Leo el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Mancuso, S., Viola, A. Colección Rústica, 2015), cuyo hilo argumental se basa en el menosprecio histórico por parte del ser humano hacia el mundo vegetal. Leo una definición del concepto de evolución que me hace pensar: “proceso lento y continuado de adaptación al entorno durante el cual los organismos vivos seleccionan las características más aptas para su supervivencia. Durante este proceso, cada especie adquiere o pierde caracteres y capacidades en función del hábitat en el que vive”. Y pienso: ¿qué capacidades estaremos perdiendo los humanos occidentales para ir adaptándonos al mundo actual? ¿Es posible que estemos perdiendo la capacidad de auto contemplación, la capacidad de estar en silencio y la capacidad de parar y estar solos? ¿O son hechos voluntarios?
Como si dejara de llover, después de veinte años. Silencio, qué presencia arrojas. Qué apostura. Silencio. Eterno. Sutil. Como si supieras cómo hacerlo, tu momento. Protagonista. Sólo tú, silencio, solo. ¿Cuál es el volumen del silencio? Porque cuando entra, parece que se derriten las paredes, desaparecen. Porque tras ellas, una brisa de sol blanca ilumina. El silencio, a veces, brilla. Deslumbra los ojos que lo miran, que no quieren mirarlo. ¿Has mirado alguna vez el silencio? ¡Míralo! Brilla. Como un deseo. Como ojos humanos, todavía. Cuando el corazón deja de latir, las máquinas se desenchufan. El corazón para, de temblar, de moverse, y se acurruca en un pesebre de vísceras y recuerdos. Duerme el corazón, y los pulmones encharcados, se vuelven fríos. Como el neón, brilla. Y el agua deja de subir y de bajar. El constante burbujeo se aleja. Y las máquinas se desenchufan. Y las manos cambian de color, y los brazos cambian de color. Y el corazón, acurrucado, sonríe, se expande, adiós.
Nuestro territorio está plagado de lenguas que la historia ha ido dejando a su paso y, aunque desconocemos a menudo el sonido o incluso la existencia de algunas, resuenan desde tiempos inmemorables en los rincones de nuestra península. Unas están casi olvidadas, en peligro de extinción, mientras que las otras destellan con fuerza y luchan por su dignidad y la memoria oral y escrita de sus pueblos.
La palabra misma evoca sensaciones poco agradables, agobiantes, confusas. “Estruendo” es el exceso ininteligible de sonido, y, hasta hace poco más de cien años, la peor calificación que una pieza musical podía recibir. Pero ocurre que el oído se acostumbra: tras unas décadas aprendemos a distinguir los sonidos del estruendo y recomponemos en nuestra cabeza la armonía. No es la música la que cambia, sino nuestro concepto de armonía el que se expande.
Algunos colaboradores de Istmos tuvimos ocasión de acudir, hace un año escaso, a un foro universitario al cual nos une un estrecho vínculo emocional. Allí, recordando viejos tiempos, presenciamos algunas reflexiones en voz alta del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. Esa tarde José Luis jugaba en su campo, sin duda, rodeado de algúnos íntimos colaboradores y ante un público dispuesto a no despellejarle. Pocas ventanas a las que poder asomarse le quedan a alguien tan denostado como él. De momento, al menos.
El debate público sobre la tortura ha quedado limitado por la convicción generalizada de que la democracia es intrínsecamente americana y de que cualquier estrategia diseñada para proteger o defender la versión americana de la democracia es legítima. Otro problema con este debate es que la versión americana de la democracia se ha ido convirtiendo cada vez más en un sinónimo del capitalismo, y el capitalismo ha ido definiéndose cada vez más por su capacidad de extenderse por el mundo. Esto es lo que ha encuadrado la discusión en torno a la tortura y ha permitido que los dilemas morales sobre esta se expresen junto con la idea de que ciertas formas permisibles de violencia son necesarias si queremos preservar la democracia americana, tanto en Estados Unidos como en el extranjero.
El 20 de enero de 2016, Escoitar.org anunciaba su desaparición tras diez años de trabajo dedicados a la realización colectiva de un mapa sonoro de Galicia; dicha desaparición consistió en un desvanecerse compartido mediante una acción que consistía en el borrado de la base de datos que sustentaba el mapa que el colectivo mantenía operativo. Este era el texto que encabezaba la despedida: “El 25 de junio de 2006 se hizo público el mapa colaborativo de Escoitar.org, una herramienta nacida con la voluntad de poner en valor los sonidos del entorno y reivindicar la escucha como un proceso fundamental en la construcción de los discursos culturales. Este proyecto se convirtió así en un espacio pensado más en “instituir” que en “conservar”, en ofrecer y no en poseer, sometiéndose a una “democratización efectiva” que se mide siempre por el criterio de “participación y el acceso al archivo, a su constitución y a su interpretación” (Derrida). Siempre tratamos de evitar la mera acumulación abriéndolo, ofreciendo la posibilidad de valorar de forma colaborativa la relevancia del paisaje sonoro en diálogo con quien lo escucha y produce. Un archivo colectivo y abierto.
«La ciencia del lenguaje no se diferencia en absoluto de la ciencia del pensamiento», afirmaba Nicolas Beauzée (1717-1789), redactor de los artículos sobre Gramática para la Encyclopédie. Una centuria más tarde, Nietzsche, filólogo además de filósofo, enunciaba la misma ecuación con ligeras variantes: «El desarrollo del lenguaje y el desarrollo de la conciencia van de la mano» (1882). Al cabo de otro siglo, Chomsky suscribía: «Los principios de la gramática general son idénticos a los de la razón humana en sus operaciones intelectuales» (1985). Resonancias: «La propensión específicamente humana al intercambio y al comercio no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje» (Marx, 1844). «El lenguaje es por excelencia el lugar común» (Ortega, 1933).

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