¿Están -como temía Georg Simmel en 1903- tan alejadas las grandes ciudades de la vida del espíritu? ¿Es en ellas únicamente posible el cálculo y el tiempo de los negocios? Para contestar negativamente, se suele acudir a la figura del flâneur que funda la modernidad occidental. Primero Baudelaire y luego Walter Benjamin rescatan para la metrópoli al Rousseau de “las ensoñaciones”, cuando sale a pie de su parisina casa de Les Halles, para herboristear. Entre sus elucubraciones andarinas siente en un momento determinado la necesidad de abandonar las menudas observaciones para entregarse a contemplar “el todo” que, según sus propias palabras, se extendía ante sus ojos.
Uno no puede evitar pensar en eso del "espacio público" cuando, caminando por el estrecho espacio existente entre terraza y rugido de vehículos en movimiento, aparece un pequeño patio abandonado, o un parque en proceso de degradación, o aquel centro cultural que llenaba de vida el barrio, ése que ya cerró, ése; que de alguna manera nos transmite cierta nostalgia de lo no vivido. Tampoco puede uno simplemente atar su imaginación a lo existente ante el uso que se les ha venido dando a multitud de espacios públicos existentes en nuestras ciudades y pueblos. Usos siempre relativos a la privatización temporal de ese espacio para la realización de conciertos, festivales o espectáculos con un precio nada popular y un beneficio privado casi siempre relacionado con alguna forma de amiguismo entre promotor y dirigente político. Pareciera que lo público no es de todas y todos, sino más bien "de ellos".
Esta declaración de intenciones podía leerse en los pasquines de una de las primeras protestas populares de la Puerta del Sol, provocada por el malestar que generó la llegada de Carlos I, quien en 1517, proveniente de Flandes y sin hablar castellano, arribó a la costa cantábrica tras autoproclamarse rey de sus posesiones hispánicas.“Habéis de saber, señor, que el rey no es más que un servidor retribuido de la nación”, dijeron las Cortes de Castilla, tras jurar lealtad descontentamente al rey Carlos I. Varias peticiones le hicieron llegar las Cortes al rey, entre ellas, aprender a hablar castellano, el cese de nombramientos a extranjeros y la prohibición de la salida de metales preciosos y caballos de Castilla.
Llegué a la casa en la que vivo ahora hace trece años, y no fue hasta hace poco que me fijé en el terreno de al lado. Un día, mi madre me contó que les había pedido permiso a los vecinos para hacer un camino que pasase por ese terreno y llegase a casa. La respuesta fue positiva. A partir de ahí, como si de un agradecimiento o un intercambio se tratase, vi cómo mi madre empezaba a desbrozar y limpiar frecuentemente ese terreno, recuperando poco a poco los robles abducidos por las zarzas y los tojos. Fue entonces cuando descubrí que dicho terreno era comunal, es decir, que su uso y propiedad es de todos los vecinos de la parroquia. Y a partir de ese momento, fui consciente de que el terreno de al lado de mi casa es sólo un pequeño tesoro de los muchos que existen en el resto del Estado. Reliquias que hay que conocer, valorar, cuidar y trabajar: los terrenos comunales.
Vivimos una crisis sistémica marcada por el deterioro económico, por un panorama social devastado que nos lleva a una degradación generalizada de las condiciones de vida y a un aumento insostenible de las desigualdades sociales. En el terreno del urbanismo y la arquitectura esta crisis es encarnada por la grandeza e insensatez de proyectos urbanos desproporcionados, obras infraestructurales infrautilizadas, edificios icono de la ciudad diseñados por arquitectos estrella y, en suma, una lógica insostenible de construcción y crecimiento ad infinitum basado en estrategias especuladoras, muy alejadas de la realidad diaria de las personas que las habitan e insensibles a los límites de la naturaleza. Se preguntaba David Harvey en su libro Rebel Cities: “¿Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular urbanización?, ¿nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado sumidos en la alienación, la cólera y la frustración?”.
Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje.
Nueva política ciudadana. Vemos cómo en el Estado español las últimas elecciones señalan un nuevo ciclo electoral que supone un verdadero proceso constituyente sin que éste exista formalmente. Una nueva marea política ciudadana logra hacerse con muchos espacios de poder institucional, en gran medida gracias a la sacudida sociopolítica que supuso el 15M, tras los necesarios años de maduración y concreción de trasladar las demandas de los sectores no libertarios y apartidistas de los indignados, a la arena política institucional.

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