Primera. Píxeles.

Semen. Desciende en la pantalla de un Macintosh, Madrid. Se fueron los dos al mismo tiempo. Orgasmo simultáneo, pixelado. Y un pesado mar de dudas. El arrepentimiento olfatea desde la puerta, no sabe si entrar o darse media vuelta, como un paso de Semana Santa. Al otro lado de la pantalla, un joven desgarbado limpia su pantalla de un Macintosh, Brooklyn, NYC. El semen de Brooklyn se cuela en Madrid. El joven desgarbado sonríe a la cámara con complicidad. Se marcan, los músculos, se intuyen. Detrás de él, una ventana deja entrever algo parecido a Manhattan. Los calzoncillos del joven acarician la pantalla, roban el semen. Y vuelven a su lugar de origen. La erección les permite acomodarse, ya no es lo que era. Dudas. Adiós desnudez neoyorkina. Adiós digital. Se despiden con la mano. Se fue. La composición de píxeles que más le había seducido se fue. Otro joven, a este lado de la pantalla, desenrolla algunas piezas de papel higiénico. El GPS indica una callejuela del Madrid de los Austrias. Recoge los restos de la fiesta, del sueño, del mundo virtual, de la pantalla. Aparece un adolescente argentino. Siguiente. Un viejo se masturba desde los suburbios de Argelia. Siguiente. Un locutorio del Raval, se ve la calle, se intuye la primavera. Siguiente. Un oriental se tapa la cara, como si tuviera vergüenza. Siguiente. Siguiente. No está, se fue, quizás no vuelva. En Madrid un joven apaga el Macintosh. Se fue. Y se desplaza gateando y desnudo al cuarto de baño para arrojar una pieza de papel higiénico pringada de semen y de pantalla. Se levanta, y observa a través de un espejo carcomido su cuerpo. Se atreve a cuestionarse su dignidad, su reputación. El arrepentimiento merodea, pero no se atreve a ser protagonista, como los apóstoles. Su cuerpo detrás del espejo le recuerda al de la pantalla, al que ha viajado por los dormitorios de más de cincuenta hombres en poco más de media hora, hombres de píxeles, dormitorios píxeles. Al que recorrió continentes, saboreó las tonalidades de la piel humana y subrayó la locura del impulso hace segundos, quizás algún minuto. El tamaño del pene regresaba a la costumbre, pero su reflejo en el espejo como en la pantalla del Macintosh. Había bailado, gemido... Una sonrisa pícara se dibujaba en el espejo, como en la pantalla. Se había ido dos veces. Desnudo regresó al lugar de los hechos, y recogió sus prendas de ropa esparcidas por el espacio. Se vistió, bebió el café de un trago. Se apretó la corbata, tan decente. Estaba a punto de comenzar un maravilloso día de trabajo. Olería a sexo en la oficina. Se fue. Cerró la puerta. Y el arrepentimiento quedó encerrado, como en un sepulcro. Lucía el sol, gafas oscuras, le sonaban algunos de los rostros de los muchachos que se cruzaba por la calle. La realidad, camuflada bajo la máscara de las apariencias. Dobló la esquina. Se fue.

 

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