No sin Hundertwasser

Es tarde. Deben ser la tres de la madrugada y, mientras en Ao Tea Roa hay un árbol que sigue creciendo alto, yo apuro mis últimas horas en Viena. Estoy en una habitación de Währinger Straβe con dos austríacos y un alemán que leen a Oscar Wilde, Schopenhauer y un cómic de Lucky Luke, respectivamente. Dos calles más arriba está la casa de Schubert, y unas cinco más abajo, el piso donde Freud pasaba consulta. Sigue lloviendo. Lleva una semana entera sin parar de llover. Esta mañana, agotado, he salido por primera vez en días.

Salgo corriendo del tranvía, hasta un porche que no sirve de mucho. Entro al museo casi por inercia, por casualidad, por pura inconsciencia. Los putos momentos epifánicos nunca llegan de frente. 

En la segunda planta del museo de Friedensreich Hundertwasser hay una maqueta que, de repente, me llama especialmente la atención. Es una pequeñísima población soterrada. Casas dentro de la tierra cuyos techos son campiñas verdes por las que pastan los ciervos. Campos que nunca acaban, pues no hay una frontera entre el hombre y el ciervo. Una conjunción perfecta entre la civilización y la naturaleza. Una intersección, un encuentro atávico entre bestias. 

Su concepción de la arquitectura hizo explotar el cerebro a más de un tiralíneas contemporáneo. Creía en el edificio como una forma de habitar el planeta, y para eso obraba en consecuencia. Repudió la línea recta y, con ella, la homogeneidad. En su cabeza ni siquiera aparecía la posibilidad de plantearse un suelo llano. ¿Para qué van a necesitar un suelo llano unos pies descalzos?

El Manifiesto del moho de Friedensreich Hundertwasser, artículo en el que sintetiza su forma de entender la arquitectura en tanto que forma de relación con el mundo, es un diálogo universal reducido a una concreción maravillosa para la que nuestras pequeñas mentes civilizadas no están preparadas. Seguramente por eso, cincuenta años después esa maqueta es solo algo con lo que llenar crónicas y utopías. 

Pero más allá de sus maquetas y sus manifiestos, hay algo de ese pequeño arquitecto vienés que me ha calado hasta dentro. En todos sus cuadros, sus elucubraciones, sus hipótesis, sus actos, en cada uno de esos pequeños trozos de su vida que pueblan este pequeño museo, hay un leitmotiv escondido bajo capas de arte ecléctico. El compromiso, viejo olvidado de nuestros días feroces.

Un compromiso que le llevó a desnudarse en una conferencia delante de supuestas eminencias en una residencia de estudiantes de Viena, para reivindicar la epidermis como primera y gran olvidada de las cinco pieles con las que él secuenciaba nuestra relación con el entorno. El compromiso, no con una idea, con la vida. El compromiso con un cambio simbólico, a la vez que drástico, para luchar contra una concepción racionalista de la arquitectura y de la vida, en tanto que la arquitectura es nuestra forma de diálogo con el ecosistema.

Desde la ventana del avión de vuelta veo como todo se va haciendo pequeño, y escribo tres líneas en una libreta recordándole a mi yo del futuro lo ridículo que suena hacer metáforas de la pequeñez de la humanidad usando la imagen de un avión despegando. Pero aun así, pienso en Hundertwasser y su maqueta imposible. Y esa fuerte sensación de compromiso me trae a la mente ese árbol que crece alto en Ao Tea Roa, su tierra de Nueva Zelanda, alimentándose de sus pulmones y de su carne. Y de sus sueños. Y de sus miedos. De todo lo que vio, de los paisajes que amó, de sus dudas y de sus pequeñas mentiras.

 

Espero con ansia

convertirme al fin en humus

enterrado desnudo sin ataúd

bajo un árbol, cerca de la playa,

en mi tierra de Ao Tea Roa.

 

El entierro debería hacerse sin ataúd, envuelto en una tela.

En una capa de tierra de al menos 60 centímetros.

Debería plantarse un árbol en la parte superior de la tumba

para garantizar que el difunto vivirá

en forma simbólica a la vez que en la realidad.

 

Una persona muerta tiene derecho a reencarnarse en forma de,

por ejemplo, un árbol que crece encima de él y a través de él.

El resultado sería un bosque sagrado de muertos que viven.

Un jardín de los muertos felices.

 

F. Hundertwasser (Viena 15/XII/1928 – Océano Pacífico, a bordo del Queen Elizabeth II 19/II/2000).

 

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