#3 No sin ellos


En nuestro primer número nos hemos ido y tras irnos, hemos querido volver, pero no queremos hacerlo sin ellos. No sin los que han vivido y viven marginados, no sin los que han sido expulsados del sistema por plantear una alternativa incómoda para los poderes establecidos, no sin las minorías, sin las culturas olvidadas, sin las lenguas muertas, sin las matadas. Queremos volver con ellos, sin soltarles de la mano, con su pasión bajo el brazo, para construir más de lo que ya tenemos, para construir no castillos de viento sino cimientos de una sociedad que debe encarar el futuro junto a los que viven subyugados, condenados al ostracismo. Vayámonos para volver, volvamos para empezar algo nuevo, siempre mejorado, de una vez por todas con todos, no sin ellos.


Es tarde. Deben ser la tres de la madrugada y, mientras en Ao Tea Roa hay un árbol que sigue creciendo alto, yo apuro mis últimas horas en Viena. Estoy en una habitación de Währinger Straβe con dos austríacos y un alemán que leen a Oscar Wilde, Schopenhauer y un cómic de Lucky Luke, respectivamente. Dos calles más arriba está la casa de Schubert, y unas cinco más abajo, el piso donde Freud pasaba consulta. Sigue lloviendo. Lleva una semana entera sin parar de llover. Esta mañana, agotado, he salido por primera vez en días.
Sus patas escarban la tierra, como si de un toro se tratase, pero con otra intención, con otro humor y de otra manera. Escarba selectivamente, apuntando con su pico allí donde caerá el siguiente arañazo. Primero con una pata y luego con la otra. Parece nerviosa, pero seguramente sea solo una percepción fruto de nuestro antropocentrismo. Va buscando algo que picar, fortaleciendo de paso sus muslos. Esos que tiempo después habrán llegado a la mesa de nuestras casas y serán objeto de las miradas de todos los comensales. –¿Alguna preferencia?– dirá mamá. Todos diremos que no, pero en el fondo todos ansiamos esos muslos.
Hemos de sentarnos. En compañía mejor que de manera individual. Sin pantallas de por medio. Sin sacar las manos de los bolsillos. Ni el móvil de la mochila, el bolso, la riñonera, el cerebro. Hemos de sentarnos. En las calles, en los bancos de dos, de tres, de reposabrazos como asiento para el cuarto de la pandilla. Hemos de compartir banco con el vecino de Vallehermoso 37, Santiago, que día tras día, tarde a tarde, se sienta, junto a sus 82 años, a ver pasar a la gente.
Son las 20h de una escalera pública, en una plaza pública, que contiene muchos skaters, varios amantes, algunos amigos de la cerveza, una docena de microteatros y una escuela, pública como la plaza, como la escalera. El primer tramo de dicha escalera se levanta con miedo. Manos nerviosas pero acostumbradas empiezan a recoger los bolsos y las mochilas de los peldaños. Tampoco olvidan la bebida ni los cacahuetes, saben que será rápido y de aquí a unos minutos volverán a estar sentados, charlando como si nada ni nadie hubiera pasado.
Gabriel lleva cuatro horas lanzando preguntas retóricas que yo, ni queriendo, acertaría a contestar: “¿por qué, para qué, para quién?” emplear nuestras energías y nuestro tiempo. Gabriel alcanzará el récord de doce horas pivotando sobre la misma cuestión, unas decenas de kilómetros de paseo y unas cuantas cervezas forzadas. Él y su compañera Raissa acaban de completar un año viviendo en una kombi en Brasil, una de esas furgonetas que todos hemos ansiado alguna vez, aunque no tengamos tabla de surf ni pelo que aguante tal cantidad de litros de agua salada diaria. Pero tranquilos pues hay vida más allá del surf. Gabriel, Raissa y su furgoneta son ya Etinerâncias, un proyecto de recolección de saberes tradicionales y trueque de semillas “puras”, sin tóxicos, transgénicos ni pesticidas industriales, en comunidades indígenas y quilombolos (comunidades africanas).
"Seguimos siendo vistas como unas intrusas en el poder”, clamó muy calmadamente Mónica Oltra en un acto de campaña de las recientes elecciones generales. Oltra, una de las caras más visibles de la nueva política en la Comunidad Valenciana, aseguró, en esa misma charla que compartió con Ada Colau, Rita Maestre, Clara Serra y Victoria Rosell, que Joan Ribó, el actual alcalde de Valencia, era "la madre”: Rita Barberá había sido “el padrastro” de la ciudad durante los 14 años que reinó en la alcaldía, no la madrastra.
La historia se muestra inmisericorde y se vale, desde que el mundo es mundo, de los más débiles para coronar a los más fuertes, a aquellos que pueden asomar la cabeza por estar elevándose sobre el cráneo de otros. Asimismo, las sociedades, responsables escritoras de esa historia y esa verdad universales, se estructuran bajo una cruel jerarquía que obliga, sin dilaciones ni mayor reflexión, a colocar a unos pocos elegidos por encima de sus iguales, de sus compañeros de partida.

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