Palabras castellanas de origen árabe –Una página de Ramón Menéndez Pidal–

Menéndez Pidal (La Coruña, 1869; Madrid, 1968) es uno de los intelectuales españoles más admirables y ejemplares del siglo XX. En 1931, enunciaba la siguiente profecía: «Este anhelo de instantaneidad y ubicuidad que nos atormenta hoy y que seguirá alcanzando progresos incalculables... La mínima cosa que se habla en cualquier punto de la tierra envuelve al globo con sus ondas y puede ser escuchada en todos los países...». Discípulo de Menéndez Pelayo, dirigió la Real Academia Española durante dos etapas. Primero, entre 1925 y 1939, año en que dimitió como protesta contra las injerencias del poder franquista. Y de nuevo, entre 1947 y la fecha de su fallecimiento, haciendo respetar en todo momento la condición de que los sillones de los académicos exiliados permanecieran sin cubrir. 

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La estancia de los conquistadores de lengua árabe en España durante ocho siglos no podía menos de dejar profunda huella entre los cristianos. Las relaciones políticas y matrimoniales entre las familias soberanas de ambas religiones empezaron ya en los primeros tiempos de la Reconquista, y el trato guerrero y comercial de ambos pueblos no cesó jamás. Alrededor de las huestes cristiana y mora, que en la frontera vivían en continuo trato, había una turba de enaciados que hablaban las dos lenguas, gentes de mala fama que hacían el oficio de mandaderos y correos entre los dos pueblos y servían de espías y prácticos al ejército que mejor les pagaba; y sin que constituyera una profesión como la de estos, había también muchedumbre de moros latinados o ladinos que sabían romance, y cristianos algarabiados que sabían árabe.

 

 

Los conquistadores no hicieron admirar su organización guerrera y nos enseñaron a proteger bien la hueste con atalayas, a enviar delante de ella algaradas, a guiarla con buenos adalides prácticos en el terreno, a ordenar bien la zaga del ejército, a vigilar el campamento y los castillos con robdas o rondas, a dar rebato en el enemigo descuidado, de donde formamos el verbo arrebatar; también mirábamos como modelos sus alcázares, adarves, almenas y castillos.

Pero no solo en la guerra, sino también en la cultura general eran superiores los moros a los cristianos durante la época de esplendor del califato; así que en sus instituciones jurídicas y sociales nos parecían muchas cosas mejores, y por eso nos impusieron los nombres de alcalde, alguacil, zalmedina, almojarife, albacea, etc.

 

 

En esta época de florecimiento, el comercio moro nos obligaba a comprar en almacenes, alhóndigas, almonedas; todo se pesaba y medía a lo morisco, por quilates, adarmes, arrobas, quintales, azumbres, almudes, cahices, fanegas, y hasta la molienda del pan se pagaba en maquilas. Y cuando la decadencia postró a los invasores, aún nos daban oficiales y artistas diestros: de ahí los nombres de oficio, alfajeme, alfayate, albardero, alfarero, albéitar, y sus albañiles o alarifes construían las alcobas de nuestras casas, los zaguanes, azoteas, alcantarillas, etc. Los moriscos ganaron fama de buenos hortelanos: de ahí los nombres de plantas y frutas como albaricoque, albérchigo, acelga, algarroba, altramuz; de su perfecto sistema de riegos hemos tomado acequia, aljibe, alberca, albufera, noria, azuda. Continuar estas listas sería hacer el resumen de lo mucho que nuestra cultura debe a la de los árabes. (Manual de gramática histórica española, 1904).

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