Ocasión y Fortuna debían levantar murmullos entre los demás dioses cuando salían a hacer de las suyas. Dos chicas algo alocadas, frivolonas, con la túnica demasiado corta. La una arrastrando a todas partes una rueda, la otra, calva. Podían haber ido en chándal si hubiera existido, como dos colegas de El Pera. Siempre juntas, mascando chicle, riendo entre dientes, repartiendo cal y arena a los romanos. Afortunadamente para los clásicos su religión no era tan personalista. Ritos y leyendas bastaban para mantener la moral pública y el poder del Estado dentro de una laxitud aceptable. Así pues, estas dos diosas son dos metáforas con patas, no nos juzgan pero tampoco nos deben nada. Así, igual de legítimo es que nos manden un décimo premiado o una patada en la entrepierna. C’est la vie.

Van Gogh pintaba girasoles, a Monet le fascinaban los estanques plagados de nenúfares, Picasso dibujaba irreverentes rebeldías y al Greco se le recuerda por el retrato de un caballero con una mano en el pecho. Ellas, sin embargo, pintan el horror dentro de un juzgado. No son ni serán –presumiblemente- famosas, sus bocetos no serán estudiados en las escuelas de bellas artes en el siglo XXIII pero sus manos, obedientes instrumentos de sus ojos y de su estómago, retratan desde hace ocho años el sufrimiento de las víctimas y la soberbia de los genocidas durante los juicios de los crímenes de lesa humanidad ocurridos en la última dictadura argentina (1975-1983).
En la actualidad existe una fijación sobre la Guerra Civil española (1936-1939), lo que no ocurre con la II República (1931-1939). Parece como si fuesen dos capítulos diferentes de nuestra dramática historia. La Guerra Civil es un tema pasional porque va acompañado de la herida y del dolor de muchas familias que perdieron a sus seres queridos, algunas de las cuales aún no han logrado recuperar sus restos. La II República, en su periodo de paz, es un tema más frío, más complicado, tal vez más intelectual, porque requiere, para ser comprendido, unos conocimientos, unas lecturas, unas reflexiones, racionalidad en el análisis y espíritu crítico y autocrítico. Es esta una de las razones por la que muchos entienden y opinan sobre la Guerra Civil, al mismo tiempo que saben muy poco sobre el período comprendido entre 1931 y 1936, y lo que saben en ocasiones no se corresponde con la realidad porque han idealizado y mitificado este periodo de la historia.
Si usted va a la playa de Ipanema, camina por la costa de Salvador, por la Avenida Paulista de São Paulo o conversa a gusto con alguien en algún hotel de lujo del nordeste de Brasil, es probable que usted, sí, usted, se encuentre con un torturador, un asesino de la dictadura militar brasileña, paseando con sus nietos o tomando un coco de forma inocente. Sí, usted, que recibe un trato cordial de la mayoría de las personas en Brasil, escuchará de ese anciano que "antes había moralidad, no había tanta corrupción ni desmando". Parecerá escuchar, usted, la voz de la sabiduría de alguien que llegó a una edad donde hace apenas unos años la gente se moría de gripe, en plena vitalidad.
No te da miedo cruzarte con ellos? ¿Con alguno y que no lo reconozcas? ¿No te da rabia? ¿Cosa? ¿Un escalofrío? Sí, tú, el que lee, la que vive en un Estado con cuentas abiertas, con heridas del tamaño de un cráter. ¿No te produce tristeza? ¿Angustia? Cruzarte con uno de ellos, de los que hace apenas 25, 50, 75 años (los años de tu abuela) causaron tanto dolor, tanta violencia, mataron, torturaron, desaparecieron. -A mí me causa pavor saber que andan por ahí, cargados de anonimato, que un día puedes compartir la barra del bar de la playa al que vas vos en vacaciones, que hasta te podrías enamorar de alguno y no saberlo jamás- me contó Eugenia, una dibujante argentina que pinta en los juicios contra la dictadura militar de su país (1976-1983) ante la prohibición de grabar o hacer fotos.
Sacerdote católico español, apoyó al bando republicano participando en el bando nacionalista vasco y a través de su labor como periodista (escribiendo en euskera) durante la Guerra Civil. Fue arrestado por ello y vivió bajo la amenaza del franquismo ante cualquier acercamiento por su parte a la cultura vasca. En 1941 llega destinado a Mondragón, en un clima personal y socialmente devastador: la destrucción tanto material como espiritual provocada por la guerra, dejaba un panorama de dolor, odio y división a lo largo de todo el territorio. Preocupado por la deriva que habían tomado tanto el capitalismo, al que califica de “individualismo disolvente”, como el comunismo, al que se refiere como “colectivismo degradante”, propone la autogestión y el cooperativismo como modelo para alcanzar el equilibrio entre personas y entorno. Volver a lo más esencial de la vida, aquello que nos define como personas y moldea nuestro ser: los valores humanistas (cristianos, diría él) de solidaridad, fraternidad, amor, etc.
Cien muertos, o de las consecuencias creativas de la crisis y de cómo la ausencia de un trabajo te lleva a otro, es un proyecto de Tono Areán realizado desde julio de 2012 a agosto de 2014. 100 muertos, consistente en cien retratos de personas ya fallecidas, fue una exposición mostrada ante amigos en un estudio de Madrid. Se acompañó de un libro y un vídeo que recogen esos cien retratos. Lo que aquí os mostramos es la introducción del libro y el vídeo, este último realizado por Rocío Areán.
Fue tan loco y tan maldito, que no le valió la pena escribir sin descanso multitud de poemas, algunos rebosantes de plenitud, de visiones, de sombras y luz. Tampoco le sirvió de mucho beber hasta alcanzar lo indecible, dedicarle un poemario a la heroína, maldecir, provocar con verdades más lúcidas que las de los cuerdos o pasarse la vida en manicomios y escapando de ellos. Leopoldo María Panero, hijo del poeta falangista Leopoldo Panero y de una mujer asombrosa que quedó a la sombra de su marido, Felicidad Blanc, tuvo el alma rota desde siempre. Muchos le querían, pero de forma hipócrita, en la lejanía, en el temor, en el hartazgo. “No tenía a nadie”, dijo al poco de su muerte, en marzo del año pasado, el editor Antonio Huerga en una frase que resumía la soledad del difunto.

Pages