#4 Silencio, Armonía, Estruendo


En Istmos le rendimos nuestro particular homenaje al sonido con una cadena de tres palabras: Estruendo, Armonía y Silencio, que lanzamos al aire para que cualquiera pueda interpretarlas de las maneras más variopintas. Partimos del sonido para expresar sensaciones, sentimientos e ideas que se transformarán en un texto, un baile, una melodía, un dibujo, una sucesión de imágenes… Nada está predeterminado y todo experimento es bienvenido en este nuevo viaje. Que empiece el juego, ¿te animas?


Parece que hace tiempo, cuando comenzamos a vivir en ciudades y enmendamos nuestra loca huída de la naturaleza, dejamos de prestar atención a los sonidos que nos rodeaban. Ahora, lo que escuchamos pasa desapercibido o queda relegado a menudo a lo visual. Oír es una de las primeras cosas que hacemos al nacer y no dejamos de hacerlo jamás. Siempre oímos, incluso en una habitación totalmente aislada o en plena naturaleza, ya sea un leve zumbido en los oídos, el sonido de nuestra respiración o de nuestro pulso.
Es temporada alta en un veraniego pueblo costero de Estados Unidos. La playa está abarrotada de bañistas que chapotean alegremente en el agua y niños gritones que se lanzan pelotas de colores cuando, de repente: chan-chan, chan-chan, chan-chan... La terrorífica aleta de Tiburón (Steven Spielberg, 1975) zigzaguea hacia la orilla y no precisamente para tomar el sol en la arena. Se trata no solo de la llegada del indeseable escualo que amenazaba con hincar el diente a los turistas de la zona, sino -en términos dramatúrgicos- del arranque del conflicto. El conflicto (o el drama, el problema) rompe la situación de equilibrio inicial del mismo modo en que un estruendo quiebra la armonía. Es en este momento cuando sentimos que una película empieza. A partir de ahí, el protagonista se enfrentará a un proceso, generalmente doloroso, por el que se transforma en un héroe capaz de encarar al antagonista en la lucha final (el clímax) donde descubrimos si logrará o no su objetivo.
Silencio. Silvestra y Silvestre nacieron a la misma hora, el mismo día del mismo año: 31 de Diciembre de 1933, día de San Silvestre, patrón de los corredores. Ni Silvestre ni Silvestra se hicieron atletas. Tampoco se conocieron nunca a pesar de haber nacido a escasos 7 kilómetros. Silvestre en Pozoseco. Silvestra en Pozoamargo. A los pocos años de nacer, dicen que hubo una guerra. Nadie les habló mucho de ello pero Silvestra no conoció a su padre y a su madre no le recuerda color. Sus infancias fueron parecidas. Unos pocos años en la escuela aprendiendo los rudimentos; y luego a segar. Algodón, yeros, garbanzos....Hambre no pasaron, pero sí mucha gana.
Istmos propone a numerosos músicos una interpretación libre de los conceptos Silencio, Armonía y Estruendo con sus respectivos instrumentos. Viola, violín, trompeta barroca, gaita, percusión, oboe y cello dan forma al resultado. Violin: Fumiko Terada; Viola : Eunmi Shin; Violonchelo: Mareike Schünemann; Oboe: Celia Olivares; Gaita: Adrián Gallero; Trompeta: Andreas Stickel; Percusión: Felix Ernst
Guinea Conakry, 31 de agosto, 2003: «... Otras veces te he hablado de Kumba y de su clase de diecisiete sordomudos. Ellos también se graduaban. Por alguna razón regreso a sus ojos y a sus manos, como si resumieran a la humanidad. Personas que no pueden hablar o a las que nadie escucha: la inmensa mayoría de nuestra especie. Cuando salieron al escenario y se pusieron en fila nadie sabía lo que iban a hacer. Kumba, a través de un joven intérprete, nos explicó que la clase de los sordomudos había preparado una canción para la ceremonia. Estábamos atónitos. Ella se volvió hacia los diecisiete y al unísono empezaron a mover las manos vivamente. El intérprete, mirándoles, entonaba en alto el silencio cantado de los sordomudos. El canto decía la luz, la esperanza, el júbilo.
Un día llegará que no estaremos, y eso será una buena noticia. Hay señales que lo anuncian, avisos del apocalipsis que se recrean en el carácter funerario del evento. Pero no teman, ya verán qué liberación dejar atrás estas formas imperfectas de vida. Todavía no ha llegado el momento de decir adiós, aunque basta encender la televisión para encontrarse con una jauría de zombis que nos lo recuerda. O abrir la nevera y comerse un tomate que sabe a corcho mezclado con agua del grifo. Para algunos el final ya está en marcha, y que un tomate no sepa a tomate es un indicador incontestable de que el mundo, con nosotros dentro, se va a la mierda. Mientras tanto, mientras llega el desenlace, vivimos tiempos agónicos a la espera de que algo suceda y cambie el curso de la Historia con mayúsculas, y también, ya que estamos, el rumbo de nuestras minúsculas vidas.

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