Poliamor y aceleración social

 

Una cuestión física y astronómica: aunque dentro de 7.590 millones de años, la Tierra sea engullida por el Sol, los plazos de habitabilidad de nuestro planeta son más breves. La evolución del Sol hace que, lenta e inexorablemente, vaya emitiendo más luz y calor hacia la Tierra. La mengua de los recursos atmosféricos y el calor solar incrementado acabarán venciendo los sistemas de regulación climática de la Tierra. En 1982, James E. Lovelock aventuró la cifra de cien millones de años –en “Life span of the biosphere”, Nature 296 (abril de 1982). Sin embargo, cálculos posteriores alargan mucho el plazo en que la Tierra seguirá siendo hospitalaria para la vida. En el otoño de 2013, astrofísicos de la universidad británica de East Anglia informaban que durante 1.750 millones de años será todavía habitable el planeta Tierra, antes de que la evolución degenerativa del Sol –tal es la vida de las estrellas— abrase las opciones de futuro de nuestro viejo planeta…

Para estas cuestiones una lectura sugerente es Chris Impey, Cómo acabará todo, Biblioteca Buridán/ Eds. de Intervención Cultural, Barcelona 2014.

Copio aquí algunos fragmentos míos (en parte publicados y en parte inéditos) que pueden tener quizá interés para el ejercicio que plantea la revista Istmos.

  

Se pregunta Carlos G. Miranda de dónde saca la gente tiempo y energía para amar tanto —en referencia al poliamor, que parece conocer cierto auge, al menos discursivo—.[1] Una respuesta sencilla: ¡basta con no ver la tele! En promedio, se cuantifica que hoy el consumo televisivo en España ocupa tres horas y cuarenta minutos a cada cual. Rebajar la ingesta de tele libera una cantidad ingente de recursos temporales —para dedicarlos al amor y a la democracia, sin ir más lejos…[2]

Pero el poliamor plantea cuestiones más de fondo. ¿Quizá habría que asociarlo con la dinámica de la aceleración social en la Modernidad que ha teorizado Hartmut Rosa? El sociólogo y filósofo alemán sugiere que uno de los motores (de los tres motores) de esta dinámica, su motor cultural, es la promesa de un equivalente a la vida eterna.

¿Cómo entenderla? En las modernas sociedades seculares, el énfasis central se pone en la vida antes de la muerte, incluso para la gente que sigue manteniendo creencias religiosas. Ahora bien, “la riqueza, plenitud y calidad de una vida, de acuerdo con la lógica cultural dominante de la modernidad occidental, pueden ser medidas por medio de la suma y la profundidad de las experiencias acumuladas durante dicha vida. Según esta concepción, la vida buena es la vida realizada, es decir, una vida que es plena en experiencias y capacidades. Esta idea ya no presupone una ‘vida más elevada’ después de la muerte, sino que consiste, más bien, en la realización de tantas opciones como sea posible dentro de las muchas posibilidades que el mundo tiene para ofrecer”.[3] Así, confrontados a la finitud y la muerte, la respuesta es la aceleración del ritmo de vida para embutir cuantas más experiencias mejor en lapsos de tiempo cada vez más breves.

¿Cómo afectaría esta lógica cultural a la relación amorosa? Hallándose las experiencias del enamoramiento y la sexualidad entre las más potentes que nos es dado vivir a los seres humanos, se aspiraría a multiplicarlas: y ahí, frente al pasado de “una pareja para toda la vida” y el pasado más reciente de la monogamia sucesiva, las ventajas del poliamor resultan evidentes.

No puedo entrar ahora a debatir seriamente el complejo asunto de en qué medida tales aspiraciones —como otros fenómenos asociados con la dinámica de la aceleración social— pueden ser autofrustrantes. Cada vez más vivencias en cada vez menos tiempo… Es una aspiración coherente con la sociedad de la mercantilización total, pero se frustra a sí misma. La otra gran opción es la buena: buscar la calidad de las experiencias en vez de la cantidad de las vivencias, bailar sobre una baldosa, estar ahí.

Es cierto que los seres humanos podemos sacarle algún gusto ocasional a la velocidad —ahí están para demostrarlo las montañas rusas de los parques de atracciones y todo ese mundo de las carreras de motos—, pero la vida buena queda del lado de la lentitud. Por eso resulta tan destructivo el proceso de aceleración social que analiza Hartmut Rosa.

  

El ser humano es una bestia trágica

 Por más vueltas que uno dé, acaba desembocando en esa constatación. Hay que aceptar nuestra condición —pero de verdad— y tomarla como punto de partida.

La comedia, dijo el no precisamente falto de ingenio Woody Allen, es tragedia más tiempo. Pero la vida humana es breve, y por eso el tiempo escasea: la tragedia tiende a prevalecer sobre la comedia. Y cuando la historia se acelera —como ha ocurrido sobre todo en el último medio milenio, y no digamos en el último medio siglo, en esa fase tremenda de la historia humana que llamamos la Gran Aceleración[4]—, entonces la tragedia tiende a acumularse y la comedia casi desaparece. 

(Admonición del viejo Séneca: “Nos quejamos mucho de la brevedad del tiempo y, no obstante, tenemos mucho más del que sabemos aprovechar. Pasamos nuestras vidas o bien sin hacer nada, o bien sin hacer nada con un objetivo claro, o sin hacer nada de lo que deberíamos hacer. Siempre nos quejamos de que nuestra vida es corta, y sin embargo actuamos como si no tuviera fin.”)

Entre el budismo y la sabiduría flamenca, aquella frase de la anciana andaluza que suele repetir mi amigo granadino Rafael: qué lástima de todo el mundo.

 

La fecundidad del vacío

Anna Caballé comenta un libro de conversaciones con Jean-Paul Sartre: “Cuánto ha cambiado nuestro mundo desde los años setenta: de la pasión por el Absoluto de Sartre o Beauvoir a nuestro relativismo desesperado que apenas tiene respuestas, más allá de las cuestiones capaces de generar beneficios”. Y es que, en efecto, un mundo que sólo parece capaz de preguntarse “dónde está mi 3%, dónde está mi 25%” no sólo es abismalmente nihilista: también es rápidamente autodestructivo. Su recorrido resultará muy corto en términos históricos, a partir de la brutal aceleración hacia el abismo que prendió alrededor de 1980.

Cuánto nos cuesta entender las dinámicas de crecimiento exponencial (con esos tiempos de duplicación que menguan prodigiosamente). Cómo ha cambiado el metabolismo sociedad-naturaleza en los últimos ochenta años aproximadamente, y sobre todo en los últimos treinta (los años alrededor de 1930 y 1980 como goznes del siglo XX) es algo que desafía la imaginación humana. ¿Desde qué fecha diría usted que los habitantes actuales de la Tierra hemos emitido la mitad de los gases de efecto invernadero, en tiempos históricos? La respuesta es estupefaciente: ¡desde 1980! [5] Apenas en tres decenios, tanto como en muchísimos milenios antes: así se comportan los crecimientos exponenciales. Nos cuesta entender que el mundo actual, en lo que a impactos sobre la biosfera y los ecosistemas se refiere, no tiene nada que ver con aquel donde vivían nuestros abuelos.

Dicho todo lo cual, sin embargo, hay que insistir en que la “pasión por el Absoluto” que evocaba Anna Caballé es una pasión malsana. ¿Seremos de verdad capaces alguna vez de reconciliarnos con nuestra dependencia, nuestra finitud, nuestra contingencia —con la intensidad del ahí y la fecundidad del vacío?

 

Ignacio Echevarría relee el Hiperión de Hölderlin

Hay algo de autocomplacencia romántica en sentirnos nada menos que Asesinos de la Naturaleza —los Sublimes Grandes Criminales—, pero haríamos mal en abandonarnos a esa clase de estremecimiento narcisista (el narcisismo de especie nos engaña tanto como el individual).[6] Las fantasías humanas de potencia y control, hoy magnificadas por el despliegue de la tecnociencia, son la peor de las trampas para una especie cuya supervivencia está gravemente amenazada —a causa de sus propios errores…—. Sí, repetimos el diagnóstico de Frederic Jameson según el cual nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo; y sin embargo nuestra flaqueza de imaginación —que condiciona la exuberancia de esa fantasía secuestrada por los milagros de la tecnociencia— no afecta al curso de las cosas… El fin del capitalismo está cerca —lo cual no es necesariamente una buena noticia, por el estado de devastación que dejará tras de sí—, pues a eso nos conduce su acelerada dinámica autodestructiva; y el mundo seguirá adelante, con seres humanos o sin ellos. 

Imaginar que Apple y Siemens son perdurables y la naturaleza perecedera es un error banal; que personas tan lúcidas como Ignacio Echevarría incurran en el mismo sólo señala la intensidad de la ceguera culturalmente inducida hacia algunas de las verdades más básicas de todas —señaladamente, nuestra ecodependencia e interdependencia—. Que destruyamos bosques, contaminemos océanos, exterminemos especies y desequilibremos el clima del tercer planeta del Sistema Solar no quiere decir que podamos aniquilar la naturaleza o “segregarnos definitivamente”[7] de ella… Herida, la Madre Tierra seguirá adelante; si la herimos demasiado, nosotros no.

Hay que insistir en ello: aunque a menudo se emplea la retórica de “salvar el planeta”, éste seguirá adelante, con seres humanos o sin ellos. La Tierra no nos necesita a nosotros: nosotros necesitamos a la Madre Tierra. La vida como fenómeno biológico es extremadamente resistente (los biólogos hablan en este contexto de resiliencia, con un término que toman prestado de la psicología): ni siquiera la peor catástrofe imaginable causada por seres humanos —“antropogénica”, por emplear un adjetivo que oímos a veces—, una guerra nuclear generalizada, acabaría con las formas más sencillas de vida, y la evolución continuaría luego su curso. Las bacterias seguirán ahí: son las posibilidades de vida buena para los seres humanos, e incluso nuestra mera existencia, lo que está amenazado.

La dinámica autoexpansiva del capital, y el impulso de una tecnociencia que se despliega de forma parcialmente autónoma, lanzan a las sociedades industriales a un violento choque contra los límites biofísicos del planeta: éste es el fenómeno central en nuestra época. A pesar de todas las estrategias de las clases dominantes y los países enriquecidos para desplazar los impactos (hacia el futuro, hacia los países empobrecidos, hacia los sectores sociales desfavorecidos, hacia las mujeres, hacia los animales no humanos), éstos no dejan de agravarse y hacerse presentes en forma de enfermedades evitables, hambre, conflictos de todo tipo y una devastación ecológica generalizada. El horizonte del BAU (business as usual) es el ecocidio —que no puede sino venir acompañado de genocidio.

De manera que, a la postre, Hiperión no está tan desencaminado cuando, en la última de las cartas a su amada Diótima, celebra la “indestructible belleza del mundo” —indestructible en la escala temporal humana: desde luego, de aquí a mil millones de años todos calvos— e interpela a la naturaleza diciendo: “Los seres humanos caen de ti como frutos podridos, ¡deja que se hundan en ti, así volverán de nuevo a tus raíces!” Ojalá que sepamos hacer de nosotros mismos algo mejor que dar cuerpo a ese humus fecundo que, en cualquier caso, seguirá formándose durante unos cuantos cientos de millones de años en la superficie de la Tierra.

 

Velocidad de escape

La Modernidad euro-occidental puede entenderse bien a través del fenómeno de la aceleración social, como propone Hartmut Rosa (aceleración que entre otras cosas es “una nueva forma de totalitarismo”).[8] Hoy, Silicon Valley y las demás fuerzas tecnolátricas sueñan con la velocidad de escape: por analogía con esa elevada velocidad que permite a un cuerpo escapar de la atracción gravitatoria de la Tierra (u otro astro),[9] sueñan con que la aceleración creciente del cambio tecnológico alcance la velocidad que permita escapar de los límites biofísicos y de la condición humana. El esfuerzo por materializar este wet dream nos lleva al desastre.



[1] Carlos G. Miranda, “El poliamor es un bajón”, 20 minutos, 1 de junio de 2016; http://www.20minutos.es/opiniones/carlos-g-miranda-poliamor-es-un-bajon-2760940/

[2] En una anotación de hace un tiempo escribía yo: La democracia cuesta demasiadas tardes libres, diríamos parafraseando a Oscar Wilde. Es una perfecta ilusión pensar que la “democracia liberal” —en rigor, poliarquías más o menos oligárquicas— tenga algo que ver con la democracia, porque ésta no es votar una vez cada cuatro o cinco años, sino participar en asambleas muchas tardes de cada mes. No se puede ser demócrata sin militancia cotidiana: la condición humana —y nuestra torturada relación con la jerarquía, la dominación y la igualdad— no da para mucho más. (Entrada en mi blog Tratar de comprender, tratar de ayudar del 2 de marzo de 2015: http://tratarde.org/la-democracia-cuesta-demasiadas-tardes-libres-diriamos-parafraseando-a-oscar-wilde/ )

[3] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2016, p. 47.

[4] A mediados del siglo XX —hacia1950— habría tenido lugar, según Will Steffen, la transición efectiva del Holoceno al Antropoceno en forma de Gran Aceleración. El Holoceno es el periodo de la historia geológica del planeta Tierra, dentro del Cuaternario, en el que nos hallamos desde hace algo más de diez mil años. “La segunda mitad del siglo XX es única en toda la historia de la existencia humana en la Tierra. Muchas actividades humanas llegaron a puntos de despegue en algún momento del siglo XX y se han acelerado bruscamente hacia el final del siglo. Los últimos cincuenta años del siglo XX [y lo que llevamos del siglo XXI, J.R.] han visto sin duda la más rápida transformación de la relación humana con el mundo natural de toda la historia de la humanidad” (Will Steffen, Wendy Broadgate, Lisa Deutsch, Owen Gaffney y Cornelia Ludwig: “The trajectory of the Anthropocene: The Great Acceleration”, The Anthropocene Review vol. 2 num. 1, abril de 2015; http://anr.sagepub.com/content/early/2015/01/08/2053019614564785.abstract , http://anr.sagepub.com/content/2/1/81 ).

Una posible fecha de inicio específica del Antropoceno sería el 16 de julio de 1945, cuando la primera bomba atómica fue detonada en el desierto de Nuevo México: “Los isótopos radiactivos de esta detonación se emitieron a la atmósfera y se extendieron por todo el mundo para proporcionar una señal única del inicio de la 'Gran Aceleración', una señal que es inequívocamente atribuible a las actividades humanas”, dice este importante estudio.

“Es difícil sobreestimar la magnitud y la velocidad del cambio. En una sola vida la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica a escala planetaria”, señala el autor principal, Will Steffen, de la Universidad Nacional de Australia y el Centro de Resiliencia de Estocolmo. Los investigadores e investigadoras han trazado gráficos de la actividad humana desde el comienzo de la Revolución Industrial (hacia 1750) al año 2010, así como de los cambios en el sistema de la Tierra en este período: los niveles de gases de efecto invernadero, la acidificación de los océanos, la desforestación, el deterioro de la biodiversidad… Doce indicadores muestran la actividad humana, entre ellos el crecimiento económico (PIB), la población, el uso de energía, las telecomunicaciones, el transporte y el uso del agua. Otros doce, los cambios ambientales: en el ciclo del carbono, el ciclo del nitrógeno, la biodiversidad... “La primera vez que agregamos estos datos, esperábamos ver grandes cambios, pero lo que nos sorprendió fue el tiempo. Casi todas las gráficas muestran el mismo patrón. Los cambios más dramáticos han ocurrido a partir de 1950. Fue el inicio de la 'Gran Aceleración',” dice Steffen (Judith de Jorge, “Y la humanidad dio la «Gran Aceleración»”, ABC, 15 de enero de 2015; http://www.abc.es/ciencia/20150115/abci-humanidad-gran-aceleracion-201501151521.html ).

Sintetiza Mateo Aguado: “La Gran Aceleración es como se conoce al fenómeno de rápidas transformaciones socioeconómicas y biofísicas que se inició a partir de mediados del siglo XX como consecuencia del enorme desarrollo tecnológico [y económico] acontecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Según sus defensores (Crutzen y Stoermer, 2000; Steffen et al., 2011, 2015), este fenómeno, junto a la posterior globalización económica, habría sumido al planeta Tierra en un nuevo estado de cambios drásticos inequívocamente atribuible a las actividades humanas. Así, el enorme crecimiento del sistema económico-financiero mundial, junto al desarrollo tecnológico y al proceso de globalización, habrían posibilitado un acoplamiento a escala planetaria entre el sistema socioeconómico y el sistema biofísico de la Tierra que representaría el comienzo de la era de los humanos” (Mateo Aguado: Vivir bien en un planeta finito. Una mirada socio-ecológica al concepto de bienestar humano, tesis doctoral defendido en el Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid, 17 de marzo de 2016, p. 17).

Señala con acierto Josep Xercavins que es mejor hablar de Gran Aceleración que usar el eufemismo Cambio Global: “la exponencialidad tan manifiesta de todas (¡todas!) las tendencias presentadas, actualizadas y analizadas [muestra] que todos nuestros sistemas: sociales, económicos, ambientales, etc. están claramente acelerándose —evolucionan con el tiempo de forma exponencial: con una gran aceleración— y están, por lo tanto, fuera —totalmente fuera— de toda tendencia lineal mínimamente estabilizadora, mínimamente cercana a futuras situaciones estacionarias” (“La Gran Aceleración… ¿hacia el Gran Colapso?”, Other News en español, 11 de febrero de 2015; http://www.other-news.info/noticias/2015/02/la-gran-aceleracion-hacia-el-gran-colapso/ ).

[5] “En los últimos treinta años [1980-2010, aproximadamente] se ha emitido a la atmósfera una cantidad de GEI equivalente a la mitad de la emitida en toda la historia de la humanidad. Es muy probable que, veinte o treinta años antes del final del siglo pasado, hubiéramos estado a tiempo de encontrar una trayectoria colectiva en términos de emisiones que hubiera impedido llegar hasta aquí, cuando las respuestas ya no pueden ser incrementales y no se producirán, en su caso, sin severos sacrificios. (…) Que todo esto podía ocurrir se sabe desde hace más de cincuenta años, pues ya el presidente Lyndon B. Johnson advirtió del peligro en el Congreso de los EEUU en los años sesenta [del siglo XX]. Sin embargo, décadas de negacionismo sofisticadamente organizado y de freno al pensamiento sistémico como elementos de la expansión ultraliberal programada nos han llevado hasta aquí.” Ferrán Puig Vilar, “¿Reducir emisiones para combatir el cambio climático? Depende”, en mientras tanto 117 (monográfico sobre Los límites del crecimiento: crisis energética y cambio climático), Barcelona 2012, p. 113.

[6] A propósito del narcisismo de especie que nos caracteriza, recuerdo este texto de Paul Kingsnorth: “Robert Graves, en su manifiesto poético La Diosa Blanca, escribió que la función de la poesía moderna era dejar al descubierto los resultados de la ruptura del ser humano con el resto de la naturaleza: ‘En un tiempo esta era una advertencia al hombre de que debía mantenerse en armonía con la familia de criaturas vivientes entre las cuales había nacido, [...] ahora es un recordatorio de que no ha tenido en cuenta su advertencia, ha puesto la casa patas arriba con sus caprichosos experimentos en la filosofía, la ciencia y la industria y se ha arruinado a sí mismo y a su familia’.

Si esto es cierto para la poesía, también lo es para la ficción. A lo mejor, dentro de un siglo, con el nivel del mar subiendo, algunos de los críticos literarios aferrados todavía a sus posiciones vean el trabajo de los escritores de hoy como un provechoso registro histórico de la locura de nuestra sociedad. Dado que nos hemos aislado de todo lo demás que vive y dado que creemos que no vive, hemos acabado hablando solo de nosotros. Hemos puesto fin a lo que Thomas Berry llamaba ‘la gran conversación’ entre los seres humanos y las otras formas de vida. Nos hemos vuelto cada vez más narcisistas, sepultados en nuestras ciudades, mirando nuestras pantallas, viendo el reflejo de nuestras caras y nuestras mentes, y creyendo que esto es todo lo que hay. Ahí fuera los bosques se desploman, el hielo se deshace, los corales se mueren y las extinciones se suceden; pero seguimos escribiéndonos cartas de amor a nosotros mismos, ajenos.

¿Cómo sería la alternativa? Tal vez los poetas puedan verlo mejor que los novelistas. Robinson Jeffers, un poeta de los acantilados de California, dedicó su vida a transcribir la canción del mundo vivo y a adecuarla al oído humano. Terminó su poema Carmel Point con una receta: ‘Debemos descentrarnos de nosotros mismos;/ Debemos deshumanizar un poco nuestras opiniones y tener confianza/ Como la roca y el océano de los que estamos hechos’.

La crisis ecológica que hemos engendrado ‘deshumanizará’ nuestros puntos de vista por nosotros, tanto si nos gusta como si no. No es probable que las nociones de que solo importan los seres humanos, o de que son ellos quienes tienen el control, incluso de sí mismos, sobrevivan a este siglo. Este podría ser un buen momento para que los escritores adquieran confianza como la roca y el océano y empiecen a escribir sobre la roca y el océano como si ambos jugaran un papel fundamental…” Paul Kingsnorth, “Somos si la naturaleza es”, en el blog http://civalleroyplaza.blogspot.com.es/2016/10/somos-si-la-naturaleza-es.html , publicado el 24 de octubre de 2016. Originalmente en The Guardian, con el título “The Call of the Wild".

[7] Ignacio Echevarría, “Naturaleza trágica”, El Cultural, 24 de junio de 2016.

[8] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2016, p. 105 y ss.

[9] Por lo demás, la expresión nos remite al conocido libro de Mark Dery Velocidad de escape. La cibercultura en el final de siglo (Siruela, Madrid 1998).

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