No sin los bancos

Hemos de sentarnos. En compañía mejor que de manera individual. Sin pantallas de por medio. Sin sacar las manos de los bolsillos. Ni el móvil de la mochila, el bolso, la riñonera, el cerebro. Hemos de sentarnos. En las calles, en los bancos de dos, de tres, de reposabrazos como asiento para el cuarto de la pandilla. Hemos de compartir banco con el vecino de Vallehermoso 37, Santiago, que día tras día, tarde a tarde, se sienta, junto a sus 82 años, a ver pasar a la gente.

Hemos de sentarnos. Con Santiago. Con sus 82 años. Con su nacimiento en un pueblo de Ciudad Real -“al lado de Albacete y de Jaén”-. Con su traslado a Madrid hace cuarenta años y su ascenso en la Complutense: “de bedel en la Facultad de Veterinaria a bedel del Rectorado”. Con su cambio de vida, del campo a la ciudad, su cigarro de media tarde, sus teorías sobre los productos ecológicos. Hemos de sentarnos.

Y hemos de reivindicarlos. Los bancos. Los de dos, tres y reposabrazos para el cuarto de la pandilla. Hemos de reivindicarlos. Ignorar, despreciar, detestar, insultar, los nuevos, chics, modernos, e individualistas. Los que nos impiden sentarnos juntos, mirar a los viandantes porque estamos torcidos ante el flujo del caminante. O de espaldas. O con los ojos cerrados. Hemos de ignorar, despreciar, detestar, insultar los pinchos de los poyetes, de los soportales, las barras que nos dividen esperando al autobús. Hemos de reivindicar nuestros bancos, los de madera y metal, los sencillos, baratos y hasta cierto punto incómodos. Reivindicar las cáscaras de pipas a la orilla del banco, la lata con un cigarro apagado dentro. Hemos de reivindicar unas risas, una charla, un encuentro, una guitarra.

El tiempo es aún de los bancos. El tiempo es del que se sienta. Con Santiago, a ver pasar a los vecinos de la calle Vallehermoso. A ver cómo pasa el tiempo. Los niños que salen del colegio. Los abuelos que dan el paseo diario de la rutina de la gran ciudad. Hemos de oír sus 82 años, oír todas sus arrugas, sus pecas, sus cuatro pelos canosos, su bastón. Todo ello, en el banco de tu calle, en tu plaza, en tu descampado, recuperémoslos y sentémonos.

 

 

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