Cantos de sirena

Sobre gustos no hay nada escrito”, dice el refranero, y difícilmente se encontrará un proverbio más desatinado. Sobre gustos se ha escrito muchísimo. Desde la Antigüedad clásica a nuestros días no han dejado de ver la luz textos que indagan sobre por qué gusta lo que gusta, qué cosas nos deberían gustar más que otras o por qué lo que a mí me gusta debería gustarnos a todos. Críticos pejigueros, guardianes morales y artistas empoderados han dejado un rastro histórico de escritos sobre el gusto que algunos curiosos husmeamos de cuando en cuando. Las reflexiones más o menos concluyentes se mezclan con opiniones virulentas; el amor y la repugnancia asemejan en la pasión con la que son expresados.

Esa pasión es, probablemente, lo único que no ha cambiado a lo largo de los siglos. El objeto, en cambio, se transforma con los procesos políticos y culturales. No hagan caso de quienes quieren, como el refranero, aislar al arte de las circunstancias concretas de los artistas y su público. El ideal de belleza ha mantenido siempre un tormentoso ménage à trois con los ideales de bondad y verdad, pero, como en los buenos romances, incluso los momentos de odio intenso reflejan la profunda atracción que une a los amantes. Lo que nos gusta refleja lo que consideramos verdadero y bueno: admiramos la precisión del esperpento, rechazamos la moral oficial prefiriendo al villano frente al héroe.

El héroe es justamente el que aprende a distinguir lo bueno de lo malo, lo falso de lo verdadero, merced a una disciplinada carrera que llamamos “aventura”. De Ulises a Rambo pasando por Jesucristo, la mística popular ha forjado a los héroes en una poética del sacrificio: hay que evitar el placer, hay que resistir a la tentación. Si uno ha querido decir algo o ser alguien en la plaza pública ha tenido que demostrar esta capacidad de resistencia. Los discursos sobre el gusto y las guías de estética han entendido también el estilo como ascesis, renunciando a lo degenerado, a lo racional, a lo burgués o a lo que toque repudiar en cada coyuntura histórica. El ingenioso Ulises les pidió a sus marineros que le ataran al mástil del barco para que no le sedujeran los cantos de las sirenas, porque sabía, como saben los artistas, lo tentador que es saltarse el código de estilo y transgredir las leyes del (buen) gusto.

Las sirenas han quedado como las malas de la película, agentes distractores, símbolo de todo aquello que nos hace procrastinar cuando deberíamos estar centrados en avanzar hacia nuestro objetivo (Ítaca). La industria cultural tiende a ofrecer productos que aseguren evasión momentánea o estatus intelectual. Placeres de alta rentabilidad, medidos por el poco tiempo que cuestan y la alta autopercepción social que rinden. Da miedo que las sirenas nos hagan cambiar de rumbo o perder el tiempo; también da miedo desatarse del mástil, confundir lo malo y lo bueno, dejarse llevar por su canto y perder así el título de héroe de la historia.

Pero Istmos no es nombre de héroe ni de patria, sino el único brazo que une al continente una tierra rodeada por mar. Tenemos vocación de recuperar territorios aislados y de llevar al lector a lugares exóticos y un poco remotos. Nos gusta cambiar de rumbo, perder el tiempo y aprender en la travesía. Dudamos al calificar algo de “feo” o “bonito”, “malo” o “bueno”, y hablamos mucho, y muy apasionadamente, antes de decidirnos. Eso sí, tenemos dos cosas claras: una es que nos interesa la gente que hace cosas para representar su visión del mundo; la otra es que, cuando el triunfo reside en conseguir objetivos, guiarse por el placer es un gesto de resistencia propio de los mejores villanos.

Y así, con el placer y la curiosidad por bandera, escribiremos sobre gustos. Os traemos los cantos de sirena.

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