Escuchar el estruendo. El ruido eterno, Alex Ross

La palabra misma evoca sensaciones poco agradables, agobiantes, confusas. “Estruendo” es el exceso ininteligible de sonido, y, hasta hace poco más de cien años, la peor calificación que una pieza musical podía recibir. Pero ocurre que el oído se acostumbra: tras unas décadas aprendemos a distinguir los sonidos del estruendo y recomponemos en nuestra cabeza la armonía. No es la música la que cambia, sino nuestro concepto de armonía el que se expande.

La historia de la música culta del s. XX es una crónica de la conquista del estruendo. Década a década los compositores han empujado los límites de la imaginación sonora, cercando la música hasta dejarla en silencio (con piezas perfectamente audibles como 4’ 33’’ de John Cage) o incorporando sonidos plebeyos ignorados hasta entonces (las motocicletas de Nam June Paik). Abandonar la creencia en la armonía agradable es una elección estética, es decir, afectiva y política. Por eso Alex Ross puede escuchar el s. XX a través de su música, en un itinerario convulso que muchas veces parece un desvío tan eterno como el ruido.

La música culta es la voz de un compositor encajado en unas circunstancias históricas. Los sonidos expresan su deseo, conforme o disconforme a la sociedad en la que vive: rescatando la armonía, sumándose al estruendo, esgrimiendo el silencio como expresión secreta del poder. Un silencio voluntario es señal de rebeldía, una rebeldía irreductible y no siempre heroica, como Shostakovich en la Rusia de Stalin. Porque el silencio también es una estrategia totalitaria. Acallando las ideas ajenas, las músicas degeneradas por ser judías, antipopulares o ambas; eliminando las voces disonantes se logra una sociedad homogénea y muerta. La armonía es un concepto ideológico, dice el s. XX, y por eso ha de ser depurado y precisado, extendido hacia (algunas) disonancias, purgado de (determinadas) consonancias. Hay quien no supo adaptarse a las modas y a las imposiciones, y que, como Sibelius o el propio Shostakovich, se quedaron en silencio. Nada más puro, ni más estéril. Y es que, aunque la violencia suela anunciarse con estruendo, la muerte más absoluta es silenciosa.

Sin embargo la música ha sido tan tenaz como la vida y ha superado el siglo XX, de ahí que el título del libro –El ruido eterno– sea toda una celebración de que se sigue componiendo y se siguen escuchando cada vez más voces distintas y de sitios más distintos. Ross desgrana una historia completa, ligando sociedad, música y carácter, sin querer tomar partido entre unos y otros. Es de agradecer que a estas alturas de la sinfonía se hable por fin de la elegancia de los acordes, o de la brutalidad del timbre de un instrumento, deleitándose en el sonido y no en la altura ¿musical? ¿moral? del compositor. Ross goza de un oído fino y de una idea felizmente extensa de lo que debe ser la armonía, y reserva sus simpatías para aquellos que, siempre un poco a contracorriente, se empeñaron en no beber de los mismos maestros ni practicar teorías puntillosas. Sobresalen así Charles Ives, Jean Sibelius, George Gerswhin, Benjamin Britten, Leonard Bernstein, Kurt Weill.

La música devora felizmente el ruido, devolviéndolo como una armonía nueva, inaudita, que no renuncia al estruendo. Ross no distingue entre música y ruido, sino entre sonido y silencio, ese silencio mortal e infinito, intocado incluso por los latidos del ritmo. La música, como la historia, discurre por los cauces de las cosas vivas: todo cuenta, cada acontecimiento, cada acorde, forman parte de la composición. La música acumula una herencia de revoluciones sonoras que hay que continuar: de Monteverdi a Beethoven, de Mahler a Part, la música nos muestra la belleza del ruido.

Y así seguimos. Ross disfruta esbozando un panorama de la música futura, donde el legado de todos estos hombres blancos es reapropiado, engrandecido, por las voces de otros sexos y otras esquinas del planeta. No caigamos en la tentación de elegir una sola escuela o un solo sonido. Afinemos el oído para escuchar la música en el estruendo.

Etiquetas : cultura, historia, música
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