No al despropósito de fabricar libros

El francés Marcel Prévost dijo que “el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma”. Sin embargo, para ser sinceros, este encuentro con un conjunto de páginas bien escritas y encuadernadas que nos haga ver a todas luces y dialogar con nosotros, con un autor, o con nuestros antepasados, es cada día más complicado. Habitamos en el eterno bucle del desenfreno, del estrés laboral, del ruido, de la rapidez e inmediatez, y estamos rodeados de pantallas que nos trasladan a otros mundos sin esfuerzo y, si queremos, hasta sin ninguna reflexión de por medio. Conseguir un momento para agarrar un libro y disfrutarlo, si se tiene la capacidad, es tan irrealizable que constituye todo un acto heroico en sí y casi un acontecimiento revolucionario.

Lo que seguro tampoco pudo prever Prévost es que a las bajas cifras de lectura que acompañan a nuestra generación y que en España suponen que uno de cada tres ciudadanos directamente no lea, se le ha sumado otro preocupante componente más al mundo editorial, algo que hace que se diluya ese “hallazgo afortunado” de nuestros preciados libros, un encuentro que cada vez es menos fortuito, menos elegido por nosotros, y que a menudo está dictado por los intereses económicos de un fenómeno inexistente en la época de nuestro escritor -finales del siglo XIX y principios del XX-: la concentración editorial.

Esta concentración editorial nació en los ochenta con la adquisición que hizo el conglomerado de medios de comunicación alemán Bertelsmann de sellos históricos españoles como Plaza&Janés en 1984, mientras que otros como Grijalbo pasaron a formar parte de la italiana Mondadori. El proceso, que ya empezaba a asustar, se ha acelerado vertiginosamente en los últimos años debido a que muchos sellos independientes han vislumbrado que ante la crisis que atraviesa el sector era mejor refugiarse bajo el manto protector de un gran grupo. 

En este complicado juego, la editorial Random House, de la mencionada Bertelsmann, adquirió en 2001 la italiana Mondadori. No obstante, el culmen llegó con la fusión más grande de toda Europa. En 2013, Bertelsmann, presente en 63 países, se unía a la empresa británica Pearson. De este matrimonio, nació la gigantesca editorial Penguin Random House (PRH).

Mientras tanto, en España, la mítica Tusquets, fundada por Beatriz de Moura en 1967, pasaba en 2012 a formar parte de grupo multimedia Planeta, quien en los ochenta consiguió reunir a muchos referentes de la cultura editorial española como Seix Barral o Destino y actualmente reúne más de cincuenta sellos. Por otro lado, el año pasado PRH volvió a la carga con las miras puestas a “hacer las Américas” mediante negociaciones con Santillana que desembocaron en la compra de sus Ediciones Generales, con presencia en España, Portugal, Latinoamérica y Estados Unidos, y la consiguiente adquisición de los sellos en lengua española Aguilar, Alfaguara, Punto de Lectura, Suma de Letras y Taurus.

A efectos prácticos, todo esto supone que en España nos encontramos bajo una suerte de duopolio, entre PRH y Planeta, algo que sin duda determina gran parte del mercado editorial español, y que a grandes rasgos supone una predominante determinación a “hacer negocios” por encima de la tradicional labor de la edición en sí, que además de ser un medio de vida, supone entender que hacer libros es una importante tarea que revierte en la sociedad.

Por suerte, medianos y pequeños editores trabajan cada día en la honorable tarea de mimar a sus fieles y conseguir algunos nuevos, en un panorama muy activo, al menos en las grandes ciudades. Su objetivo es huir de las grandes dinámicas empresariales, ofrecer calidad por encima de cantidad a sus lectores y seguir editando libros que merecen ser leídos y que todos merecemos leer.

“Las concepciones en el mundo editorial han cambiado y han permitido que proyectos pequeños como Sexto Piso sean viables. Hace 20 o 30 años era más difícil de conseguir”, indica Santiago Tobón, director en España de la editorial hispano-mexicana. “A nosotros no van a comprarnos ni tampoco a nuestros amigos editores. No interesamos, ni nos interesan. Hay un hueco para nosotros”, nos promete.

Pero aludiendo a la cruda realidad, Santiago advierte la pérdida de libertades ante el fenómeno de la concentración. “El tema ya no está en manos de editores, sino de grandes grupos que tienen canales de televisión, medios de entretenimiento, periódicos... Las editoriales que pertenecen a estos grandes grupos corren el riesgo de ser vigiladas por otros criterios y, en el mejor de los casos, les dejan hacer. Para mí es una libertad vigilada que siempre está supeditada a otra toma de decisiones que no son estrictamente editoriales”.

A su vez, Rubén Hernández de Errata Naturae -“un proyecto editorial que pretende distanciarse de las imposiciones más ensordecedoras de la ineludible industria cultural”- es consciente de que “la concentración editorial está afectando a una remodelación del mercado en términos amplios” y que genera “una competencia muy desigual”. A corto plazo, es claro: “(El fenómeno) no afecta a nuestras ventas culturales y directas”. 

La italiana Donatella Ianuzzi, fundadora de la editorial española Gallo Nero, es capaz de entrever una consecuencia de la concentración que podría afectar a su editorial. “Los grandes grupos cuentan con sus propias distribuidoras y pueden ofrecer más descuentos que yo, que no tengo distribuidora propia, por ejemplo. En esos momentos, los libreros, que no lo están pasando nada bien, harían una selección de títulos basada en las condiciones preferentes que tienen con unos u otros. A largo plazo es posible que Random y Planeta se puedan hacer valer por presión”, augura.

Pero, no apostamos todo al blanco o al negro y, según apunta Santiago, no hay que dejar de recordar que en los grandes grupos editoriales también “hay grandes editores” y “también hay grupos que tienen buenas prácticas”.

Entonces, ¿nos dejamos absorber por el monstruo de la concentración y nos abandonamos a su suerte, perdiendo para siempre la confianza en un mundo civilizado y con “autosuficiencia cultural”? ¿o lo ignoramos porque asumimos que siempre habrá editores independientes que avalen nuestros derechos como lectores?

Más allá de esta dialéctica, el dilema pierde importancia cuando nos hacemos otra pregunta: A largo plazo, ¿quién velará por un variado y rico panorama editorial si en España el lector ávido es un animal casi en peligro de extinción? 

Lectores que se perdieron

No nos dejemos engañar por las modas y porque los hipsters, a pesar de ser diana de muchas críticas, al menos siempre pasean con un libro bajo el brazo, porque, la realidad y las cifras nos revelan que hay pocos lectores y mucha fachada. Un 35% de los españoles, según el Centro de Investigación Sociológica (CIS), no lee nunca o casi nunca y los que no lo hacen aluden a que no les gusta o no les interesa, o que no pueden por falta de tiempo. “Ya no hay confianza en el mercado, cada vez va a parecer más milagrosa la gente que vaya a comprar un libro. Ahora mismo es algo asociado a la imagen hipster, cultureta, y entonces se te conoce, pero de ahí a que sean tus compradores...o, más que eso, tus lectores...; que hayan pillado el recorrido, la atmósfera de lo que estás proponiendo. Eso es más complicado”, explica Donatella. 

“Lo que más preocupa es que no hay lectores formados. Sobre todo si te vas de los veinticuatro para abajo. La gente ya no tienen referencias literarias, tienen mucho hueco cultural. Hueco, no quiero llamarle ignorancia, pero sí es ignorar. No tienen ese mapa literario que nosotros tuvimos en nuestra juventud. No es que hayamos leído todo, pero sí teníamos un mapa de lecturas que vas construyendo con el tiempo. Ese mapa se borró, nadie lo está transmitiendo y quizás nosotros tampoco podamos hacerlo”, aunque “se sobrevive haciendo bien las cuentas y, en mi caso, siendo muy prudente”, afirma. 

Aún así, los nuevos libros no dejan de nacer a un ritmo vertiginoso. “En España se han llegado a publicar más de 80.000 títulos (cifra del año 2013), y somos una población de más de cuarenta millones con una población lectora muy pequeña. En Francia, con una población superior en término absolutos y, sobre todo, con una población lectora superior, se publican un alrededor de un 20% menos de títulos”, subraya Rubén, que pone en evidencia la falta de equilibrios.

A las cifras que no cuadran y a los pocos lectores se suma la piratería, el polémico fenómeno al que estamos acostumbrados y que, más allá de la frontera entre la ilegalidad y la legalidad o las leyes más o menos restrictivas, Santiago achaca a un desapego cultural. “La piratería es común y hay poca valoración a la creación y a la propiedad intelectual”, indica.

Pero ese hastío, esa desgana y esa descortesía deben gran parte de su razón de ser a unas desastrosas o inexistentes políticas de educación en torno al libro. Una mella cultural de la que debemos responsabilizar a nuestros políticos. “Leer es un hábito fisiológico que si no estás acostumbrado a hacer te va a costar mucho”, apunta Donatella, que critica que los lectores actuales nazcan más de forma “casual” que por los resultados de un plan de educación. “Esto fracasa y fracasa, sin hablar de los libros obligatorios. No creo que la persona que está viendo una serie pueda salir a leer el Quijote, o Camilo José Cela (…) Se ha roto algo, se ha roto el hecho de formar a los lectores cuando la cabeza está activa”, explica. 

Sin embargo, la editora de Gallo Nero comprende en parte que se sustituya al libro por otros productos culturales actuales. “La competencia más fuerte que tenemos para mí es la audiovisual. Se están haciendo cosas con las que yo estoy asombrada porque tienen una calidad increíble y también son creatividad y cultura. Me daría más rabia que los lectores desaparecieran por otro tipo de producto que no tuviera sentido”, afirma, al tiempo que apunta: “Yo también soy una consumidora de series, pero lo he introducido como una cosa más. Para mucha gente ha sido el primer contacto con una producción cultural de consumo rápido. Esa es la clave”.

El futuro ya está aquí o el libro electrónico

Si somos sociedades multipantalla y nuestro cometido es profundizar en la espiral digital, quizás el libro electrónico sea una de las puertas que nos trasladen al mundo literario y a la lectura en sí. Pero, pese a que el desarrollo del libro digital fue anunciado a bombo y platillo como un resurgir de la lectura en todo el mundo, el crecimiento en adeptos no ha sido ni mucho menos tan acelerado como se esperaba. Destaca como pionero Estados Unidos donde, a pesar del parón del último año, el éxito del libro digital es considerable: más del 20% de los lectores, según Pew Research Center, leen en e-book -muchos lo combinan con el papel-. En España es más difícil de calcular, ya que las grandes librerías online, entre las que impera Amazon, no pasan por el recuento de ISBN y tampoco ofrecen cifras digitales. No obstante, de nuevo según una encuesta realizada por el CIS a personas mayores de 18 años en 2014, el 79,7% de los lectores indicaron que preferían leer libros en papel que libros en pantalla y sólo un 11% leía en formato digital. Con estas cifras, en algunas partes se escucharon suspiros de alivio y en otras se criticaba la poca predisposición del mundo editorial español al e-book.

Aunque tanto Rubén como Donatella y Santiago aseguran que no se oponen al libro digital, como editores mantienen sus reticencias, que son de diferente naturaleza. “Tenemos hechos como una docena de e-books pero todavía no los hemos comercializado porque no le vemos mucho sentido, con total sinceridad. El mercado que representan los e-books en España es absolutamente despreciable, no llegan ni a un 1 por ciento. Ese mercado despreciable está también muy sectorializado y corresponde a un tipo de libros que no son los nuestros, tipo best-seller”, argumenta el editor de Errata Naturae.

Rubén reconoce tener “ciertas reticencias” a la idea de que los libros digitales no se compren, sino que más bien se “alquilen” y recuerda un caso paradigmático. Amazon retiró 1984 y Rebelión en la Granja de George Orwell de las tabletas de sus lectores porque, al parecer, hubo una confusión en los derechos de las obras. “Es como si, en el sentido más físico, Amazon pegase una patada en la puerta de tu casa, entrase en tu estante, te quitara el libro y te dijera, 'lo siento, es que nos hemos equivocado', y se fuera”.

Mientras, Santiago anuncia que Sexto Piso editará en digital este año “después de darle muchas vueltas” y la editora de Gallo Nero explica que ha firmado un acuerdo y bromea con que la van a “convertir”.

“Es un sector que seguimos con mucha desconfianza. Nuestro lector es en papel y lo seguiremos cuidando, seguiremos valorando el libro como objeto. Y tenemos muchas dudas de cómo ocurren las cosas en digital”, reconoce Santiago, que critica que Amazon “pone unas condiciones muy complicadas que rallan mucho con lo permitido” con “un sistema de ofertas de libros a las que te somete un distribuidor y que de un día para otro los libros bajan de precio”. En papel, sin embargo, “existe el precio fijo que es una medida que permite que un pequeño editor y una pequeña librería estén en igualdad de condiciones que un gran grupo o una cadena de librerías”.

Sin embargo y aunque crean que hay mucho por descubrir y reinventar en el panorama digital, Santiago y Donatella se suben al carro de la digitalización porque en cierta medida les apetece y es una forma de ganar lectores en aquellos lugares donde no llegan sus libros físicos, como en algunos países de América Latina.

Son más ganas de apostar y de no quedarse en un lugar de desventaja, que una inversión asegurada, porque a Donatella, por más que algunos se quejen del alto precio de los libros digitales, no le salen las cuentas. “De un libro de 10 euros que saco, que son los pequeñitos, para el distribuidor que te lo coloca en Amazon se va un 30% o un 35%. Lo que queda son derechos para el traductor (1%) y derechos para el autor que van de un 8 al 10 por ciento. Es que no queda nada. Y todavía tengo que sumarle lo que me ha costado la conversión. No salen las cuentas. No hay negocio ahí”, afirma.

Sin embargo, habrá que seguir apostando por nuevos formatos y nuevas maneras de llegar al lector en un intento por despertar el proceso de aprendizaje y de conocimiento insustituible que sólo dan los libros. Si queremos una sociedad más justa, más consciente de la realidad y más autónoma respecto al poder, tenemos la necesidad y el privilegio de leer.

Donatella tiene claro que la falta de lectura implica “daños a nivel de un país se notan mucho” como la falta de memoria colectiva que “influye por supuesto en las grandes políticas mundiales”. En la política “no hay proyectos a largo plazo” y en la vida privada todo es “de consumo rápido”. Más allá, “la gente no quiere conocer, quiere olvidar”. 

“Somos sociedades superdeprimidas y nadie lo quiere ver, pero estamos deprimidos, Europa está deprimida. La lectura implica una constatación de ese estado depresivo y una reflexión. Se nos empuja a consumir producto rápido y a tomar ansiolítico y así no está teniendo ni a ciudadanos pensantes ni a gente que pueda contribuir a una sociedad mejor”, afirma Donatella, que anima a enfrentarse a la soledad, algo que cada vez nos cuesta más, y “tener el valor de leer” porque, de lo contrario, “vamos a ser todos más pobres y sociedades peores”.

Etiquetas : literatura
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