Siete glosas etimológicas y otros juegos del lenguaje

VIDA «El arco [biós] tiene por nombre vida [bíos]; por obra, muerte» (Heráclito, Fragmento 48). «Se llama vida [bíos], porque se abre camino violentamente [bía]» (Menandro, Sentencias). 

HOMBRE «El hombre ha recibido el nombre de ánthropos, porque "examina lo que ha visto" [anathrôn hà ópope]» (Platón, Crátilo, 399 c).

ÉTICA «En todos nosotros se desarrolla el carácter [êthos] a través del hábito [éthos]» (Platón, Leyes, VII, 792 e). «Como indica su leve variación nominal, la ética [êthos] procede de la costumbre [éthos]» (Aristóteles, Ética nicomáquea, II, 1, 1103 a 15). 

MUSA «El amor a la sabiduría se representa por la etimología de Musa: môsthai, investigación» (Cornford, 1952). 

TEORÍA «Del término griego para designar a los espectadores, theathai, se derivó el concepto filosófico de Teoría. Como espectador, puede comprenderse el espectáculo, pero el precio es la retirada de toda participación en él» (Arendt, 1958). 

TRABAJAR «Todas las palabras europeas que indican "labor" significan dolor y esfuerzo, y también se usan para los dolores del parto. "Labor" tiene la misma raíz etimológica que labare [tropezar]. "Trabajar" deriva de tripalium, forma de tortura» (Arendt, 1958).

SABIDURÍA «La raíz de sabiduría [sophía] es idéntica a la raíz del latín sap, sapere, y del francés savoir, savourer ["saber, saborear"]. Sabio [sophón] es el que saborea. La boca es también el lugar de la palabra» (Lyotard, 1964).

◊◊◊

«Al bosque encantado del Lenguaje, los poetas van expresamente a perderse. No temen ni los rodeos ni las tinieblas. En la caza de la verdad, se exponen a no capturar otra cosa que su sombra; gigantesca a veces, pero sombra al fin y al cabo». En la frase de Valéry, pronunciada en 1937, resuenan las voces de dos filósofos griegos que escriben, el primero en verso, el segundo en prosa, entre los años 475 y 420 antes de nuestra era: «Son nombres cuanto los mortales convinieron, convencidos de que se trata de verdades» (Parménides, Fragmento 8, 48); «La palabra es la sombra de la acción» (Demócrito, Fragmento 145). 

Podría definirse la etimología (étymos: verdad; lógos: palabra) como aquella investigación en la que solo se avanza a medida que se retrocede. Poetas, pensadores, lingüistas y antropólogos, antiguos y modernos, no han dejado de interrogarse sobre el origen de los nombres, sin temor a regresar con las manos vacías al punto de partida. Ya en el libro más antiguo de Occidente, hallamos la primera reflexión metalingüística: «Versátil es la lengua de los mortales, cuyo abundante pasto contiene palabras de toda índole» (Ilíada, XIX, 248). 

En un diálogo que ha sido fuente inagotable de fascinación para los filólogos, Platón (427-347), por boca de su maestro Sócrates, aventura una respuesta a partir de un juego etimológico: «La esencia [ón] se manifiesta en el nombre [ónoma]» (Crátilo, 393 d). A esa conjetura sucede una segunda, inspirada en una de las imágenes más fértiles de la historia de la filosofía: «Los nombres han sido puestos como si todas las cosas fluyeran... Afirmamos que los nombres manifiestan la esencia, en el sentido de que el universo se mueve, circula y fluye... En el instante mismo en que nos acercamos para conocerlas, las cosas cambian de apariencia» (Crátilo, 411 c, 436 e, 440 a). 

La corriente del discurso no es menos fugitiva que la líquida realidad que le sirve de espejo. Para ilustrar su teoría, Sócrates desgrana una cascada de disecciones etimológicas, o más bien, de acrobacias interpretativas basadas en afinidades fonéticas. Con arreglo a ese código, sabiduría sería «tocar el movimiento»; virtud, «fluir sin trabas»; valentía, «fluir contra corriente»; alegría, «facilidad de movimiento»; sufrimiento, «lo que estorba el flujo»; dolor, «disolución»; necesidad, «viajar por lo angosto»; verdad, «viajar a lo divino»; historia, «lo que detiene el flujo»; ser o esencia, «lo que se mueve». 

El año 458, doce antes del nacimiento de Sócrates, Esquilo compendia en una memorable paronomasia el corazón de la sabiduría trágica: «Zeus estableció con fuerza de ley que se adquiera el conocimiento [máthos] por medio del sufrimiento [páthei]». Ese esforzado aprendizaje, añade el dramaturgo herido en la batalla de Maratón, «es un favor que nos imponen con violencia los dioses» (Agamenón, 176-183). El propio Sócrates, distinguido combatiente en Potidea, Delio y Anfípolis, evoca en diversos pasajes otra imperecedera homofonía: «Esta tumba [sêma] que llamamos cuerpo [sôma]» (Fedro, 250 c; Crátilo, 400 c; Gorgias, 493 a). Como telón de fondo, el célebre precepto délfico: «Conócete a ti mismo», es decir, recuerda que morirás. 

Si cupiese alguna duda de que los orígenes de la indagación filosófica y los inicios del análisis lingüístico constituyen procesos simultáneos, ya un sabio oriental llamado Confucio había puesto el dedo en la llaga anticipándose a los presocráticos: «Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan, y si las palabras no se ajustan a lo que representan, las tareas no se realizarán. Es necesario que los nombres se acomoden a los significados, y los significados se ajusten a los hechos» (Analectas, XIII, 3). 

Sin perder de vista el humor, Wittgenstein discurre por la misma cuerda floja en algunos aforismos de sus Investigaciones filosóficas (1953): «Palabras son hechos» / «La esencia se expresa en la gramática» / «El concepto "dolor" lo has aprendido en el lenguaje» / «La filosofía es una lucha contra el hechizo ejercido por el lenguaje sobre la inteligencia» / «Los resultados de la filosofía son el descubrimiento de algún absurdo puro y simple, y los chichones que el entendimiento se hace al golpearse contra los límites del lenguaje. Estos, los chichones, permiten reconocer el valor del descubrimiento». 

La lengua es tan indigente como el propio entendimiento. La verdad, sin embargo, carece de límites. La más precisa y preciosa combinación de «sonidos significativos» (Aristóteles, Sobre la interpretación, 2) será incapaz de recoger o transmitir otra cosa que un fragmento de lo real. Pero, al mismo tiempo, ningún hallazgo revelará mejor que el sistema alfabético la naturaleza antinómica del animal racional, experto en componer «tragedias y comedias con las mismas letras» (Aristóteles, Sobre generación y corrupción, 315 b). 

Pope, traductor de la Ilíada al inglés, declara: «El sonido debe ser un eco del sentido» (1711). Veintidós siglos antes, Heráclito aglutina ambos elementos en un solo sintagma: «Si se escucha, no mi voz, sino la del lógos, es sabio convenir que todo es uno» (Fragmento 50). Hobbes, quien también tradujo la epopeya homérica, explica: «Los griegos tienen una sola palabra, lógos, para las dos cosas: lenguaje y razón. Eso no quiere decir que pensaran que no existe lenguaje sin razón, sino que no hay raciocinio sin lenguaje» (1651). Einstein, cuya mente matemática le permite prescindir de estructuras verbales, fulmina en 1946 la lógica de Hobbes: «La mayor parte de nuestro pensamiento se desarrolla sin el uso de palabras y, además, de manera inconsciente». 

¿Quién osará discutir el componente aleatorio de la lengua, esa «unidad de dos caras, la material, el sonido, y la espiritual, el sentido» (Jakobson, 1942), que «hace un uso infinito de medios finitos» (Humboldt, 1830)? Leibniz subraya: «Aunque los vocablos sean arbitrarios, su empleo tiene algo que no es arbitrario. Esa proporción o relación es el fundamento de la verdad» (1677). Sobre argumento tan lúcido construye Heidegger su edificio metafísico: «El lenguaje es la casa del ser, la casa de la verdad del ser. La verdad del ser y la reflexión sobre la esencia del lenguaje tienen el mismo rango» (1946). Steiner enuncia idéntica tesis en forma de máxima: «La ontología es sintaxis» (2011).

A imagen del planeta («errante», en griego), la dialéctica constituye un círculo. Por eso regresamos siempre al punto de partida. Descartes redescubre a Confucio: «Una de las principales causas de nuestros errores es que ligamos nuestros pensamientos a palabras que no los expresan con exactitud» (1644). Zubiri actualiza a Descartes: «Los problemas del ser se convierten automáticamente en problemas del decir» (1944). Wittgenstein («Hemos de arar a lo largo de todo el lenguaje») y Adorno («Los seres humanos se hallan bajo el cielo estrellado que atraviesan las palabras») aportan sendas metáforas de lo insondable al repertorio de emblemas (bosque de Valéry, pradera de Homero, río de Platón-Heráclito) que recrean el enigma del alfabeto, única creación humana que puede considerarse a la altura de la belleza y complejidad del universo. 

«El lenguaje no solo significa comunicación, sino que constituye a la vez el símbolo de lo incomunicable» (Benjamin, 1916). «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Wittgenstein, 1921). «Pensar es ante todo luchar contra lo que separa el significado del significante» (Lyotard, 1964). «El significado de la palabra "significado" es probablemente el más difícil de hallar» (Lévy-Strauss, 1977). «Nunca se sabe qué engendra qué: si una experiencia un lenguaje o un lenguaje una experiencia» (Brodsky, 1989). «El lenguaje parece dotado de propiedades misteriosas, y cuanto más a fondo lo investigamos, más misterioso parece» (Chomsky, 1996). Variaciones sobre un mismo tema, que en última instancia es triple: hilvanar pensamiento y acción en un texto sin principio ni fin, cuyo sonido alcance a proyectar sobre la existencia una sombra de sentido.

Artículos relacionados