No sin los caminantes

Caminamos por calles que constantemente se vuelven usuales a ciertos ojos, que se llenan de una monotonía ambigua y, sin embargo, es una obra de teatro en constante cambio desde los personajes, la escenografía, el juego de luces y su temperatura. Las situaciones que en ese momento llamamos “reales” pasan a ser un juego de improvisación ante los ojos del caminante, que azaroso se dirige a un camino prácticamente ajeno y diferente, ya para nada usual ni común.

Camina, se detiene, observa, vuelve a caminar. Percibe un reflejo a través del brillo, coloca su ojo derecho en el visor de la cámara, aún con el ojo izquierdo abierto, el cual se mantendrá así por más tiempo.

Un hombre de camiseta roja y chaqueta gris se va acercando por la izquierda con un caminar que hace que sus brazos cuelguen como columpios. Cruza una pared, está cada vez más cerca, se asoma ligeramente en el encuadre.

El otro caminante sabe que es el momento de cerrar el ojo izquierdo y así lo hace, el hombre gira la cabeza hacia una puerta de vidrio también a su izquierda, un brochazo de luz pinta el lado izquierdo de su rostro, no es mucho… Debe ser un cuarto de su cara, pero es fuerte, es dura y muy contrastada, el caminante ya ha disparado y el hombre ya se ha ido.

No sabría decir si se eligieron mutuamente, pero hubo una complicidad, una reciprocidad en sus miradas, el caminante lo elige, lo busca, lo mira y observa como si fuese su propio reflejo en la puerta. Pero ¿Por qué? ¿Cuál es la necesidad del caminante? ¿Cuál es su necesidad de observar y elegir? ¿Por qué elige una situación y otras no? Solo da respuesta el humo de un cigarrillo que en cuestión de segundos se desvanecerá, un pedido de auxilio mientras los demás apuestan el azar de su vida de forma indiferente.

Por las calles de Barcelona, el caminante sigue sus pasos, sigue sus ojos, la luz o su ausencia. En un momento se encuentra con la vejez y al siguiente con la frustración. Todo es parte de sus propias dudas e inquietudes, juega con la realidad y elige la suya, la deforma hasta que se amolde a él y a su propia textura, una textura interna e invisible que naufraga como sus propios pasos entre rincones y vueltas de calle que lo llevan a sueños con diferentes personajes, cada uno una historia, un encuadre, un movimiento, un gesto o una luz.

Personajes como una mujer, un hombre, un niño, una motocicleta borrosa, parte, todos ellos, de lo que mantiene al caminante andando: personajes invisibles, imperceptibles, frecuentes que conforman nuestra percepción de lo considerado “real” y que sin ellos, el caminante no logra “soñar”… No sin ellos.

 

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