Magdalena Magnus aguardaba repantigada tras un escritorio de roble apolillado sobre el que había dispuesto una serie de artefactos, velas de colores y hachones de cera que le daban un aire de alquimista moderna. No había libros en las estanterías que pendían de la pared, sino pergaminos amontonados que olían a animales disecados. Ella misma, silueteada por la luz que penetraba desde la ventana ubicada a su espalda, parecía una funcionaria de la administración brujesca, secretaria de una secta mágica encargada de la recepción, catalogación y almacenamiento de arcanos imposibles. Nos conminó a que nos acomodáramos en dos sillas carcomidas por los apetitos de los insectos xilófago- Cuarenta y ocho horas no son nada en comparación con la longevidad del universo –dijo mientras prendía un hachón de cera ubicado a su espalda—; pero tenemos la obligación de aprovechar el tiempo en asuntos productivos. –Se incorporó y se acodó sobre el escritorio—. Sois una pareja disfuncional. Vuestro amor es dependiente. No he visto a la hembra gozosa ni al macho fecundador, sino a dos cachorros utilizando los mecanismos de la carne para obtener placer.

¿Te imaginabas hace diez años que lo primero y último que verías al despertar y al acostarte sería una pantalla de un teléfono móvil? ¿Y que unos, o más bien unas, robots inteligentes llamadas Roomba o Braava limpiarían tu casa? ¿Era posible concebir que la juventud podría hacer las tareas del cole con un solo click, y que con un segundo click y en décimas de segundo podría también ser conducida a una página con consejos para ser anoréxico? ¿Y que ya no nos comunicaríamos tanto con nuestras parejas mirándoles a los ojos sino enviándoles emoticonos?

El doctor de la clínica de fertilidad nos recomendó una mixtura de medicamentos para propiciar la fecundación; pero mi esposa es vegana, homeópata, anticapitalista y budista, así que después de escuchar la prescripción médica aprovechó el resto de la sesión para despotricar contra «el sistema neoliberal, sostenido sobre los pilares de las industrias alimentaria, farmacéutica y armamentística, todas ellas enfocadas a destruir la vida sobre la tierra a través de armas tan diversas como los tanques, los frutos transgénicos y los antidepresivos». El doctor mantuvo la compostura durante el alegato y yo asumí que había cometido un error intentando convencer a Carla de que la medicina occidental resolvería nuestros problemas de fertilidad. Cuando salimos del despacho, la pareja que esperaba su turno nos miró con una mezcla de incomprensión y lástima. Pagué la consulta y fuimos en busca de las bicicletas que habíamos amarrado a una farola.

¿Están -como temía Georg Simmel en 1903- tan alejadas las grandes ciudades de la vida del espíritu? ¿Es en ellas únicamente posible el cálculo y el tiempo de los negocios? Para contestar negativamente, se suele acudir a la figura del flâneur que funda la modernidad occidental. Primero Baudelaire y luego Walter Benjamin rescatan para la metrópoli al Rousseau de “las ensoñaciones”, cuando sale a pie de su parisina casa de Les Halles, para herboristear. Entre sus elucubraciones andarinas siente en un momento determinado la necesidad de abandonar las menudas observaciones para entregarse a contemplar “el todo” que, según sus propias palabras, se extendía ante sus ojos.
Vivimos una crisis sistémica marcada por el deterioro económico, por un panorama social devastado que nos lleva a una degradación generalizada de las condiciones de vida y a un aumento insostenible de las desigualdades sociales. En el terreno del urbanismo y la arquitectura esta crisis es encarnada por la grandeza e insensatez de proyectos urbanos desproporcionados, obras infraestructurales infrautilizadas, edificios icono de la ciudad diseñados por arquitectos estrella y, en suma, una lógica insostenible de construcción y crecimiento ad infinitum basado en estrategias especuladoras, muy alejadas de la realidad diaria de las personas que las habitan e insensibles a los límites de la naturaleza. Se preguntaba David Harvey en su libro Rebel Cities: “¿Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular urbanización?, ¿nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado sumidos en la alienación, la cólera y la frustración?”.
Al caracol más accesible se tarda como ocho horas en llegar. Tienes que tomar un autobús, después esperar como una hora para tomar otro, una furgoneta y que alguien se pare a llevarte por el camino de tierra último. Ahí, ya en el caracol, les cuentas qué quieres hacer y ellos deciden si te dejan quedarte. Es cierto. A unos de los caracoles –los puntos autónomos y liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN— más accesibles en 2011 para un extranjero sin carta de presentación se tardaba unas ocho horas en llegar, tras tomar dos autobuses, una furgoneta y hacer auto stop por una vereda de tierra seca. Era uno de los más cercanos a San Cristóbal de las Casas, puerta de entrada a un entorno mágico por su naturaleza y por su coraje.
Tras décadas que anunciaban la victoria definitiva del pensamiento único neoliberal, vemos cómo ese metarrelato se tambalea. Aparecen en todo el mundo un sinfín de nuevas redes y comunidades, tanto físicas como virtuales que rompen con ese proyecto, difuminando y distribuyendo los espacios de soberanía, poder y creación social y cultural. Surgen iniciativas de relocalización y recuperación del control sobre nuestra cultura, economía, trabajo o alimentación, con formas más cooperativas, comunitarias y próximas. Internet o las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) impulsan nuevos métodos de trabajo y de comunicación P2P: entre iguales, sin jerarquías ni centros. Creando dinámicas que hacen volar por los aires, sin ni siquiera confrontarlas, las viejas estructuras socio-políticas. Se vuelve la mirada hacia lo local y la diversidad, dejando atrás los años de distopía neoliberal, donde se nos decía que no había espacio para más identidades e ideologías que las hegemónicas.

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