Los sueños del Hofburg

Al borde de la tranquila majestad del Ring vienés se extiende, en piedra y hierro, el victorioso corazón del Imperio. El Hofburg es un complejo gigantesco para albergar la circulación de corte y ejércitos, un palacio que, como la fe y la enfermedad, se prolonga durante kilómetros tomando diferentes formas. Desde el Ala Suiza (en cuyos frisos doradas calaveras de toro evocan la filiación bohemia del poder austriaco, y cuya puerta está amorosamente vigilada por la estatua de un césar anónimo) las estancias se han reproducido prósperamente, engullendo a su paso bibliotecas y monasterios hasta 1918. Ahora descansa. El Hofburg se ha convertido en un organismo satisfecho, un animal plácido que, tendido en la Plaza de los Héroes bajo los cielos de Viena y Europa, se deja acariciar por turistas llegados desde el otro extremo del mundo.

Hallándonos en Viena cabe preguntarse si esta criatura en narcosis sigue todavía soñando. La ciudad de Sigmund Freud formula exquisitamente sus sueños, hermosos como una ópera, terribles como la muerte, y los deseos reprimidos de un cuerpo son exhibidos como obras de arte para tormento de los académicos. El Hofburg es Viena, luego el Hofburg sueña, y sueña con perpetuar las glorias de su capital: arte e imperio. Cualquier hegemonía se cimienta sobre sangre y propaganda. El Hofburg sueña, entonces, para hacer suyos la guerra y la cultura, para hacer del pasado un presente eterno, y los sueños del Hofburg se muestran en la colección del Neue Burg: armas y armaduras, restos de la ciudad de Éfesos, e instrumentos de música antiguos.

Lo más fácil es, y el museo lo sabe, empezar por el principio; así, el visitante es saludado por un atleta de bronce. Sin embargo nos encontramos ante un comienzo falso, una cronología elaborada por las instituciones científicas de finales del s. XIX. Estas estatuas fueron un presente del sultán Abdul Hamid II al emperador Francisco José. La ciencia de los Habsburgo continuó explotando la Éfesos otomana hasta 1907, cuando el sultán se dio cuenta de que lo que estaba regalando al Imperio era en realidad la legitimidad sobre el Mediterráneo oriental y prohibió, con la Ley Turca de Antigüedades, la exportación de restos arqueológicos. Los cuerpos proporcionados que admiramos en el Neue Burg fueron capturados a orillas de un mar que sólo conocemos en poemas. Paseamos entre diosas violadas. Los reyes bárbaros han acondicionado su residencia con las ruinas del templo de Ártemis, la virgen cazadora, y no creo que haya nada más bello que una divinidad domesticada.

La contemplación del esplendor clásico es íntima y calmosa. Si se sube una de las escaleras de mármol – tan anchas que cabrían varios vestidos de Sissi emperatriz puestos en hilera – llegamos a la sección dedicada a instrumentos musicales. La primera sala está llena de objetos reconocibles: violines con los que el virtuoso desafiaba las leyes naturales, pianos en los que se componían valses de empalagosa picardía. Sin embargo, a medida que avanzamos en la exposición y retrocedemos en el tiempo, la acostumbrada solemnidad decimonónica va dando paso al ingenio del Barroco y, después, a las invenciones renacentistas. Laúdes de mástil doble, guitarras siamesas, cítaras con cincuenta y seis cuerdas, cornos con forma de serpiente que merecerían una saga islandesa para ellos solos, cajas en cuero y tachuelas que permiten desenfundar el violín para atacar la danza a tiempo. Los instrumentos, delicadamente conservados, posan para el ojo moderno como si fueran abominaciones de circo. Demasiadas cuerdas, o demasiado pocas; miembros del instrumento que se desdoblan; orificios innumerables, vientres de madera exageradamente abombados y arcos raquíticos: los dispositivos para generar sonido se multiplican perversamente. Comparada con este polimorfismo una orquesta actual parece un conjunto de supervivientes a los que ya no les queda nada más que su pírrica victoria. Al final aparecen otros instrumentos, de madera áspera o metal sin brillo, en cuyas formas elementales se puede adivinar el linaje al que han dado lugar. Guardan silencio, y no deberían. En las habitaciones del palacio, este robusto coro de esqueletos tiene que entonar una canción para los fantasmas.

Al otro lado del patio, apenas doblando una esquina, esperan firmes las armas y armaduras. De repente nos hallamos en una vibrante fantasía medieval y el destino de un hombre es tanto matar como morir. Hay muñecos completos construidos con el peto, el yelmo, guardabrazos y codales, guanteletes, rodilleras, grebas y escarpes, algunos con la punta tan fina como unos tacones de salir. Como las armaduras se hacían a medida podemos apreciar las figuras que tuvieron sus dueños: archiduques orondos y príncipes niños, relucientes en sus trajes de acero, guardados por lanzas, alabardas y guisarmes que ni siquiera necesitan de un soldado que los sostenga. Sea en lo alto de un asta larga o bajo empuñaduras de oscuro oro, las hojas siguen limpias, afiladas, implacables. No son recreaciones de un mundo fantástico. Estamos ante los restos del nacimiento de un imperio: el legado de un pasado de ciencia-ficción.

Tecnología punta. Oíd el timbre de las espadas que entrechocan, oíd el percutir de los disparos, el acorde sinfónico de la primera explosión de pólvora. Escuchad el ritmo repetido del galope y los relinchos de los caballos, los golpes de las mazas, las heridas de cuchillo, gritos y vísceras en fuga. En el estrépito sobresalen aquellos protegidos por una armadura completa y a cambio, en un canon macabro, a sus pies se van sumando cadáveres de súbditos y vasallos. Los hombres mueren por su señor, por la patria, por su Dios, por el deber, por su hombría. La virtud se representa, primorosamente grabada, como una mujer desnuda en la culata de las pistolas, la anatomía de la musa tan precisa como el tiro del arma. La divina Atenea regía a la vez la ciencia y la guerra: destruir al enemigo es prueba del doble favor de la diosa; llevar a unos hombres al campo de batalla, el obligado holocausto al Olimpo. Por cierto, que la entrada del Parlamento austriaco exhibe, con más soberbia que reverencia, una estatua de la misma Atenea. El Hofburg sueña, decíamos, y no es extraño que en los sueños de la residencia imperial aparezcan oblicuas referencias a la cámara legislativa. Flanqueada por alegorías de la Ley y la Justicia, el deslumbrante casco en la cabeza y la Victoria en la mano derecha, la deidad porta en su pecho el rostro de Medusa para convertir en piedra a quien se atreva a mirar a los ojos de la representación política nacional.

En el seno de Viena, amplio y dulce, se conservan los recuerdos de sus habitantes. El plano de la ciudad está lleno de conmemoraciones: aquí vivió Beethoven, aquí murió Mozart, aquí nació Schubert, de aquí huyó Franz Werfel. También, de vez en cuando, una plaquita cuadrada y dorada indica que desde aquí (desde este mismo edificio, desde este mismo portal) se deportó y asesinó a un judío en el meticuloso engranaje de la Solución Final. El rastro insidioso de la culpa se entreverá con la secular belleza de las calles: Viena, metrópolis eterna, es generosa con los vivos y con los muertos, quienes todavía y siempre pasean por el Ring. Algún día también nosotros seremos historia, y en ese momento, dotados por fin con el significado de una época, seremos más hermosos que nunca. Si los sueños revelan pulsiones profundas, entonces el Neue Burg muestra el deseo de esta ciudad, fiera devoradora de pueblos y lenguas, por el placer y la muerte que todo lo iguala y cuyo mero nombre convierte el presente en pasado. En los salones atemporales los soldados se sacrifican, los emperadores se coronan, las princesas imitan la dignidad de las diosas, y todos bailamos el vals inacabable de la violencia y la paz.

 

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