No sin Abbie Hoffman. La revolución por la revolución

Abbie Hoffman encarnaba para unos el idealismo de la juventud de los sesenta, para otros la figura de un violento agitador; bufón para unos, y genial organizador de masas, manipulador de los medios de comunicación y artista de la performance política, para otros. Y para todos, el emblema del conflicto que, desde la lucha de Secesión, había enfrentado más profundamente a los Estados Unidos: la guerra de Vietnam.

 

Abbie Hoffman nació en Massachusetts en 1936, en el seno de una familia rusa judía. Destacó muy pronto por su necesidad de acaparar la atención: a los tres meses ya montaba pequeños números acrobáticos en la cuna, que acababan, si no despertaba el suficiente interés, en ataques asmáticos. Cuando cumplió trece años, la policía visitó su hogar: había intercambiado las matrículas de los coches del barrio. 

En los cincuenta, ser judío en Massachusetts era muy diferente a serlo en Nueva York. No es de extrañar que, en un ambiente antisemita, la cuestión de la integración  fuera importante para el joven Hoffman.

 

Sin embargo, no adquirió conciencia política hasta entrar en la Universidad de Brandeis. En el primer curso, tuvo como profesor de Psicología a Abraham Maslow, una persona que marcaría su vida. Maslow sostenía que el lenguaje en sí no puede ser obsceno, sino que es el receptor quien lo convierte en tal. También creía que el hecho de ser un rebelde no es necesariamente un signo de inadaptación social. Cuando la sociedad necesita un cambio, la rebelión no sólo puede ser psicológicamente necesaria, sino que indica salud mental. Hasta entonces, siempre habían dicho a Abbie que su comportamiento y su lenguaje eran exagerados. Las teorías de Maslow fueron para él una liberación.

Abbie observaba tanto la escena social como la cultural, mientras se dedicaba a otras cosas. Pero en 1960 ocurrieron varios hechos (inicio de las protestas pacíficas de estudiantes negros, la desobediencia hacia el servicio militar y el movimiento contra la pena capital) que iniciaron su activismo y definieron el radicalismo de los sesenta. Hoffman fue entrando en contacto con el movimiento pacifista, con la Nueva Izquierda y con el S.D.S (Estudiantes por una Sociedad Democrática). Junto a otras personas, fundó la revista The Drum, donde se publicaban todas las noticias sobre la lucha por los Derechos Civiles. Su intensa actividad, su capacidad de trabajo y su total dedicación pasmaban a todos, si bien se le criticaba por su obsesivo individualismo, que le llevaba a despreciar la disciplina de grupo, y por su impaciencia hacia los que no se entregaban en cuerpo y alma. Su meta nunca fue obtener poder, sino incitar a la gente a volcarse en una causa. Su naturaleza maniaco-depresiva, entonces en fase eufórica, empezó a manifestarse en forma de ataques de trabajo.

 

En esa misma época entró en contacto con el PPC (Corporación de la Gente Pobre), movimiento negro que más tarde daría paso a los Black Panthers. A pesar de simpatizar con el movimiento negro, también lo criticaba cuando lo creía necesario. Y aunque apoyaba el pacifismo, sobre todo porque le otorgaba razón moral ante la violencia policial y la de los grupos racistas, el método le impacientaba. 

En 1966, Abbie se había instalado en el Lower East Side, en Nueva York. Su casa se convirtió en el centro del barrio. Allí se mezclaban artistas y activistas políticos, y los unos aprendían de los otros. Mientras Abbie se instruía sobre performance, enseñaba a sus jóvenes seguidores cómo organizarse para cambiar la sociedad. Los medios de comunicación empezaron a ocuparse de estos hippies, y el estilo de vida hippie –del que formaban parte la droga, la libertad sexual y la completa desvinculación de la autoridad paterna– proliferó en facultades y ciudades. Fue entonces cuando Abbie se convirtió en un líder estudiantil y comenzó a experimentar con drogas.

 

Sus lecturas y la teoría de Marshall McLuhan de que el medio es el mensaje le hizo tomar seriamente en cuenta la televisión y reflexionar sobre métodos efectivos para que las actividades de su movimiento alcanzasen amplia difusión. 

Abbie, ya organizador contracultural, se declaró digger. Los Digger eran un grupo teatral de San Francisco que utilizaba la calle para movilizar a los hippies por temas políticos o ciudadanos. Sus concentraciones/espectáculo actuaban como imán sobre los medios de comunicación, con lo cual todo el país estaba enterado de sus reivindicaciones. Con este teatro, Abbie montó inolvidables espectáculos y se convirtió en el hippie más solicitado por los medios. Cualquiera de sus apariciones aseguraba algún truco ingenioso. Su utilización del lenguaje, real como la vida misma, hacía de sus escritos piezas chocantes, y de sus entrevistas, conversaciones entrecortadas por bips (sonido sustitutivo de palabras indeseables). Para demostrar su poco respeto hacia las ideas que apoyaba el gobierno, vestía camisas hechas con la bandera americana, lo que le valió varios arrestos. También empezó a escribir América con K. Cuando por cualquier razón no quería salir en los periódicos o en la televisión, se enfundaba un gorro con la palabra fuck, censurada en los medios.

Los puntos álgidos de su teatro de guerrilla fueron el asalto a la bolsa de Nueva York y el exorcismo del Pentágono. En el primero, pidieron permiso para mostrar el funcionamiento de Wall Street a los miembros de una organización que se inventaron para la ocasión. Cuando lo obtuvieron, avisaron a toda la prensa alternativa, distribuyeron fajos de billetes de un dólar entre los manifestantes, y éstos los dejaron caer sobre los agentes de bolsa en plena acción. Parte de los agentes reaccionaron con abucheos, mientras otros se precipitaron a recoger los billetes. La imagen de hippies lanzando dinero a los insaciables capitalistas, recorrió el país.

 

El segundo montaje consistió en rodear el Pentágono. Mientras Hoffman y un amigo medían su perímetro, fueron arrestados por la policía. Abbie declaró que pretendían reunir a cincuenta mil personas para levantar el edificio en un acto de exorcismo. Las autoridades de Washington le hicieron saber que utilizarían aerosoles contra ellos.  A través de la prensa, Hoffman replicó que ellos disponían de una nueva sustancia que, rociada sobre la piel o la ropa, penetraba en la corriente sanguínea provocando un incontrolable comportamiento lujurioso. Para demostrarlo, convocó una conferencia de prensa, durante la cual cuatro parejas hippies, después de rociarse, se arrancaron la ropa unos a otros y empezaron a copular. En realidad, el exorcismo no fue más que una manera de atraer la atención sobre la marcha que unas doscientas mil personas emprendieron desde el Lincoln Memorial hasta el Pentágono, y que acabó en una confrontación con la policía.

 

En 1968 tuvo lugar el gran festival Pop de Monterrey, que duró tres días enteros y fue gratuito. Miles de hippies se congregaron en una gran fiesta fraternal. A Hoffman se le ocurrió utilizar los festivales de rock como reuniones políticas. En la búsqueda de slogans y palabras que describieran acciones y situaciones, pensó que los asistentes a los conciertos que él tenía intención de politizar, se podrían llamar yippies. Fonéticamente, ¡yippie! parecía una exclamación de alegría. Los yippies formarían parte de la organización YIP (Youth International Party), y así serían tomados en serio por los medios de comunicación. 

El éxito del Pentágono le había dado la idea de montar algo a gran escala durante una Convención Demócrata. Cuando esta llegó, con la masiva asistencia de la prensa, tuvo lugar el que quizá pueda considerarse como el evento cumbre de la llamada era de la protesta. Ocurrió de todo. Los yippies se dividieron en violentos y no violentos, los líderes de unos se enemistaron con los otros, surgieron riñas internas en una misma facción, se interrumpieron discursos políticos, una cámara de televisión sorprendió al alcalde insultando a los yippies y llamando a Abbie “jodido judío”. La ciudad se inundó de gente que cantaba, bailaba y tomaba drogas. Abbie, que más tarde reconoció en su libro Revolution for the Hell of it (La Revolución por la Revolución) haber tomado alucinógenos durante los tres días que duró el evento, creyó, realmente, que estaba empezando la segunda revolución americana. Atravesaba una de las fases eufóricas de su depresión. Cuando subió en el avión que le devolvería a Nueva York, se dio cuenta de que dos agentes del FBI le seguían. Desde entonces, y durante los cinco años siguientes, estuvo constantemente bajo vigilancia policial.

 

A lo largo de ese lustro, Abbie Hoffman vivió la cima y la decadencia de su influencia. Su confianza en el potencial revolucionario de los jóvenes era justificada. El 27% de los estudiantes se declaraba de izquierdas, un porcentaje mucho mayor que entre el resto de la población; Che Guevara era más popular que cualquier candidato a la presidencia; la oposición a acudir a filas y la desobediencia civil eran consideradas métodos lícitos de protesta. Pero, por otra parte, las encuestas realizadas después de los hechos de la Convención Demócrata, demostraron que, entre los oponentes a la guerra, más de la mitad se oponían también a las tácticas de los manifestantes. En ese momento, tales datos no le parecieron a Hoffman muy importantes. Considerando que sólo los jóvenes conformaban la verdadera vanguardia revolucionaria, no le interesaba comunicar con el americano medio. Para Abbie, intentar transformar la sociedad según los ideales de cada uno, no era solamente una prioridad, sino una obligación de la democracia. Steal this book (Robe este libro), que nadie quiso publicar, y cuya edición hubo de asumir él mismo, fue tachado de fomentar toda clase de falsificaciones y actitudes abusivas. En él explicaba detalladamente cómo viajar, comer, vestir y asistir a la universidad gratis, y cómo obtener el paro y el seguro médico.

Durante el Woodstock de 1969, Abbie metió la pata. Cuando iban a tocar los WHO, y bajo el efecto de un ácido, subió al escenario para lanzar un discurso, siendo sacado a empujones por Townshend, el líder del grupo. En su libro Woodstock Nation, se mostraba desilusionado y nihilista. Ya no creía posible reformar el sistema. Confiaba en el radicalismo cultural, pero comprobaba con cuánta facilidad el capitalismo absorbía cualquier nuevo estilo de vida.

 

En 1970, tras los acontecimientos de Chicago, Abbie Hoffman junto con otros compañeros, fue procesado ante la corte federal de Chicago por un cúmulo de delitos. Este grupo, autodenominado los “Complot” o los “Chicago Eight”, decidieron comportarse, no como acusados pidiendo justicia, sino convirtiendo el juicio en un be-in, tal como solían hacerlo en sus actividades políticas. Cada mañana, Abbie entraba en la sala dando una voltereta. En otro episodio, el juez, apellidado también Hoffman, sufrió una serie de denuncias por parte del otro Hoffman. Durante los cuatro meses que duró el sumario, los inculpados no perdieron ocasión de ofrecerse en espectáculo: leyeron novelas, contestaron el correo, entablaron entre ellos conversaciones privadas, intentaron introducir en la sala un pastel para celebrar el cumpleaños de Booby Seale, cubrieron su mesa con las banderas de EEUU y del Frente de Liberación de Vietnam, respondieron a las preguntas con un lenguaje totalmente ajeno al requerido:

 

–Sr. Hoffman, ¿dónde nació usted?

–En la nación de Woodstock.

–¿Qué edad tiene?

–Unos diez años. Soy hijo de los sesenta.

–¿Cuál es su profesión?

–Soy revolucionario cultural…

 

Después del proceso, Abbie saltó definitivamente a la fama. Se paseó por universidades dando conferencias, conoció a estrellas del momento, y fue solicitado por las feministas y por el incipiente movimiento gay, mientras el mundo de la publicidad se lo disputaba. 

Famoso sin causa, y solitario en Nueva York, comenzó a frecuentar a jóvenes ociosos de la alta burguesía, entre los cuales se usaba una droga mal vista por hippies y yippies: la cocaína. Abbie, bien informado del mercado de la coca, vio la posibilidad de hacerse con el dinero necesario para llevar a cabo su deseo de retirarse a fundar una comuna en México. Decidió dar un golpe y retirarse. Pero alguien reveló sus planes y la policía le arrestó justo en el momento de cobrar treinta mil dólares. Hoffman se fugó aprovechando la libertad bajo fianza. El golpe de teatro que supondría esta fuga, reforzaría su personaje. Se hizo operar la nariz y se autobautizó como Barry Freed. Abbie se fue a México. En 1977, no soportando por más tiempo el anonimato, se permitió la imprudencia de organizar, de incógnito, un concurso de dobles de Abbie Hoffman en el Madison Square Garden de NY. La policía estuvo más pendiente de evitar posibles disturbios que de identificar a un Hoffman que no esperaban que apareciese. Así pues, se hizo pasar tranquilamente por uno de sus dobles. 

El deseo de hacer público que Abbie y Barry eran la misma persona, y el cansancio de nueve años de cambio de identidad, le hicieron tomar la decisión de entregarse a las autoridades. Abbie pasó gran parte de 1981 preparando la defensa. Finalmente, fueron dos meses de cárcel y diez en régimen de libertad condicional, durante los cuales trabajó en un centro de rehabilitación de drogadictos y escribió El crimen del castigo, donde sugería ideas para la reinserción social de los presos. Desde 1984 hasta 1989, Abbie dio unas sesenta conferencias anuales en diferentes universidades. Intentó, como en los sesenta, fomentar el espíritu de rebeldía entre los jóvenes. Su actitud hacia los estudiantes cambiaba según su estado de ánimo. En períodos depresivos, les reprochaba su apatía política, sus valores materialistas y yuppies, y su conformismo ante la administración Reagan. Cuando estaba más animado, comprendía que los jóvenes de los ochenta no contaban con el mismo almohadón económico que permitió en los sesenta dedicarse plenamente a la política.

 

Irán, El Salvador, la defensa por la legalización de las drogas y la campaña contra el reclutamiento de universitarios por parte de la CIA ocuparon su tiempo. Pero la depresión avanzaba. Un día, solo en casa, se tomó ciento cincuenta pastillas de Fenobarbital, convirtiendo su suicidio en uno de los pocos actos privados de su vida.

 

-Extracto de uno de los ensayos del libro Al límite del juego (Mireia Sentís, Árdora Ediciones, 1994)-

 

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