No sin los supervivientes

Las imágenes de miles de vidas que tratan de llegar a Europa tras huir de la destrucción de Siria, provocada por el régimen de Al Assad y la barbarie del Daesh; así como de las secuelas, aún candentes, de las históricas “intervenciones” –valga este término como eufemismo de “invasiones”- militares en Afganistán e Irak, se han convertido en una de las secuencias habituales en nuestro día a día. Estampas que se graban en lo más profundo de las retinas, y en ocasiones –sólo en ocasiones- en lo más hondo del alma.

En las portadas de periódicos y cabeceras de telediarios, vemos cómo jóvenes y familias enteras patean los caminos europeos dejando rastro en cada paso para guiar a los que están por llegar. Y es que hace falta allanar la senda, porque Europa no es capaz de aliviar la crueldad de la guerra, pero tampoco del hambre. Por eso, el reto de rehacer una vida se topa con las trabas del Viejo Continente: las fronteras.

Pero antes de adentrarnos en el fango, sigamos el  clásico guión de los despachos de políticos o de las redacciones de cualquier medio, y hagamos un despliegue de cifras. Sólo en Siria, los desplazados internos superan los 6,5 millones, en los último cuatro años han perdido la vida más 250.000 personas y 4,2 millones han huido a Turquía, Líbano, Irak, Jordania y Egipto, donde los sueños se estancan. Hay quien las llama refugiadas, un término con enjundia por el estatus legal que le otorga a quién lo arrastra.

Ahora sí. Entramos en harina. Llega la reflexión. ¿Quiénes son los que huyen? ¿Quiénes son los refugiados? ¿Cuáles son las vidas que desvelan este exilio?

Son supervivientes. Sí, supervivientes. Del hambre, de la opresión, de las fronteras. Supervivientes de la violencia y la injusticia. Del narco. Supervivientes del racismo. De la xenofobia. Supervivientes de nosotros mismos. Supervivientes en busca de refugio. 

El palestino Mahmud Darwish, el Lorca de la poesía árabe moderna, despeja todo tipo de dudas a través de sus versos. “Nosotros amamos la vida cuando hallamos un camino hacia ella”.

He aquí el impulso del superviviente. Que, aun rozando la existencia con la yema de los dedos, transita en una tierra marcada por las huellas, esas que pesan en el mar, como el Egeo, y sangran en la valla, como en Melilla.

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