No sin Leopoldo María Panero. No sin los locos y los malditos.

Fue tan loco y tan maldito, que no le valió la pena escribir sin descanso multitud de poemas, algunos rebosantes de plenitud, de visiones, de sombras y luz. Tampoco le sirvió de mucho beber hasta alcanzar lo indecible, dedicarle un poemario a la heroína, maldecir, provocar con verdades más lúcidas que las de los cuerdos o pasarse la vida en manicomios y escapando de ellos. Leopoldo María Panero, hijo del poeta falangista Leopoldo Panero y de una mujer asombrosa que quedó a la sombra de su marido, Felicidad Blanc, tuvo el alma rota desde siempre. Muchos le querían, pero de forma hipócrita, en la lejanía, en el temor, en el hartazgo. “No tenía a nadie”, dijo al poco de su muerte, en marzo del año pasado, el editor Antonio Huerga en una frase que resumía la soledad del difunto.

Hasta el año pasado Leopoldo María era el último superviviente de los Panero, la familia de intelectuales retratada al poco de la muerte del padre por Jaime Chávarri en El desencanto (1976) -documental que, sin la intención previa del director, acabó convirtiéndose en un símbolo de la muerte de Franco- y regresada a la pantalla en color en una segunda parte dirigida por Ricardo Franco, Después de tantos años (1994).

A Leopoldo María, miembro de la generación de poetas conocidos como los novísimos, ni siquiera llegamos a conocerle bien. Pertenecía a ese grupo del llamado movimiento contracultural de los años 60 y a pesar de lo singular de que ese fenómeno se produjera en los márgenes de una dictadura, siempre quedó relegado a un tercer o cuarto plano en nuestros libros de texto. Los programas académicos de nuestros colegios e institutos que contemplan nuestra literatura como nombres que engullir, datos que memorizar y poca lectura, apenas se detuvieron en “los novísimos”, ese grupo de poetas que por el orden cronológico pasaba desapercibido a final de temario, en las últimas páginas de los libros de texto. Quizás porque nadie pensó que un adolescente pudiera sentirse más atraído por uno de esos poemas provocadores, atormentados, demoledores y al mismo tiempo bellos de Leopoldo María, que por otros versos de viejos poetas consagrados, pero alejados en el tiempo.

En El Desencanto, la última película mutilada por la censura franquista, aparece el joven, pedante, transgresor Leopoldo María que se revela contra la figura del padre, “borracho” -dicen sus hijos-, autoritario, duro, a veces cruel. Su juventud rebosante y sus palabras brillantes, al tiempo que enfermas, nos buscan y nos provocan. Con una inocencia perversa habla ante la cámara de su primer intento de suicidio, de su primer ingreso al manicomio y prueba con conversaciones incómodas a su inteligente y triste madre. Pero no parece un loco, parece que juega a serlo y que en cierta manera le divierte. 

Años después, en los 80, y tras alcanzar el reconocimiento de los críticos, empezaría su recorrido de psiquiátricos. Primero ingresó en el de Mondragón, para diez años más tarde entrar voluntariamente en la Unidad de Psiquiatría de Las Palmas de Gran Canaria. Su cara se iba demacrando, su mirada perdiendo y su adicción a la Coca-Cola y al tabaco se convertían en todo un mundo al que aferrar sus pensamientos. Loco, rematadamente loco, sus teorías sobre conspiraciones y el sinsentido se mezclaban con dosis cruentas de realidad, de sabiduría, de reflexión.

Ya en Después de tantos años aparece al borde del abismo, viviendo en un infierno, como él mismo reconocía. Acababa de morir su madre, quien se había desvivido por él hasta entonces. Su hermano, el poeta Juan Luis, se había apartado voluntariamente de su familia, su hermano pequeño, Michi Panero, aparece en una casa oscura, consumido por la enfermedad, consecuencia de la intensa vida nocturna de la movida madrileña plagada de drogas y el alcohol, incapaz y negado a encargarse de Leopoldo. “A todos esos fans de mi hermano Leopoldo sólo les digo una cosa: que lo cuiden ellos”, llega a decir Michi, autor de relatos no publicados y escritor sin obra, que moriría diez años después. 

Los años hicieron que, según los críticos, la obra de Leopoldo María Panero se hiciera repetitiva, vacía y que su voz estuviera cada vez más cansada. Él escribía sin descanso y publicaba todo lo que escribía, pero no siempre los lectores y los críticos seguían el ritmo de su monólogo interior.

Sin embargo, nuestro poeta maldito, el peor de todos, nos dejó muchos poemas transgresores, reveladores, momentos de genialidad en la pantalla, en entrevistas, y sobre todo una obra que no tiene parangón en nuestra literatura. 

Es inevitable hacer el paralelismo que seguro él detestaría como enemigo férreo de España, un concepto terrible y apestado en su boca. Su imagen no deja de recordarnos lo que simboliza, la transición de un pueblo víctima y culpable de una dictadura asesina de la libertad intelectual. El Desencanto invitaba a enterrar a Franco al mismo tiempo que al padre de los Panero. Sin embargo enterrar no es fácil, primero hay que repasar, sacar los trapos sucios, sopesar toda una vida y aceptar la muerte. Los Panero no dejaban de cuestionarse, de acribillarse entre ellos, de sacar sus rencores. Leopoldo María, que simbolizaba el traspaso de poder, no pudo soportar el peso. Faltaba quien lo acompañara. Ese mismo pueblo que lo dejó en un psiquiátrico, que se acercaba para tomarle fotos hasta su muerte, eligió a otros menos sabios, más malos, aparentemente más cuerdos, para ser protagonistas. 

 

Dedicatoria

 

Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.

 

Last River Together (1980)

 

Artículos relacionados