No sin el cura de Mondragón

José María Arizmendiarrieta

(Marquina-Jeméin, Bizkaia, 1915 – Mondragón, Gipuzkoa, 1976).

Sacerdote católico español, apoyó al bando republicano participando en el bando nacionalista vasco y a través de su labor como periodista (escribiendo en euskera) durante la Guerra Civil. Fue arrestado por ello y vivió bajo la amenaza del franquismo ante cualquier acercamiento por su parte a la cultura vasca. En 1941 llega destinado a Mondragón, en un clima personal y socialmente devastador: la destrucción tanto material como espiritual provocada por la guerra, dejaba un panorama de dolor, odio y división a lo largo de todo el territorio.

Preocupado por la deriva que habían tomado tanto el capitalismo, al que califica de “individualismo disolvente”, como el comunismo, al que se refiere como “colectivismo degradante”, propone la autogestión y el cooperativismo como modelo para alcanzar el equilibrio entre personas y entorno. Volver a lo más esencial de la vida, aquello que nos define como personas y moldea nuestro ser: los valores humanistas (cristianos, diría él) de solidaridad, fraternidad, amor, etc. 

El ámbito fundamental en el que todo el pensamiento de Arizmendiarrieta se hizo visible es el de la economía. Concretamente, fundando la Cooperativa Mondragón, que hoy en día se ha convertido en uno de los principales grupos empresariales españoles y una de las experiencias de democracia empresarial (por supuesto, con sus más y sus menos) más grandes del mundo, a pesar del completo desconocimiento que de ello tenemos. Por algo será. Es sorprendente observar cómo en un lugar aparentemente remoto y en un momento de debacle a todos los niveles, surge lo que ha terminado siendo un referente internacional en cuanto a modelos de organización económica democráticos.

Aunque el factor religioso es uno más de todos los que dieron lugar a la experiencia de la Cooperativa Mondragón, resulta interesante resaltar su singularidad. La Iglesia es un actor destacado cuando hablamos de cooperativismo y sociedad en Euskadi. El fomento de las cooperativas agrícolas, estandarte del desarrollo cooperativo de Euskadi en un primer momento, estuvo impulsado por la Iglesia, con gran presencia en el ámbito rural. Además, la larga tradición cristiana, unida a la aún mayor preeminencia que ésta alcanzó durante el franquismo como inspirador moral, estableció una sociedad caracterizada por una fuerte jerarquía, una preeminencia del principio de autoridad y una fuerte interiorización de los valores de esfuerzo, austeridad y sacrificio. 

Precisamente el inconformismo con ciertos patrones de socialización estrictos es lo que hizo que varias personas muy inspiradas por valores cristianos –que posteriormente fundarían la cooperativa– se decidiesen a iniciar nuevas andaduras por su cuenta. Desde jóvenes, estas personas participaron en la Juventud Obrera de Acción Católica como forma de escapar del cerrado entorno social a través de la participación en actividades deportivas y culturales. Es aquí donde se cruzaron con Arizmendiarrieta, quien impartía formación ético-social en dicha organización con el objetivo de inculcar el compromiso comunitario, todo ello desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia.  

Así pues, es ahí donde empieza a gestarse lo que pronto sería la Cooperativa de Mondragón, un proyecto que estableció como objetivo central el contribuir a la restauración del entorno de Mondragón y a la superación de las grandes divisiones provocadas por la guerra. Este objetivo había sido madurado e impulsado entre 1941 y 1955 por Arizmendiarrieta, que, a través de distintas instituciones y herramientas, dedicó su vida a un proyecto de educación integral en el que los principios del socialismo y la búsqueda de la autonomía tenían gran importancia.

La vida ha de estar, según su visión, asentada por un lado sobre formas de socialización basadas en el apoyo mutuo, por otro lado sobre un proceso de aprendizaje continuo (educación) y guiada finalmente por un continuo hacer (trabajo). Todo esto con el objetivo de alcanzar la verdadera libertad, no la que ha terminado en entenderse únicamente como libertad individual, sino una libertad entendida como autonomía para vivir en comunidad –contexto en el que las personas nos definimos como tales– y ejercer plenamente la responsabilidad que tenemos de lograr dominar de ser dueños de nuestras propias vidas. En definitiva, lograr la autogestión tanto personal como colectiva como forma de reivindicar la verdadera dignidad humana, que es aquélla que no está sometida a nada ni a nadie.

Dignidad, educación, trabajo y comunidad son como vemos los conceptos que articulan el pensamiento de Arizmendiarrieta. Uno de los hechos que más me ha llamado la atención al estudiar su figura, es el compromiso que él mismo adquirió tan rápidamente con Mondragón tras ser destinado allí. Es decir, la increíble responsabilidad de una persona que, convencida de la necesidad de educar y actuar allí donde fuese, establece su proyecto en un pueblo como Mondragón, con el que no mantenía vínculo alguno.

Este proyecto de transformación social, que Arizmendiarrieta reconoce como tarea ardua y larga, consistirá en la transformación personal como paso previo para la transformación total, y se acometerá por un lado a través de la educación (espiritual y técnica) como modo de movilizar y transformar las conciencias, pero también a través del trabajo, como herramienta de la que se nutre la comunidad y como espacio en el que “hacer haciéndose”. Y aquí llegamos a otra de las ideas fundamentales del fundador de Mondragón: la del hacer frente al ceder y el ser frente al tener. Esto es, recuperar el trabajo como herramienta de desarrollo personal y colectivo, de reafirmación de la dignidad humana frente a la apropiación que del mismo ha hecho el sistema a través de la mercantilización. En lugar de vender nuestro alma –el trabajo– para ganarnos la vida, debemos invertir los términos y convertir al trabajo en estandarte de la lucha por una nueva sociedad sin explotados ni dominados. Como se puede deducir, el trabajo, para Arizmendiarrieta no es un castigo divino tal y como se ha entendido durante siglos por el catolicismo, sino una forma de colaboración con Dios por la que las personas nos convertimos en co-creadoras del mundo.

Este proceso de autogestión que el sacerdote vasco considera necesario a todos los niveles, está caracterizado por varios elementos que a mi juicio deben ser resaltados, puesto que hoy en día pueden representar herramientas de gran utilidad. Estos elementos son el de la subsidiariedad y el de la creatividad. El primero como principio defensor de la democracia, estableciendo el ámbito local como el más idóneo para tomar decisiones relativas a cuanto nos afecte directamente. Esto es cada vez más crucial en una sociedad en la que los gobiernos nacionales están dejando sus competencias en manos de poderes supranacionales antidemocráticos. El segundo, la creatividad –“coraje creativo” en palabras de Jon Sarasua– se plantea como uno de los grandes retos actuales: el de ser capaces de imaginar futuros posibles, por más que desde fuera se empeñen en juzgarlos como imposibles.

Finalmente, la idea del “hacer haciéndose” resulta fundamental hoy en día. El hacer nos indica el camino para disolver las diferencias que en un primer momento pueden darse a nivel dialéctico y de debate. Es decir, comenzar por hacer en lugar de por hablar, nos hará darnos cuenta de que tenemos muchas más cosas en común de las que parece. El cineasta católico Robert Bresson afirmaba: «Hay que trabajar y después reflexionar; no al contrario». Esto fue lo que Arizmendiarrieta planteó como método para intentar disolver las diferencias existentes en el Mondragón arrasado de la posguerra, que necesitaba reconciliarse consigo mismo. Aprender de esta experiencia debería ser obligado. Ha llegado la hora de poner en práctica las ideas debatidas durante años que han despertado esperanzas en otra realidad posible, pero que también han servido para dividir a distintos sectores de la sociedad y postergar su puesta en práctica.

 

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