Siemprevivas

No  he vuelto a ver tantas juntas, nunca tan numerosas. Poco a poco, desplazaron a la gente hacia las otras salas, que de tan apretada apenas podía moverse. En mi delirio todo se fue convirtiendo en un caleidoscopio en movimiento. Ramos y coronas para mi llanto; cartuchos blancos para calmar la sangre de mis ojos. Crisantemos en la pituitaria inflamada. Dolor. Llegaban unas seguidas de otras. Así también sus alumnos de hace veinte, quince, ocho años. Sus alumnos de hace tres días.

Las niñas uniformadas hicieron una valla. Pequeñas y delicadas violetas huérfanas en fila, custodiando a su maestro. Y allí el rumor permanente, el rumor de la incredulidad, el rumor de la tristeza y de la admiración. No sé por qué había tantas siemprevivas en las coronas y en los arreglos, como si algo del mundo estuviera evocando un capítulo de su escritura. O como si él lo hubiera sabido desde siempre cuando guardaba los ramitos de esas flores secas que le causaban alguna fascinación. Siemprevivas. Siempre vivas. Que siempre vivas en mí. Lluvia de vincapervincas*  sobre mis manos.

Busco en la estantería mientras me tiemblan los dedos y por primera vez en ocho años  abro uno de sus libros y vuelvo a leer: Me llevaste flores. Un ramo de siemprevivas. Y me decías esta flor también se llama flor de muerto. Y yo te decía que me daba miedo. Y tú decías que ¿por qué? Si la vida y la muerte eran la misma cosa**. Y ahora no sé por qué comprendo algo leve del misterio. Y vuelvo a evocar con miedo, por la fuerza de la memoria emotiva, aquel caleidoscopio de olores dulces y penetrantes que me persiguieron muchos días, quizás meses.

Ocurría en los ratos más hondos de tristeza, cuando no podía dar un paso porque algo sencillamente se había detenido en mí, que algún árbol en el camino me escuchaba. Y ese olor de nardos y azucenas volvía para darme un soplo de vida y permitirme tocarlo, olerlo en ellas, llorar despacio para que salieran el rumor y la tormenta.

Empecé a bordar cartas en unas pequeñas tiras de manta blanca que amarraba fuertemente para que los botones de seda no se fueran con el viento. Lo visitaba todos los días y cada cierto tiempo bordaba nuevas letras, hasta que ya no pude. Cuando volví después de un viaje, mis cartas estaban deshilachadas por la lluvia y por el viento, por el aire contaminado que llega del barranco aledaño sobrevolado por los zopilotes. Un ramo fresco y natural temblaba al lado del mío. Anónimo. Entonces pude ver que algo suyo y de todos latía en los árboles, en las jacarandas de cada verano, en las flores amarillas de los barrancos abonados por nuestros muertos y desaparecidos. Lo vi de cerca en la caricia de su jardín y en mis manos siemprevivas, muy viejas.  Lo vi junto a mi  primera nieta, mi padre, mis abuelas, (años después también mi madre) vi a Lisandro y a tantos otros. … Vi de nuevo la vida. Y amé otra vez. Lilas y morados en mi cuello.

Por las noches mis dedos se pasean suavemente por la espalda de un marinero. Evado la rosa, beso algún lunar y sé que mis manos no dormirán solas mientras lo amo.

Ayer le llevé a mi nieta de dos años una gerbera roja. Me dijo: Gacias Ababa, me gustó mi fol.

 

*Obra de teatro de Manuel Corleto, autor guatemalteco.

**De la novela Bajo la fuente, del mismo autor.

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