Se pregunta Carlos G. Miranda de dónde saca la gente tiempo y energía para amar tanto —en referencia al poliamor, que parece conocer cierto auge, al menos discursivo—. Una respuesta sencilla: ¡basta con no ver la tele! En promedio, se cuantifica que hoy el consumo televisivo en España ocupa tres horas y cuarenta minutos a cada cual. Rebajar la ingesta de tele libera una cantidad ingente de recursos temporales —para dedicarlos al amor y a la democracia, sin ir más lejos…

 

A las dos de la madrugada de un sábado, probablemente de la madrugada más misántropa de mi vida, el móvil suena con una notificación cantarina. Martin, 27, me ha mandado un mensaje. “Hey, what’s up?”. No conozco a Martin, ni siquiera he chateado con él antes; surgido de las nieblas de la compatibilidad en Tinder, puede que esté interesado en saber cómo me trata la vida o que quiera conocer mi disponibilidad para encamarle en las horas siguientes. Si fueran las cinco de la tarde tendría claro que Martin quiere recorrer el camino que va de la conversación personal al encamamiento; pero está claro que, en cuanto a filosofía del lenguaje, soy pragmatista y el contexto importa. Creo que hubiera preferido que Martin, 27, a 3 km de distancia, comenzara su contacto nocturno con un cordial “Hey, wanna fuck?”, aunque también sospecho que el caballero maximiza sus posibilidades de éxito respecto a las damas si elige la expresión pudorosa. Lo cierto es que no sé nada de Martin, no sé si sus movimientos me resultan atractivos, no sé si su personalidad me provoca sensualidad o aburrimiento, así que a fin de cuentas mi respuesta depende de mis ganas de follar en ese momento. Martin y yo tuvimos mala suerte porque me escribió en una madrugada, como digo, muy misántropa, así que no contesté.

1. Considerado como fenómeno histórico en sentido estricto —pues cabría remontarse a los asentamientos neolíticos en los que hace aproximadamente diez milenios tuvo lugar la revolución agrícola, e incluso al paleolítico, cuando los primeros homínidos dominaron el fuego—, el proceso de aceleración social, cultural y tecnológica a cuyo paroxismo asistimos en la actualidad se inició con la creación del alfabeto fonético y se intensificó exponencialmente con la sucesiva invención de la imprenta (1440) y el telégrafo (1844). Esta sería, al menos, la tesis defendida por el máximo profeta de la era electrónica, Marshall McLuhan. Ya Valéry afirmaba en 1943: «La brillante y deplorable carrera de Europa por legar al mundo la ciencia positiva y el triste ejemplo de la primacía de la riqueza, se produce entre el siglo VI antes de nuestra era y el siglo XX. Muy despacio al principio, de forma acelerada a partir del siglo XV, y con velocidad frenética desde 1800». 

Soy un hombre y uso WhatsApp. A veces dudo sobre la primera afirmación. Nunca sobre la segunda. Porque usar Whatsapp es consustancial a la subespecie humana-occidental-partícipe-de-la-economía-de-consumo. Lo de ser hombre no, menos mal. Hombre y WhatsApp son dos conceptos que, relacionados, nos conducen hacia la “memeficación” sexual, esto es, la viralización de chistes ilustrados con montajes fotográficos de carácter sexual, alimento de cuñados en las conversaciones grupales. Participo en grupos de WhatsApp masculinos que son una auténtica bacanal de imágenes y vídeos pornográficos. Seguro que hay estudios científicos que explican el motivo fundamental que nos impulsa a compartir y descargar vídeos sexuales, aunque sinceramente no he leído ni buscado ninguno porque ofrezco mi visión personal del asunto, es decir, la perspectiva de un hombre que ha recibido muchos megas de material erótico. Además, la mayoría de los científicos que conozco trabajan en el Burger King y no tienen tiempo para entrevistas. Espero que os conforméis con mi visión, que es una visión sesgada por particular, endogámica y miope.

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

El doctor de la clínica de fertilidad nos recomendó una mixtura de medicamentos para propiciar la fecundación; pero mi esposa es vegana, homeópata, anticapitalista y budista, así que después de escuchar la prescripción médica aprovechó el resto de la sesión para despotricar contra «el sistema neoliberal, sostenido sobre los pilares de las industrias alimentaria, farmacéutica y armamentística, todas ellas enfocadas a destruir la vida sobre la tierra a través de armas tan diversas como los tanques, los frutos transgénicos y los antidepresivos». El doctor mantuvo la compostura durante el alegato y yo asumí que había cometido un error intentando convencer a Carla de que la medicina occidental resolvería nuestros problemas de fertilidad. Cuando salimos del despacho, la pareja que esperaba su turno nos miró con una mezcla de incomprensión y lástima. Pagué la consulta y fuimos en busca de las bicicletas que habíamos amarrado a una farola.

Tras décadas que anunciaban la victoria definitiva del pensamiento único neoliberal, vemos cómo ese metarrelato se tambalea. Aparecen en todo el mundo un sinfín de nuevas redes y comunidades, tanto físicas como virtuales que rompen con ese proyecto, difuminando y distribuyendo los espacios de soberanía, poder y creación social y cultural. Surgen iniciativas de relocalización y recuperación del control sobre nuestra cultura, economía, trabajo o alimentación, con formas más cooperativas, comunitarias y próximas. Internet o las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) impulsan nuevos métodos de trabajo y de comunicación P2P: entre iguales, sin jerarquías ni centros. Creando dinámicas que hacen volar por los aires, sin ni siquiera confrontarlas, las viejas estructuras socio-políticas. Se vuelve la mirada hacia lo local y la diversidad, dejando atrás los años de distopía neoliberal, donde se nos decía que no había espacio para más identidades e ideologías que las hegemónicas.

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