No sin la filosofía

Uno de los argumentos más clásicos –clásico como antiguo y muy citado– a favor de la filosofía es esa frase de Aristóteles apuntando que, cuando uno intenta justificar la inutilidad de la filosofía, ya se está sirviendo de ella. Claro que no es lo mismo la Atenas del s. IV a. C. y el alba del lógos que nuestromestizo s. XXI, doliente por las revoluciones fracasadas y obsesionado por la división y subdivisión del trabajo. Hay tantas ciencias como catedráticos y la filosofía está sometida a la misma lupa clarificadora: esto lógica, esto retórica, esto metafísica. El estudioso se realiza profesionalmente con tal labor de discernimiento mientras el viento de la Historia va barriendo el pensamiento filosófico de los planes de estudio de Secundaria. Si es que alguna vez estuvo allí.

Porque, claro está, de qué me sirve a mí saber lo que dijo Aristóteles hace un montón de años. El éxito del pensamiento aristotélico ha colocado a este autor, como a muchos otros, en ese extraño lugar que es la autoridad intelectual, gloria de esa estructura esquizofrénica que es el establishment académico. Y digo esquizofrénico porque a duras penas se pueden conciliar ortodoxia y rigor intelectual: dicho de otro modo, Friedrich Nietzsche se hubiera sentido un poco alienado si hubiera sabido que sus obras serían objeto del examen preuniversitario. O, dicho de otro modo, cómo transmitir el pensamiento de Nietzsche sin admitir que el aula no basta, el examen no basta, el profesor no basta. ¿Cómo enseñar filosofía sin diálogo?

Bien es cierto que el diálogo es hoy una forma de comunicación un tanto devaluada. Por lo visto el ser humano común estaba destinado a cumplir sus sueños de emancipación construyéndose como consumidor, juez sobornable en la arena pública de la educación de sus hijos. Así las cosas, se venden las clases de inglés, las de chino, la gestión emocional, los valores del emprendimiento. Los contenidos –o competencias: la distinta denominación no obedece a una diferencia conceptual– son pensados como programas de software; el modelo de aprendizaje es el de Neo en Matrix instalándose conocimientos gracias a un puerto USB. Padres e hijos quieren para sí mismos la mejor preparación, la más competitiva, porque el proyecto de futuro es ser un consumidor con criterios y poder adquisitivo y, por supuesto, tener un gran valor en el mercado laboral y personal. Ya lo decíamos al principio: de qué nos sirve Aristóteles, o Nietzsche, enseñados como eslabones de una caprichosa cadena de pensamiento. Sirven como señal de estatus, prestos a ser sustituidos por otros símbolos de privilegio: es decir, no sirven de nada.

Reivindico entonces la filosofía como punta de lanza de una educación social, una educación no propedéutica, una educación política. Reivindico la filosofía para reflexionar y cambiar lo que hoy parece obvio: ése es el poder del filósofo, sea un meticuloso coleccionista como Aristóteles o un intelectual feroz como Nietzsche. Y, si no tuviéramos miedo a cuestionar lo que se da por hecho, tampoco tendríamos miedo a responder las preguntas de los niños o a razonar con los adolescentes: no nos encerraríamos en un argumento de autoridad que se corroe a sí mismo. Sólo una sociedad que no espera ciudadanos pide a los jóvenes que aprendan quietos y en silencio. ¿Cómo jugar la educación sin los alumnos? ¿Cómo jugar la educación sin la filosofía?

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