Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

El doctor de la clínica de fertilidad nos recomendó una mixtura de medicamentos para propiciar la fecundación; pero mi esposa es vegana, homeópata, anticapitalista y budista, así que después de escuchar la prescripción médica aprovechó el resto de la sesión para despotricar contra «el sistema neoliberal, sostenido sobre los pilares de las industrias alimentaria, farmacéutica y armamentística, todas ellas enfocadas a destruir la vida sobre la tierra a través de armas tan diversas como los tanques, los frutos transgénicos y los antidepresivos». El doctor mantuvo la compostura durante el alegato y yo asumí que había cometido un error intentando convencer a Carla de que la medicina occidental resolvería nuestros problemas de fertilidad. Cuando salimos del despacho, la pareja que esperaba su turno nos miró con una mezcla de incomprensión y lástima. Pagué la consulta y fuimos en busca de las bicicletas que habíamos amarrado a una farola.

Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje.

Dos islas. Una, en el archipiélago balear. Otra, en el corazón de Galicia. No muy dispares en superficie: 570 y 420 kilómetros cuadrados, respectivamente. Una, soleada, bañada por las olas, cubierta de pinos, almendros, algarrobos. Otra, lluviosa, surcada por el Ulla, tapizada de robles, castaños, pinos. En ambas, conocí, con un intervalo de tres décadas, dos grupos humanos íntimamente afines, partícipes de un mismo espíritu de fraternidad. Stendhal lo habría llamado Escuela de Enseñanza Mutua; Thoreau, Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil; Santayana, Escuela Infantil para Adultos; Max Jacob, Escuela de Vida Interior; Antonio Machado, Escuela Popular de Sabiduría Superior...

Parla es una pequeña ciudad del sur de Madrid. En ella viven algo más de cien mil habitantes, en su mayoría herederos de lo que antaño llamábamos la clase obrera. Conocida por su condición de ciudad marginada por las políticas oficiales, sus gobernantes cuentan con el logro de acumular la séptima mayor deuda del país. El logro, por cierto, es que todo ese gasto público no se note en las calles ni en la vida de la gente.
Le preocupa, dice y se ríe, irse por las ramas, por esa manía suya de acabar relacionando “que uno plante una cebolla en su casa y que toque la guitarra, con la Unión Soviética”. La conversación es un viaje por muchos lugares y él, mientras tanto, no se casa con nadie. Como el Bob Dylan que retrató Martin Scorsese, Pablo rechaza ser el profeta de otros y, aunque se muestra simpatizante de Podemos, le molestó que su cara apareciera como imagen de la campaña del partido en Asturias sin su consentimiento. El episodio recuerda a su demanda contra La Sexta (Atresmedia) por utilizar su canción A veces la vida es hermosa para promocionar una serie sin preguntarle; cosa que le hizo enrolarse en una disputa con la SGAE por los derechos de los autores.
Nuestro territorio está plagado de lenguas que la historia ha ido dejando a su paso y, aunque desconocemos a menudo el sonido o incluso la existencia de algunas, resuenan desde tiempos inmemorables en los rincones de nuestra península. Unas están casi olvidadas, en peligro de extinción, mientras que las otras destellan con fuerza y luchan por su dignidad y la memoria oral y escrita de sus pueblos.

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