tan cautivador el peluquín, que se usa para camuflar lo que se percibe como un defecto, cuando en realidad estamos colocando un cartel de neón inmenso justo encima. Pobre Don Valentín. La calvicie se convierte entonces en el elefante en la habitación.

Supongo que a las “becarias” de Berlusconi se les advertía también: y ni hablar del injerto. Todo el mundo lo ve, lo nota, lo palpa, casi lo saborea en su paladar, deja un rastro pestilente tras de sí. Pero el rey pasea tranquilo con su traje nuevo, convencido de que el elefante no está ahí. Ni hablar de despido, ni hablar de muertos, ni hablar de crisis, ni hablar de ese señor, ni hablar de eseotro señor por el que usted me pregunta. ¿Qué se puede esperar de gente que se tiñe el pelo sí y la barba no? Ni hablar del peluquín. 



Artículos relacionados