A lo largo de la Historia se ha “manejado” y utilizado la imagen de los gitanos relacionándola mayoritariamente con el folklore, lo andaluz, cuando no con fábulas y mitos. Un ejemplo claro lo encontramos en De Vaux. Cuando afirma que “ya no faltaba sino presentar a los cíngaros como seres extraterrestres, caídos de algún planeta a la tierra para llegar a ser los Hijos del Viento”. Está clara la utilización y la distorsión de la “imagen” de un pueblo en aras de invisibilizar y no reconocer una identidad étnica, con el objetivo de poder seguir legitimando la necesidad de tutela, caridad y paternalismo.

Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

Si os paseáis por cualquier navegador y en el apartado imágenes tecleáis MIMOSA, flipareis. Dejaros llevar; dejad la mente en blanco y las emociones en modo atención. MIMOSA. De tanto en tanto cerrar los ojos y repetid, como si fuera el nombre de una mujer nabokoviana pero sonoramente labiopalatal: MI MO SA. Y, de nuevo, abridlos. Dadle al enter. Imagen a imagen. Ampliad la pantalla, acercaros a ella y dejad que os penetre la luz. Buscad otra y otra más, a cual más bella, más inmensa, más dulce, más abierta.

El doctor de la clínica de fertilidad nos recomendó una mixtura de medicamentos para propiciar la fecundación; pero mi esposa es vegana, homeópata, anticapitalista y budista, así que después de escuchar la prescripción médica aprovechó el resto de la sesión para despotricar contra «el sistema neoliberal, sostenido sobre los pilares de las industrias alimentaria, farmacéutica y armamentística, todas ellas enfocadas a destruir la vida sobre la tierra a través de armas tan diversas como los tanques, los frutos transgénicos y los antidepresivos». El doctor mantuvo la compostura durante el alegato y yo asumí que había cometido un error intentando convencer a Carla de que la medicina occidental resolvería nuestros problemas de fertilidad. Cuando salimos del despacho, la pareja que esperaba su turno nos miró con una mezcla de incomprensión y lástima. Pagué la consulta y fuimos en busca de las bicicletas que habíamos amarrado a una farola.

El baile es acaso una manera de expresión, una conjunción de movimientos corporales, una vía de salida de fuerzas que nacen de lo más profundo del ser humano. Para muchos un placer, para otros una necesidad. Hay que dejar que nazca, que surja, que brote, que salga para que después acontezca lo inaudito.“Baila primero, piensa después. Es el orden natural” (Samuel Becket) y, sobre todo, recuerda que tienes cuerpo, que esas manos y esos pies son sólo tuyos, que hay movimientos que nunca habías imaginado, pero que puedes realizar. Siente el contacto del aire con tu piel, el ritmo de la música -real o imaginaria- que provoca sensaciones acompañadas de tu pulso. Las posibilidades son infinitas, el talento ni siquiera es necesario y la búsqueda trasciende lo meramente musical. No importa el lugar donde lo hagas, tampoco la técnica. La verdad es que todas necesitamos bailar de vez en cuando.
Como si dejara de llover, después de veinte años. Silencio, qué presencia arrojas. Qué apostura. Silencio. Eterno. Sutil. Como si supieras cómo hacerlo, tu momento. Protagonista. Sólo tú, silencio, solo. ¿Cuál es el volumen del silencio? Porque cuando entra, parece que se derriten las paredes, desaparecen. Porque tras ellas, una brisa de sol blanca ilumina. El silencio, a veces, brilla. Deslumbra los ojos que lo miran, que no quieren mirarlo. ¿Has mirado alguna vez el silencio? ¡Míralo! Brilla. Como un deseo. Como ojos humanos, todavía. Cuando el corazón deja de latir, las máquinas se desenchufan. El corazón para, de temblar, de moverse, y se acurruca en un pesebre de vísceras y recuerdos. Duerme el corazón, y los pulmones encharcados, se vuelven fríos. Como el neón, brilla. Y el agua deja de subir y de bajar. El constante burbujeo se aleja. Y las máquinas se desenchufan. Y las manos cambian de color, y los brazos cambian de color. Y el corazón, acurrucado, sonríe, se expande, adiós.
¿Y si no hablásemos? ¿Crearíamos otras formas de lenguaje? ¿Desarrollaríamos más el tacto, la mirada, el olfato? ¿Sonreiríamos más? ¿Menos? ¿Sentiríamos más los besos? ¿Nos besaríamos más y de más maneras? Nos miraríamos más las bocas o, quizás, al no emitir ya sonidos a través de ellas, quedarían invisibilizadas, como lo están las orejas hoy en día. Quizás dejaríamos cubrir nuestras bocas con bigotes. En ese caso, ¿qué otras partes del cuerpo empezaríamos a mirarnos más?

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