No sin los muslos de pollo -en defensa de la tenencia de pollos en libertad-

Sus patas escarban la tierra, como si de un toro se tratase, pero con otra intención, con otro humor y de otra manera. Escarba selectivamente, apuntando con su pico allí donde caerá el siguiente arañazo.

Primero con una pata y luego con la otra. Parece nerviosa, pero seguramente sea solo una percepción fruto de nuestro antropocentrismo. Va buscando algo que picar, fortaleciendo de paso sus muslos. Esos que tiempo después habrán llegado a la mesa de nuestras casas y serán objeto de las miradas de todos los comensales. –¿Alguna preferencia?– dirá mamá. Todos diremos que no, pero en el fondo todos ansiamos esos muslos. 

Claro que no cualquier muslo. A lo mejor nuestro pervertido, contaminado y quimiquizado sentido del gusto no lo percibe, pero nuestro cuerpo sí. Nuestro cuerpo percibe si el producto es ecológico –es decir, si el pollo come sano– o si no –si se alimenta mayoritariamente de porquería–. En ambos casos el trozo de carne que nos comeremos tendrá las mismas propiedades nutricionales, pero uno irá aderezado con químicos y el otro no. De hecho, ¡qué ostias!, seguramente el pollo químico, relleno de glutamato, estará más rico que el sano. Nos están haciendo adictos a comer mierda, y la disfrutamos más que la sana, la comida. Pero hay que ser fuertes, recuperar el sabor del pollo de la abuela, y dejar de comer pollo procesado empaquetado. Por otro lado, ¡qué decir si el pollo se cría en libertad –es decir, si corre, aletea, salta y fornica a su antojo– en lugar de estar apresado en lindas jaulitas dentro de lindas naves industriales! Sus muslos serán, en este caso, más fuertes y tiernos. Mmmm…

Todas deberíamos tener un pollo en casa. Todas los que tengamos jardín, claro. No sólo para comérnoslo, también para cerrar ciclos. Ciclos biológicos y ciclos conscientes. Los primeros, aquellos por los que el pollo se come parte de lo que tú desechas en la cocina (1), lo digiere y lo caga. Esa caca alimenta tu hierba, la nutre y enriquece. Y así hasta el infinito, para de esta manera evitar lo que en 1979 lamentaba el genial Hundertwasser: 

No guardamos nuestra mierda. Nuestros desperdicios, nuestra basura se descarga y se envía bien lejos. Envenenamos ríos, lagos y océanos con ella, o la transportamos a plantas de purificación complicadas y costosas, o aún mas raro a instalaciones para hacer abono. En otros casos nuestra basura es destruida. La mierda nunca regresa a nuestro campos, y tampoco vuelve a los lugares de donde viene nuestra comida.

El ciclo por el cual la comida se convierte en mierda está funcionando.

El ciclo por el cual la mierda se convierte en comida se ha roto.

Tratamos de escapar de ella tan rápido como sea posible, olvidar tan rápido como sea posible la podredumbre y decadencia. Sin embargo, ¡es exactamente lo contrario! Es con mierda que la vida comienza.

Los segundos ciclos, los conscientes, son aquellos por los que nos percatamos de nuestra propia existencia. Si tenemos un pollo, lo cuidamos, disfrutamos sus huevos y, en algún momento, nos lo zampamos. Con un poco de suerte, después de tanto ciclo, consumiríamos menos pollo para que así todos pudiésemos comer pollo. Porque el problema no es comer carne. El problema es comer mucha carne y comerla procesada, que procede de granjas intensivas, que son las que contribuyen en gran medida a la emisión de gases de efecto invernadero (2) y a la deforestación y expulsión de las poblaciones locales de muchas partes del mundo (con el objetivo de plantar soja transgénica, cancerígena, para la producción del pienso que alimenta a los bichos, que además es alto en ácidos grasos saturados). Frente a esto, comer carne producida de manera tradicional tiene los efectos contrarios: si se lleva a cabo una buena gestión de pastos, ello contribuye a capturar carbono del aire y por tanto a mitigar el cambio climático. Además, contribuye a la prevención de incendios a través de la limpieza y el mantenimiento de los montes por parte de los animales. Finalmente, contribuye a fijar población en el rural y no a expulsarla, como sí provoca la ganadería intensiva.

Los que aún tengáis la oportunidad: más vale un pollo a tiempo que el pollo medioambiental que se nos viene encima. No sin ellos, no sin los pollos. Y no sin ellas, las pollas. Que no nos acusen de poco inclusivas.

 

Notas

(1) Estudios concluyen que cada europeo desecha entre 80 y 180 kilos de comida al año, lo que daría para alimentar a los 1000 millones de personas que pasan hambre en el mundo. http://ec.europa.eu/environment/eussd/pdf/bio_foodwaste_report.pdf

(2) Entre un 9% y un 25% del total de emisiones con efecto invernadero tiene este origen, en función de la metodología utilizada por cada estudio.

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